20091230

Manual práctico de las distancias cortas XXII: Del amor "lato sensu"





























Mira bien, cabroncito, esta que ves es una alegoría del amor con la que te vas a identificar. Los gallos que ella coge del cuello todavía tienen la fuerza para agarrar cada uno a una pantera que destripa a una serpiente que muerde a otra pantera que se come a un gallo que le clava las uñas a otra pantera. Tu te enamoraste de mí que te maltrato y que estoy enamorada de otro que a su vez me hace sufrir y sufre él mismo porque quiere a una tercera persona que a su vez persigue a alguien que es un ojete con ella. Autor: Marcel Le Noir. Título: “Le monstre”. Voilà, pinche monstruo, te dedicaron el grabado. Y si no te lo enseño ni te fijas en él con tantos muebles y cuadros del castillo Peleş en Sinaia (se pronuncia Pelesh, taradito). Sólo querías sacarle fotos a la colección de armas del castillo, cabroncito. Ibas corriendo, sin escuchar las explicaciones de la guía que porque tenía un inglés pésimo, sin ver esa cama art decó o art nouveau, yo qué sé, donde me daban ganas de revolcarme, no contigo, sino con el conserje del hotel, qué guapo. Tu ibas queriéndote comer el museo con miradas panorámicas, instantáneas. Siempre andas así, queriéndote comer al mundo a mordidas, como dicen en México, en vez de disfrutarlo, de acariciarlo con la mirada, de compenetrarte. Oíste que el conserje del hotel hizo un asado de carne de oso con sus amigos cuando el tren atropelló uno, carne dulce, decía él, y quisiste ir a probarla tú también, pero en un restaurante. No alcanzas a ver la diferencia, pero una cosa es saborear al mundo voluptuoso cuando abre las piernas para ti y otro es joderlo, violarlo, para tratar de encontrar tu placer. Sabes cómo aprecio a los animales y tú te tragaste las patas de un osito pardo al horno, en un restaurante para turistas estúpidos, y te sientes muy gracioso al decirme que si fuera el último oso del planeta tú te hubieras peleado a golpes por ser el que se lo comiera. Para tener el privilegio de probar su carne antes de que se extinguiera para siempre. Ignorante, imbécil. Por suerte aquí han existido siempre la nieve y las tormentas de frío, para detener al ejército de glotones franceses de Napoleón Bonaparte que avanzaba comiéndose todo a su paso, para congelar al ejército de nazis de Hitler que se cagaba en todo cuanto estuviera vivo, para proteger a los osos pardos de los cazadores y de los vampiros como tú. Ojalá hubiera tormentas de calor en Africa que protegieran a los guepardos, tormentas de lluvia en el amazonas para salvar a los jaguares.
Te pusiste celoso del conserje del hotel. Tienes toda la razón. Viste qué guapo, qué alto, con el ceño fruncido, parece un neanderthal. Si te distrajeras me acostaría con él, con el verdadero comedor de osos, no contigo, gallito inofensivo que tengo entre mis garras. Eres mi paje, mi dama de compañía, porque he venido a Europa a conquistarla y necesitaba un achichincle, un consolador, un dildo. De ti, niño mimado, sólo me gusta que me consientas, que pagues la cuenta, que me des un masaje en la espalda, que te quites esa playera naca de Boston y te vistas bien, que me emborraches con buen vino. Nomás eso, cabroncito, nomás eso. Y cuando seré famosa seguro te mando de regreso a Guadalajara. Cuando gane la medalla de oro en el torneo mundial, ni creas que te la voy a dedicar. Verás que desde el podium miro ya hacia otros horizontes, que coqueteo con actores famosos y con políticos guapos. Y tu tendrás que doblar las manitas y dejar que tu amor, o sea yo, me transforme de carne en nube, de huesos y pelos en aura y en glamour. Recuerda la imagen que les gusta evocar a las mexicanas que se creen “liberadas” o que se sienten feas: si me amas verdaderamente, abre las manos y déja que vuele lejos de ti; y si no quieres hacerlo, es porque nunca fui tuya. Mientras tanto, anímate, pero antes enciende el sauna del hotel y enfría el vino que compramos en el aeropuerto. Hoy todavía puedo beber, coger, vivir. Y mañana abstinencia, concentración; iré al entrenamiento, me prepararé para partirle la madre a todas las esgrimistas mariconas que me pongan en frente. A la que se descuide la destripo en nombre de la patria. ¡Viva México, cabronas! Aquí está la madre de todas las espadachinas, la tataranieta de los tres mosqueteros, la única e inigualable futura campeona del mundo.
Aunque podría meterte mi sable por el ombligo y atravesar la pared hasta el cuarto de al lado, por hoy te cojo de la manita y te llevo al sauna, me desnudo, me volteo, me pongo en cuclillas y te enseño esa grieta con pelos donde debes hacer palanca para sacudir al mundo entero. Tu te comes a los animales salvajes mientras que yo los invoco, imito cómo hacen el amor. Soy una chamana. Ponle agua a las piedras ardientes del sauna, pero no me salpiques, cabroncito, porque me quemas. Ahora ocúpate de mi otra vez, ensártame como a una mariposa, lacayo. Agítate, haz de cuenta que estuvieras sacudiendo un árbol de cerezas de los que nunca has visto más que en fotografía, naquito. Sacude mi tronco contra tu vientre y haz que todas las cerezas imaginarias caigan. ¡Todas, he dicho! ¡Síguele, cabroncito, por favor! ¡Más fuerte! Cuando aúlle como una loba significa que te aquietes, que te aplaques, que reces inmóvil delante del altar de mis morenas nalgas sagradas (que yo, para entonces, estaré en el cielo con el conserje del hotel).

20091225

Manual práctico de las distancias cortas XXI: De la muerte


Querida Rosalba:
Los tres estamos en China, por eso este mensaje no tiene acentos. Seguramente Bernardo te conto que vinimos aca para asistir al concierto de Rolando Villazon, no? Pues todo ha sido una trampa, Santiago tambien esta aqui. Quisimos darles una leccion a ti y a el. Pero las cosas se han puesto mas mal de lo previsto, por eso me atrevo a escribirte. En resumidas cuentas, mi marido esta a punto de matar a tu amigo el profesor. Pero antes de reaccionar, te pido que leas este mensaje hasta el final. Si Santiago esta cada vez peor no solamente es por el alcohol, tambien es por el pasado y eso te concierne sobretodo a ti. No digo que antes fuera un angel, no lo se, pero durante anos se ha sentido culpable por el accidente. Ahora te odia por todo lo que nos has hecho y quiere ponerle un punto final a la guerra contigo. El primer paso sera matar a tu mensajero, matar a mi amante.
Que esperabas? A donde mas podian conducir las agresiones que tu iniciaste? Digo que tu iniciaste porque sinceramente estoy segura de que el accidente fue un accidente, objetivamente un accidente. Hoy es muy facil decir que Santiago es malo o que es una maldad traicionar a mi amante. Pero la maldad no existe en si misma, es frustracion, son celos, es la perdida del control, es estar harto de una amenaza. Ahora diras que Santiago es “malo”, pero el no ha decidido la historia como ha ocurrido. Que fue una cobardia abandonarte despues del accidente, lo sabe muy bien. Cuando nos casamos, su situacion ya era insoportable. Recuerdo muy bien que durante nuestra luna de miel, en Egipto, estabamos viendo un papiro del Libro de los muertos y me dijo que sentia que su alma habia quedado destruida el dia del accidente. Por eso te digo que no existe la maldad, lo que hay se llama vacio, o sea tristeza, depresion. Santiago siente que es un cuerpo sin alma.
Tu pagaste para que lo golpearan. Desde entonces nos mudamos a un conjunto residencial que es un bunker. Conoces la historia mejor que yo, no tengo que repetirtela, pero tal vez la interpretaras de manera distinta si me escuchas. Tu y Santiago han atropellado mi vida mientras trataban de matarse. Ahora has sacrificado la vida del pobre profesor. No se lo merecia. Esta escondido en algun lugar de Shanghai. Si es inteligente se las arreglara para huir, pero no es facil. Es curioso, un dia antes de huir hablabamos de la vida y de la muerte (ya sabes que con el es muy dificil hablar, que no tiene humor, cree que todo mundo sabe quienes fueron Kant y Hegel y solo le interesan las cosas intelectuales). Por eso le conte del Valle de los reyes en Egipto, que los sarcofagos de Tutankamon estan recubiertos de oro y la mascara funeraria es de oro macizo y sin embargo parecen una fotografias del muerto. Eran para que el alma del faraon pudiera reconocer donde se encontraba su cuerpo. Se ven los ojitos almendrados de Tutankamon, su nariz respingada, su cara de adolescente. Hasta le hicieron una oreja mas grande que otra para que el alma no se equivocara al reconocer su forma y asi sus restos. Para los egipcios, alli donde una piramide o un mausoleo se levantaban, alli irian las almas a buscar a sus cuerpos. Se detenian y contemplaban los rasgos faciales. La momia y el alma se reunificaban y la persona reencarnaba. A Bernardo le gusto esta historia, aunque no crea en eso. Nunca ha ido a Egipto. Segun el no existe el alma, ni la inmortalidad, y la forma de nuestro cuerpo nunca es una, cambia siempre, pero le gusto la historia. Pero yo veo a Santiago y se que se siente como un cuerpo que ya no tuviera alma o al que ya no le importa ser malo, para decirlo de alguna manera.
Lo que quiero pedirte es que trates de acabar con esta guerra. Si tu le pides perdon a Santiago, quiza todo se solucione. Si prefieres, avisa a la policia, pero no creo que asi logres salvar a tu amigo. No hay tiempo, solo vas a hacer escandalo. Pidele perdon a Santiago, firmen la paz. Tal vez asi hasta le devuelvas el alma al cuerpo.

20091213

Manual práctico de las distancias cortas XX: De los afrodisíacos


Metes tu lengua al fondo de mi boca y en un descuido me tocas un resquicio del paladar, insinuando que practicas otra suerte de esgrima. Yo reacciono succionándotela con tanta fuerza que sientes que la arrancaré. Gritas de dolor. El mesero voltea, no sabe si debe intervenir o no. Te levantas de la silla, me pateas. Te atrapo la pantorrilla y te hago caer sobre la alfombra del restaurante. “¡Pendejo! ¡Pendejo!” repites. Me burlo. El mesero te ayuda a levantarte. Su mirada es una mezcla de desaprobación y de sometimiento. Sabe que en este restaurante todo puede pasar. Seguramente ha presenciado cómo un inversionista millonario le vuela los sesos a una puta o cómo mafiosos cenan con niñas de familia recién raptadas.
Otra vez te gané. En las pequeñas o en las grandes perversiones te ganaré siempre. Eres una pobre ninfómana desesperada porque aún no te atreves a ser mala y, por ello, sigues frustrada. Has dejado escapar a tu presa. Tanto dinero nos costó prepararte este sencillo platillo mexicano y no tuviste la fuerza para comértelo. Sé que dejaste abierta la puerta del hotel para que el profesor se escapara. Crees que eso me irrita pero, en realidad, me lo estás regalando. Aprenderás que la cacería es una de las artes eróticas. De paso, al liquidar a su amigo, estaré vengándome de la tuerta, nuevamente. Saldré a cazar a tu profesor por la ciudad, en toda China si es necesario.
-No entiendo cómo se escapó, no lo entiendo –repites.
-Porque dejaste abierta la puerta, amor, es obvio.
-No, no, estoy segura que no, Santiago. Pero no puede ir muy lejos, tengo su pasaporte y su tarjeta de crédito.
-Lo vamos a encontrar. Pero… ahora me toca a mí.
-¿Cómo lo vas a hacer?
-No te preocupes, estarás presente –te digo.
Leemos el menú. Preguntas por el chop suey pero aquí no lo conocen o lo pronuncian de manera incomprensible y entonces eliges fideos con abulón y langosta al roquefort. Prefiero “sopa de cocodrilo doblemente hervida, con hipocampo”, aunque sea un plato tan barato, y filete de yak tibetano al azafrán. La primera está en el rubro de nutritious soups pero sospecho que es una mala traducción y que en chino debe decir sopa afrodisíaca. El mesero nos invita al acuario para elegir a las víctimas. Hay peces serpiente, tortugas, ranas gigantes. Debemos escoger al caballito de mar y a la langosta que serán cocinados. Elijo rápido el más grande, pero sin calcularlo demasiado. El mesero sumerge la red y va por el hipocampo que, como un chango de los mares, se aferra con la cola a un coral para que no lo atrapen. A pesar de su resistencia, se lo lleva. Tú elijes a tu langosta por el color: la quieres negra. Elijes una botella de vino blanco. 30 minutos después llegan los platillos.
Mi sopa es pequeña, casi una tasa. Pregunto si la carne de cocodrilo es fresca. Viene el chef con un traductor. Nos explican que ya la tenían cortada y en el refrigerador. Es difícil matar a un cocodrilo delante de los comensales. La carne del cocodrilo es fibrosa, como la cola de res o la machaca norteña, y con mucho cartílago, bueno para las rodillas, espero. Al caballito, en cambio, no sé por dónde hincarle el diente. Está entero, como esos secos que venden como souvenir en Acapulco. El agua hirviente le ha dejado los ojitos medio gachos, pero todavía tienen expresión.
Primero mastico la cola del hipocampo. Luego voy subiendo como roedor hacia el cuerpo. Pero cuando me topo con las vísceras me detengo y comienzo del otro lado. Pero la trompita es dura, casi como un palillo de dientes. Decido mejor comerle por el lomo, pero la idea de acabar tragándome los pulmones y el corazón me detiene.
Me explicas que los hipocampos no tienen pulmones, que son peces. Vete a la mierda con tus aclaraciones, te digo, ya he vivido antes con una veterinaria como para recibir nuevamente lecciones de anatomía comparada. Dejo sobre el plato el cadáver del hipocampo a medio comer. Paso a probar el filete yak.

20091206

Manual práctico de las distancias cortas XIX: Del erhu o violín chino


Mercado de tenis usados. Cientos de vendedores callejeros de reeboks, adidas, convers, nike, dolce gabbana, vans, panam. La mayoría están en mal estado, con agujeros en las suelas, rotos o manchados. La gente los revisa, negocia. Más allá hay un mercado de zapatos de vestir. Antes uno de chamarras de piel, seguido de otro de chamarras de mezclilla. Todo usado. Esta ciudad es una venta de garage. Aunque los caminos no son de terracería, todo está cubierto de tierra, por las construcciones de rascacielos. La nariz y los ojos están secos, arden. Aquí no es Nueva York ni Calculta, es ambos, es Shanghai. La ciudad es rica y pobre. Ya es tarde. Algunas personas se hacen masajear los pies en modestos locales. Los clientes están acostados en 4 o 5 camas y las empleadas les machacan los cojines de las plantas, les separan los dedos, se los mueven para un lado y otro. Más allá, un puñado de gente se apelotona en torno a alguien. De cerca se puede reconocer que es un músico. Toca una especie de violín flaco y alargado. Canta fragmentos con voz de hombre y luego, con voz aguda, de mujer. Debe cantar un dueto, una especie de opera. Curioso one man show. Ahora el músico invita a los espectadores a que canten; una mujer acepta y canta leyendo la letra en un modesto atril. Es un karaoke popular. Ahora toda la gente canta al compás del violín chino. Sólo la boca más cercana no canta, porque no sabe.
Se siente mucha hambre. Hay un restaurante pequeño que parece limpio. Campanitas colgantes se agitan cuando estas manos abren la puerta. Los clientes tienen en sus mesas sopas y platillos con verduras asadas. Estos dedos señalan al mesero algunas imágenes de la carta y al cabo de diez minutos traen una brocheta de pollo y té verde frío con mandarinas miniatura flotando en el vaso. Sabores agridulces, picantes y salados. Muy refrescante el té, pero las brochetas no vienen con arroz. Todavía se siente hambre, pero es muy difícil comunicarse, nadie habla inglés.
No se ha olvidado el nombre que corresponde, Bernardo. No se ignora que esta boca y esta mano corresponden. Es sólo esta sensación de anestesia. Últimos sorbos de té. Reflexión al digerir y reposarse: No se percibe el yo sino como haz de percepciones: recuerdo de Luz Irizábal, recuerdo de Serendipiti, percepción de la mano que descansa sobre la mesa luego de haber trabajado llevando el tenedor y el vaso a la boca. La boca saborea todavía la mandarina dulce y ácida, mezclada con el té de textura astringente. Ahora se trata de pagar con los dólares. No hay billetes chinos en el bolsillo. Se enoja el mesero. Regaña. La mano le muestra que aquí no hay más dinero en los bolsillos. El hombre levanta la voz y habla rápido. Una mujer se acerca. También protesta. Los brazos de ambos están tan cerca que no se sabe cuál es el del yo y cuáles de ellos. No se sabe si ellos alargan sus brazos o éstos brazos les están empujando. Esta sensación ya se ha sentido en el pasado, en el juego infantil que consiste en torcer las manos, confundirlas y luego tratar de mover un dedo en particular, provocando errores graciosos.
Al final, los meseros chinos se cobran veinte dólares ¡un robo! Hay apenas ochenta dólares más en el bolsillo. Hay cansancio, hay preocupación. Lo importante ahora es encontrar un lugar dónde pasar la noche. Caminando en una acera angosta, se sienten los autos silbar en la avenida. Ahora empieza a ser claro que lo más cercano al cuerpo es el yo, en este caso Bernardo Bolaños. El yo es entonces un conjunto de cosas adentro del cuerpo o que están cerca de éste. Pero entre las percepciones no se logra todavía percibirlo a él. No es amnesia o, por lo menos, no es amnesia generalizada. Es no acordarse cómo se conjugan ciertos pronombres y adjetivos. Es como un dolor de cabeza o, más bien, es como hablar un idioma sin haber aprendido algunas palabras fundamentales. Seguramente se rompieron algunas conexiones neuronales. El yo quizá es solamente el hecho de que estas manos, que se balancean al caminar, conducen a este torso que sostiene la cabeza de donde salen estos pensamientos. Es el hecho de decir “Bernardo” desde este aquí y ahora. El yo es, entonces, relativo.

Unos soldados se acercan y preguntan. La mano hace una seña de no entender su idioma ¿o es la mano del guardia la que señala hacia el cielo? Una fuerza empuja hacia atrás. Luego hacia adelante. Los cuerpos de los soldados y el del yo, fusionados por la proximidad, ahora caminan juntos. Los uniformes verdes de los soldados ayudan a distinguir sus cuerpos de este cuerpo, pero es muy difícil. La sensación es de una masa informe. Suben a una camioneta. Han arrestado al yo.

20091128

Manual práctico de las distancias cortas XVIII: De la huída


Obviamente no puedo levantarme la tapa de los sesos como levantaría una alcantarilla y salir por ahí al otro lado del mundo, como Alice de Lewis Carroll. Sólo de fantasear por un segundo con esa imagen me doy cuenta de que el encierro en este hotel me está volviendo loco. Luz llega cada tarde y me obliga a punta de pistola a colocarme unas esposas, luego debo encadenarlas a la cama. Enseguida los pies y así el resto hasta quedar completamente a su disposición. Algunas veces comemos juntos, otras como solo los alimentos que deja sobre la mesa. En estas circunstancias, lo único que puedo hacer es dejar que mis pensamientos den vueltas alrededor de mí. Wittgenstein escribe, cito de memoria, que la gente suele tener creencias centrales que son como el eje en torno al cual gira la tierra. Desde luego, el eje no está clavado en algo más, no hay algo que lo mantenga fijo, sino que su centralidad es producto de lo que gira en torno a él. Son las ideas que giran en torno a una idea axial, como una nube de mosquitos, las que la crean. Para escapar de este lugar, quizá podría hacer que mis ideas dejen de rotar en torno a este eje supuestamente fijo que es mi persona. Soy este cuerpo que cambia permanentemente, soy este circuito de neuronas que se altera cada vez que creo en nuevas ideas o dejo de creer en otras. ¡No estoy fijo, nada me sostiene!
De niño me enseñaron explícitamente que me llamo Bernardo Bolaños, pero sólo con el tiempo fui descubriendo que ese nombre designaba en realidad a una metáfora. Así como no hay una estaca llamada “eje” que perfore la tierra de un extremo a otro de los polos, del mismo modo las ideas que tengo acerca de mí mismo dan vueltas sin cesar alrededor de algo que cambia cada vez. Lo que haya cada vez en el centro de la nube de mosquitos ¡eso soy!
Veamos. Estoy convencido que soy mexicano, que soy profesor, que estoy preso en un maldito rascacielos por culpa de una psicópata, que veo en este momento mis manos escribir en el teclado de mi computadora y que veo también el reflejo de mi rostro sobre la pantalla. Pero que yo sea yo sólo tiene sentido porque esas ideas revolotean en torno a algo. ¿Quién soy? Insisto, soy el eje imaginario en torno al cual giran tales creencias. ¿Cuál creencia es la que soporta a cual? Cada idea, a cada segundo, que me pasa por la cabeza contribuye a hacerme existir, porque sigue la misma trayectoria, me circunda, dibuja mi figura. ¿Pero si lograra que mis ideas se dispersaran? ¿Si en vez de girar en torno al eje partieran como proyectiles o estrellas fugaces? En ese caso, mi yo se dispersaría. El problema, desde luego, es si podré volver a reunirme en mí, cuándo y cómo. Asumo el riesgo, de todos modos Luz Irizábal quiere acabar conmigo.
Me acurruco en una esquina del cuarto. Cierro los ojos. Estoy pensando, es claro, pero me pregunto si eso me hace realmente existir como una cosa. Lo que exista es anterior a estos pensamientos que ahora pienso. La sensación de pensar es quizá lo que existe. Si pienso quiere decir que siento que pienso, es decir, que me escucho hablar internamente, que me veo apretando los párpados, que mis propios pensamientos me producen escalofríos y me cierro contra mí mismo apretándome los antebrazos. Me abrazo. Si tuviera un espejo delante de mí abriría los ojos y me vería en este rincón pensando, pero no lo tengo y, por lo tanto, es menos cierto que “yo” exista. Existe sin duda esta voz interior que dice lo que estoy diciendo, hay también esta experiencia táctil, pero más allá de este conjunto de percepciones sensoriales no hay nada. Sensaciones, al fin y al cabo, que deben dispersarse, las espanto ¡Ahora! ¡Fuera! ¡Largo de aquí! ¡Aléjense de mí, putas! ¡No me toquen!
Lloro. Es inútil. Es seguro que estoy perdiendo la razón. Ensayo otra vez, en tercera persona. Esto es ridículo. ¡No! ¡Aléjense unas de otras! ¡No se toquen! ¡Largo!
Pssrrr. 禁止吸煙. 請不要打擾. CO/1038727792. Limited release. Broken locks or hinges. 不要使用電梯,如果著火. 38樓 不要使用電梯,如果著火. 37樓. 不要使用電梯,如果著火. 36樓. 不要使用電梯,如果著火. 35樓. 不要使用電梯,如果著火. 34樓. 不要使用電梯,如果著火. 33樓. 不要使用電梯,如果著火. 32樓. 不要使用電梯,如果著火. 31樓. 不要使用電梯,如果著火. 30樓. 不要使用電梯,如果著火. 29樓. 不要使用電梯,如果著火. 28樓. 不要使用電梯,如果著火. 27樓. 不要使用電梯,如果著火. 26樓. 不要使用電梯,如果著火. 25樓. 不要使用電梯,如果著火. 24樓. 不要使用電梯,如果著火. 23樓. 不要使用電梯,如果著火. 22樓. 不要使用電梯,如果著火. 21樓. 不要使用電梯,如果著火. 20樓. 不要使用電梯,如果著火. 19樓. 不要使用電梯,如果著火. 18樓. 不要使用電梯,如果著火. 17樓. 不要使用電梯,如果著火. 16樓. 不要使用電梯,如果著火. 15樓. 不要使用電梯,如果著火. 14樓. 不要使用電梯,如果著火. 13樓. 不要使用電梯,如果著火. 12樓. 不要使用電梯,如果著火. 11樓. 不要使用電梯,如果著火. 10樓. 不要使用電梯,如果著火. 9樓. 不要使用電梯,如果著火. 8樓. 不要使用電梯,如果著火. 7樓. 不要使用電梯,如果著火. 6樓. 不要使用電梯,如果著火. 5樓. 不要使用電梯,如果著火. 4樓. 不要使用電梯,如果著火. 3樓. 不要使用電梯,如果著火. 2樓. 不要使用電梯,如果著火. 1樓. 不要使用電梯,如果著火.

20091121

Manual práctico de las distancias cortas XVII: De Dios ¿o del absurdo?


Sin duda, la peor de las perversiones que me hace sufrir Luz Irizábal durante este encierro es privarme de libros, porque del resto… siendo su esclavo sexual no carezco completamente de gratificaciones, al menos hasta ahora. Luz pretexta que en Shanghai no hay librerías occidentales y que lo único que podría comprarme serían bestsellers en inglés o manuales para inversionistas. No le creo. Seguramente no se atreve a entrar en una librería por miedo a hacer el ridículo. No por nada, cuando en el avión mencioné a Giorgio Agamben ella entendió Giorgio Armani y cuando de reojo leyó que yo escribía algo sobre Habermas en mi cuaderno de notas, me preguntó si estaba investigando sobre Halloween: "Ay, es que tu letra es muy fea", dijo tratándose de justificar. Al conocernos, le había preguntado cuál era su libro favorito y me dijo que Las mil y una noches, pero al charlar comprendí que no lo había leído y que estaba blofeándome. Por suerte, en mi portafolio llevo siempre ensayos qué calificar de mis alumnos y, en esta ocasión, ellos me permiten alargar mis meditaciones lo más posible. Al cabo de un rato de lectura, me acerco a la ventana y alargo la vista desde este piso 38. Alcanzo a ver un templo ¿budista, confucionista, taoísta? Veo también los rascacielos que crecen entre las ruinas de pagodas y viviendas tradicionales. Luego vuelvo a la lectura o, más bien, al desciframiento de los párrafos garrapateados de mis estudiantes y así espero a que Luz regrese con comida exótica y algún nuevo capricho.
De los ensayos, el de Alejandrina me ha sorprendido por su ingenio, al aplicar el principio de razón suficiente de Lebiniz al tema de la existencia humana. “Por algo estamos aquí” dice ella. Leibniz cree que hay siempre un fundamento del enlace intrínseco entre los términos de una proposición verdadera (es decir, Praedictaum inest subjecto, todo predicado está encerrado en el sujeto) y que un corolario de ello es el axioma vulgar de que todo tiene una razón en este mundo. De otro modo, según Leibniz, habría proposiciones absurdas donde el sujeto no contendría el predicado (filósofos que no filosofasen, sillas que no sirviesen para sentarse en ellas, etc.). Y es que en el siglo XVII el azar y el absurdo eran todavía suposiciones quiméricas. Los conceptos de suerte, azar, fortuna, apenas estaban siendo formalizados y coexistían, mal que bien, con el determinismo. Para estos filósofos, el futuro estaba escrito aunque fuera como resultado de un cálculo en la mente de Dios. En el siglo XIX, llegó el argumento de la muerte de Dios y sus corolarios: la interpretación metafísica de la mecánica cuántica y la literatura del absurdo en el XX. Pero para Alejandrina, el principio de razón suficiente ha vuelto a ser válido, precisamente por el fracaso de los fenomenólogos del absurdo, de Kafka a Ionescu, de Tzara a Fellini, pasando desde luego por los surrealistas y los pintores expresionistas abstractos. No por nada, el absurdo de escritores contemporáneos como Murakami ha vuelto a ser místico.
Lo interesante es la estrategia cognitiva que siguen ella y algunos otros estudiantes del siglo XXI para abrirle un campito a la idea de Dios. El argumento del sombrero que le da Leibniz a Arnauld, y que para mí sigue siendo un ejemplo ridículo, es reelaborado por Lidia Chávez. Como se sabe, más allá de postular la armonía preestablecida entre los seres, que marchan como relojitos independientes unos de otros pero sincronizados, Leibniz cree también en la armonía entre el mundo material y el espiritual. Y no es que mi espíritu le diga a mi mano que se acomode el sombrero, sino que milagrosamente coinciden mi voluntad de acomodarme el sombrero y el movimiento de mi brazo que hace lo propio. Pues Lidia encuentra en este argumento ad hoc de Leibniz a Arnauld, una manera de salvar a Dios en nuestra sociedad tecnológica. Si mi computadora Toshiba funciona mientras escribo en la cumbre de un rascacielos chino, detrás de mí un Dios neoliberal deja hacer y deja pasar. No interviene, está de acuerdo.
Fidel, por su parte, también rescata de los escritos de Leibniz argumentos teológicos, en vez de interesarse por la lógica o por el proyecto epistemológico de éste. Dice que Leibniz entiende a Dios como un todo y no como el todo. La característica de ese todo sería, en términos cartesianos, el hecho de contar con ideas perfectamente claras y distintas. Ese todo sería compatible con otros todos, pues Leibniz insiste a lo largo de su obra en que las mónadas o unidades de la realidad reflejan la totalidad del resto de lo existente, aunque ellas mismas no tengan ventanas. Por lo tanto, Dios sería una mónada que no se distinguiría cuantitativa sino cualitativamente de otras, pues para ser un todo se requiere poseer un número preciso de elementos (la totalidad, cifra común a todos los todos, al menos antes del descubrimiento de la aritmética transfinita), mientras que la manera de poseerlos sí puede variar. Habría de todos a todos. No todos los todos serían iguales. Y Dios sería un todo entre otros, pero se apercibiría de ello con una clarividencia total (en un sentido cualitativo de totalidad). Dios sería el único todo que poseería todo el conocimiento. Esta lectura hace compatibles las perspectivas de Leibniz y de Spinoza, la diversidad y la unidad de lo substancial, y anticipa a Hegel, quien postulará más tarde que el absoluto es una conciencia universal.
La asombrosa comodidad con la que mis estudiantes escriben argumentos metafísicos me rebasa. Si yo fui formado en el más austero empirismo lógico, tanto en México como en Francia ¿de dónde sacan ellos estas reflexiones? Lástima que estén equivocados. Sería tan útil que el hombre pudiera escalar para pensar más allá de su propia mente, pero es imposible, tan imposible como para mí salir de esta torre.
El entusiasmo y la sorpresa que me causan estas disquisiciones teológicas de mis estudiantes se ve interrumpida por el ignaro que nunca se apareció en clase, que tuvo la desfachatez de presentarse al examen y que me traduce cogito ergo sum por “sólo sé que no se nada”. Tú lo has dicho, meu filho.

20091111

Manual práctico de las distancias cortas XVI: De la monotonía


Escribo desde el último piso de un rascacielos vacío. Estoy en Shanghai, el puerto de donde salen los millones de mercancías que tienen la etiqueta made in China y que el resto del mundo compramos en los supermercados o en las tiendas de lujo, pero también en los tianguis de artesanías tradicionales (mi primer día aquí descubrí que esas víboras de madera que venden en Tepoztlán, hechas mediante cortes estratégicos a un palo y que se mueven como si fueran reales, no están hechas por manos mexicanas, sino en serie y por miles en algún taller chino). Deben ser las 7:20 a.m. en la Ciudad de México, pues son las 20:20 en esta ciudad. No puedo salir, Luz Irizábal me ha encerrado aquí. No hay ningún otro huésped en los cinco pisos contiguos. Lo sé porque, al salir del aeropuerto hace cinco días, Luz entregó al taxista una tarjeta con la dirección del hotel; éste condujo durante veinte minutos por la ciudad y, al fin, se detuvo en una zona devastada por las construcciones. Sacamos las maletas y caminamos con ellas (yo cargaba ambas) en dirección a las grúas y tractores.
“He elegido un hotel donde estaremos realmente tranquilos –me dijo Luz-, está en medio de las obras que están haciendo para la exposición universal del 2010 y nadie se hospeda allí. Además, conseguí la suite más lujosa con 80% de descuento.”
Era difícil respirar por el polvo y por el calor asfixiante. En medio del estruendo de motores y perforadoras, librando mangueras y cables, escombros y varillas, Luz mostraba la tarjetita a los trabajadores que se quitaban el casco, decían cosas incomprensibles y, al fin, nos señalaban hacia donde seguir caminando. Así anduvimos a pie durante treinta minutos hasta reconocer, a contraluz, el gigantísimo hotel. Debía ser un lugar muy lujoso, pues daba al río Huangpu, con una vista preciosa.
En la otra orilla se veía una hilera de rascacielos posmodernos. Al aproximarnos a la entrada se abrieron ante nosotros las puertas automáticas y nos envolvió la corriente gélida de aire acondicionado. Nos registramos ante una adolescente vestida con uniforme azul rey y, como si fuéramos dos corresponsales de guerra, de tan cubiertos de polvo y sudor, subimos a nuestra habitación en el piso 38.
He omitido dar explicaciones preliminares de cómo me trajo Luz hasta Shanghai. Todo se resume a la argucia de que el tenor mexicano Rolando Villazón cantaría aquí, que supuestamente era amigo cercano de Luz, que no podíamos perdernos el concierto y que ella me pagaría la mayor parte de los gastos. No me pareció una frivolidad, era sólo un lujo normal para una mujer rica como ella y yo era su amante, de modo que debía acostumbrarme al tipo de vida de los millonarios. El trimestre había concluido en la universidad y yo podía disponer de algunos días.
Aunque estábamos exhaustos, esa primera noche en Shanghai hicimos el amor como a ella tanto le gusta. No repetiré la descripción que ya he hecho de nuestro primer encuentro, en la entrega XIV, sobre el vulvaluz o la naturaleza del tiempo. Sólo hago notar que se trató de lo mismo, casi exactamente de lo mismo, otra vez. Quiero decir que viéndolo todo, panorámicamente, a través de su pubis, esta vez nuestro coito era un retorno. Lo único que cambiaba eran unos cuántos recuerdos nuevos, los que se habían acumulado entre nuestro último encuentro y ahora. Si en aquella ocasión había visto desde mi nacimiento hasta mi muerte pasando por el pasado y la flecha del futuro a partir de mi existencia, esta vez veía también una ligera desviación en el porvenir junto a un pasado ya fijo como un bloque de mármol. “¡El vulvaluz, ya está, el vulvaluz otra vez!”, le dije aprovechando un respiro. Sus muslos respondieron apretándome aún más las mejillas y silenciándome. Marqué con las uñas una líneas a lo largo de su espalda, paralelas a las líneas de sus vértebras, como dibujándole las cuerdas de una guitarra, como gritándole lo mismo con otro lenguaje. Entendí que era simultáneo, sus glúteos temblaban anunciando el orgasmo y sus chillidos de roedor me lo confirmaban. Regresé a mi puesto en esos momentos críticos, como el marinero responsable del periscopio en un submarino. Llegó el temblor y Luz se agitó, se agitaron sus brazos y sus caderas, sus mandíbulas y sus pies. “Es esto lo que quería decir Bretón al afirmar que la belleza será convulsiva o no será -pensé-, se refería al orgasmo convulsivo de las mujeres, de otro modo la frase no tiene sentido”.
Al día siguiente, Luz y yo visitamos la ciudad. En ese momento me fascinaba, pero los acontecimientos posteriores me impiden escribir este relato como el turista que fui ese día. He olvidado lo que pensé del salón de té que visitamos, del barrio antiguo y del museo. Incluso he olvidado las explicaciones de ese guía que nos habló de los más antiguos caracteres chinos inspirados por motivos sexuales (falos y vaginas dibujados de unas u otras maneras habrían dado lugar a conceptos abstractos: lenguaje, fuerza vital, etcétera). Todo pasó a un segundo plano desde que Luz me contó, en la cena, lo que le ocurría.
Durante su adolescencia, según me dijo, había atisbado los problemas de su vida sexual aún antes de ejercerla con los hombres. Gozar era para ella, aún en solitario, un reto. Luego de casarse con Santiago, la pareja había ido a Houston para tratarse, pues ambos creían que ella era frígida. No había tenido resultados ni en ese ni en otros viajes a hospitales y clínicas americanos. Fueron los tratamientos alternativos y, más aún, esotéricos, los únicos que le dieron resultados. Un día, un chamán salido de una reserva indígena de Estados Unidos, recomendado por la esposa de un acaudalado banquero mexicano, la curó. El tipo logró despertar sus deseos e, incluso, seducirla. Pero cuando Luz experimentaba, por fin, un orgasmo, el hombre se asustó y huyó. Con una mezcla de esperanza y confusión, Luz prosiguió por la vía de las prácticas ocultistas. Finalmente, durante un viaje a París, Alejandro Jodorowsky le habría leído el tarot y diagnosticado lo opuesto de la frigidez: ninfomanía. “La carta del diablo, en el tarot de Marsella, representa a un hermafrodita y su significado es la lujuria. Es el arcano que rige mi vida, junto con la estrella y la fuerza. Sufro de una libido tan intensa que la satisfacción sexual, en mi caso, será siempre un ideal.” Fue Jodorowsky, también, quién le explicó que, en vez de clítoris, Luz poseía un “vulvaluz”. Luego de meses de investigación y auto experimentación, Luz había llegado a convencerse de que su problema se resumía, entonces, a la monotonía.
-Es difícil saciarme –me dijo durante aquella cena- y, cuando lo consigo, el placer absoluto resulta siempre igual, es equivalente a la frigidez. Los extremos se tocan. Cuando me escribiste en Facebook diciéndome que conocías mi vulvaluz y vi que eras un profesor de filosofía, volví a esperanzarme. Hicimos el amor y fue muy intenso, lo reconozco. Pero ya conocía esa sensación, es siempre la misma. Lo fue la segunda vez y lo fue anoche, al otro lado del mundo.
-No te presiones –le dije a Luz-. Creo que no deberías creer a pie juntillas las interpretaciones de chamanes y videntes. Estás introyectando lo que ellos te dicen. Lo estás volviendo realidad. Tu vida no puede estar marcada por tres cartas del tarot. Tu misterio trasciende la interpretación que te dio Jodorowsky.
-¡Pero tú también has experimentado el vulvaluz! –respondió.
-Sí, sí. Es una experiencia maravillosa. Cuando hacemos el amor comparo cada caricia, cada sensación, con las caricias y sensaciones del pasado. La comparación trasciende mi vida. Me proyecto en la historia y hacia el futuro. Las imágenes se amontonan en mi mente. Es maravilloso. El tiempo es algo concreto y unificado en esos momentos.
-¿Y cada vez es diferente? –preguntó Luz, agresiva y triste.
-Muy poco –reconocí.
-Lo ves, es monótono. Incluso el placer absoluto, la felicidad absoluta y el conocimiento absoluto resultan monótonos.
-El secreto, quizá, está en concentrarse en los detalles –le dije-, no en el absoluto. Identificar eso que cambia cada vez, por ínfimo que sea. Debes estudiar budismo.
Esa noche no hicimos el amor. A la mañana siguiente, Luz había desaparecido y yo me encontraba encerrado en nuestra habitación. Se había llevado el teléfono. Pedí ayuda a gritos pero nadie vino a ayudarme. La camarera no se presentó en todo el día. Esa noche, Luz regreso empuñando un revólver: “Si te mato nadie se enterará. No hagas tonterías y obedece. Cuando el placer absoluto es insuficiente, hay que buscar del lado del sufrimiento”.

20091108

Venganza contra la mujer que me tiene secuestrado en este rascacielos vacío


Me invitaste a Shanghai, ninfómana burguesa,
a escuchar al tenor Rolando Villazón
¡Cómo iba a imaginarme que yo sería la presa
de tus perversidades y de tanta abyección!

Me sofoca la espera y escribo en esta mesa
sonetos vengativos con desesperación.
Nadie anda por aquí, sólo la grúa regresa
a retirar los restos de la demolición.

¿Como es que este acostón tornose acosamiento,
pesadilla, secuestro, quizá desmembración?
Aunque no muera de hambre, ni sienta aburrimiento
maldigo mi ceguera y mi contradicción.
Débil de voluntad, frágil de sentimiento
una rubia exultante me masca el corazón.

20091031

Venganza contra un alumno que sacó 10 de calificación y se quejó


Te puse un diez, ahora escribo un soneto,
porque no te gustó mi parrafito:
“La calificación no importa, es el respeto
¿Por qué me tachonea, doctor, mi manuscrito?”

Yo que te había admirado, infame señorito,
sorprendiéndome al verte superar todo reto.
Ahora miro al pasado, me digo y me repito:
un genio es demasiado si es también erudeto.

¿Cuál era mi pecado? ¡Si admiraba tu prosa!
Y fuiste largo tiempo mi pupilo soñado,
quise aumentar tu gloria escribiendo una glosa.

Ya no podré olvidar jamás nuestro altercado.
Quedarás para siempre en la memoria odiosa
de cuantos estudiantes hube hasta ahora encontrado.

20091022

Venganza contra un robacoches inepto


Oh, tú, ladrón estúpido que fallaste en tu empresa
si hubieses calculado mejor tu fechoría
te habrías apoderado del auto de tu presa
sin activar la alarma ¡Que suena todavía!

Pero fuiste un novato tan nervioso y culero
que una vez que lograste abrir la mercancía
te asustó despertar al vecindario entero,
huiste, no salió el dueño ni acudió un policía.

El claxon nos taladra sin cesar la cabeza.
El mundo es tan absurdo ¡Juego de suma cero!
¿Cómo hemos de afrontarlo? Destapo una cerveza

20091020

Venganza contra curas de Tepoztlán que dan la misa con megáfono


Los curas tepoztecos gritonean su doctrina,
propalan su ignorancia con altavoz eléctrico,
su voz penetra al baño, la sala, la cocina
¡Y voy a Tepoztlán para no estar histérico!


Enciérrese en su Iglesia, párroco extrovertido,
conmisérese un poco de este agnóstico urbano
que vive trasnochado por causa del ronquido
de la que duerme junto y despierta temprano.

20091005

Venganza contra un vecino que se roba mi periódico


Cada vez que me robas el diario, troglodita,
me subo al metrobús con las manos vacías.
Y no es que La Jornada en verdad me transmita
información certera, ni tampoco alegrías.

Pero si decidí pagar, cabrón, la suscripción
y me gusta pasearme con escudo de tinta,
si disfruto gruñirle al lector del camión
que atisba de reojo en mi columna quinta...

...entonces, no te arriesgues, estimado vecino:
que a quien roba por hambre o a quien hace una pinta
a veces los reprimen como al peor asesino.

20090928

Venganza contra un tipo que me hostiga por Internet

"Me río de ti, blanco de verdes venas,
-¡bien se te ven porque hablas de aristocracias puras,
de ingenios florecientes y arcas llenas!"

-Nicolás Guillén-



Hay un pobre animal que lee mi blog seguido,
Escribe siempre insultos, su vida está vacía.
Me deja comentarios puritanos de ardido;
repite, qué tarado, la misma letanía.

Desde aquí yo me burlo de ti, Jaime Delfín,
siempre fuiste un idiota y además adefesio.
Aunque, estamos de acuerdo, soy poeta balín:
si me ocupo de ti es porque soy muy necio.


Agrego ahora la reacción de mi amigo Raul Casamadrid a la entrega anterior

"No digo que te pase a ti, Bernardo, pero en una ocasión me sorprendí hablando solo. La primera vez me oí pero no dije nada. La segunda vez me respondí algo, pero con desgano. Después comencé a hablar más, sin hacerme mucho caso. Luego las pláticas se volvieron frecuentes, tediosas, insidiosas y obscenas. Molesto con mi propio interlocutor decidí cortar por lo sano y dejar de hablar sin prodigarle más atención. Fué entonces que comenzó todo...

"Primero en el refrigerador: breves notas burlonas escritas en pequeños papelitos autoadheribles y de colores chillantes, llenas de groserías y sarcasmos burlones. Luego, llamadas a mi cel: un día el buzón amaneció lleno con mensajes de voz y de texto sin sentido; algunos urgiéndome a salir pronto de la ciudad y, otros, quejándose amargamente por no haber acudido a supuestas citas...

"La cosa no paró ahí: luego me empezaron a llegar postales con imágenes de edificios y sitios pintorescos ¡de mi propia ciudad!, enviados desde la oficina de correos del centro histórico y escritos con una deleznable caligrafía, como garabateados con la mano izquierda -siendo que soy diestro. Tan mala era la letra que ni siquiera pude descifrarlas -aunque en las noches soñaba frases que al amanecer podía ligar con aquellas escritas sobre las postales depositadas por el cartero en turno...

"Con cierto nerviosismo, y ansioso por pasar a otro estado, literalmente, me fugué de la entidad a otra ciudad. Cuál no sería mi sorpresa cuando al llegar a un céntrico hotel me topé una habitación reservada a mi nombre y varios mensajes mecanografiados en el casillero de la recepción.

"Debo confesar que por éstas y otras razones jamás obtuve una cuenta de correo electrónico. Pasé años hablando por teléfono y gastando en paquetería para enviar tristes sobres... El temor que mostraba al acercarme a un ordenador, me agenció de burlas y pesados chascarrillos entre amistades, compañeros de trabajo y hasta con los familiares...

"Pasaron por fin los años y estos diálogos enloquecidos fueron disminuyendo hasta que buenamente retorné a "...la sana costumbre de hablar solo"; sin pasar por mayores contratiempos: me hablaba y me contestaba en privado ó, en voz muy baja si había alguien cerca; y sólo usaba frases breve y enfáticas. Aunque a veces, es cierto, también profería alguna mala palabra -si cometía una estupidez.

"Sintiéndome recobrado, decidí adquirir una 'laptop' y acercarme a una joven maestra quien me enseñó desde cómo conectarla hasta la difícil tarea de mover el 'ratón' (o mejor dicho, el cursor) con dos dedos; pasando, entre tanto, por varios programas que son de cajón. Una vez superada esta prueba, y no sin cierto temor, emprendí la otrora imposible y prohibida labor de crear un blog...

Durante varios meses me sentí inmensamenrte feliz de poder escribir y de comunicarme con tanta gente en una forma veloz y directa. Seguí contento perfilado de esta manera, pero, casi al cumplir el año, las cosas tomaron el rumbo que presentí y siempre evadía: de la nada, como un fantasma, algo o alguien se dió a la terea de meterse a mi blog. La 'presencia' -como le digo-, empezó a mostrarse borrando de pronto frases o párrafos que me costaba reconstruír. Luego, desapareció entradas enteras y, finalmente, para mi desgracia, fué metiendo la mano pachona al cambiar de plano el sentido de lo que decía y plantar erratas que apenarían a un párvulo de preprimaria.

"Como tu bien sabes, amigo, así fue que dejé de escribir hace tiempo. Tanto, que me da la impresión de que aquello sucedió en otra vida. Por ello, Bernardo, te pregunto: ¿por qué aparece tu nombre en mi muro, tu foto en mi perfil y tu clave y mi password son idénticas?"

20090903

Un soneto


Café de la Escandón que leo en tu esquina
cómo se llama el fin de mis faenas;
Quevedo bautizó su aguamarina:
“El resquicio barbado de melenas”.

He buscado el confín de mi existencia
tres centímetros bajo tu cintura.
Yo soy el artefacto que codicia
medirte con la lengua la estatura.

Soy la lanza que hiere y placer trae.
Perpetúo con mis ansias la mudanza.
Soy Cuauhtémoc, el águila que cae.

Eres arroz, frijol, fuiste garbanza,
absurdo, rima, currículum vitae,
vino con mosco pero de buena crianza.

20090818

Manual práctico de las distancias cortas XV: Del vampiro

Sueño que violo a oscuras a una dama. Primero es abrazarla y juguetear con ella. Con mis besos un rato la entretengo. Después es provocarla y tratar de encenderla. Se resiste, entonces sujetarla, derribarla. Pongo mis piernas entre las piernas de ella. Le impido que patee. La inmovilizo. Sueño su resistir, sueño mi risa, sueño forzándola a agitarse en la cama. Luego viene el deleite de gozarla. Me veo hacerlo despacio y luego más aprisa. Siento cómo mi semen se derrama. Se mancha mi camisa. Sueño que tengo frío, siento que sueño con saña. Me despierto, me asusto de mí mismo.
Rosalba duerme a mi lado, de costado. Me recargo sobre la cabecera de la cama. No soñaba con ella, era otra mujer a la que violaba en el sueño. Levanto las cobijas y la sábana para ver su cuerpo. Rosalba no despierta. Estoy excitado. Acaricio sus caderas y muslos casi sin rozarla, como acariciaría la cola de un ave. Acerco mi mano a sus senos que cuelgan debajo del pijama y siento el calor de su cuerpo. Aún dormida, Rosalba reacciona positivamente a mis caricias. Sus manos me reciben, nuestros dedos se engarzan. Me acomodo contra ella y con el índice recorro su pubis. Finalmente me inclino hacia su cuello para morderlo delicadamente y, casi dormida, ella me deja hacer como de costumbre.
Somos cómplices. Antes de conocerla, yo era un tipo no tanto puro sino pudoroso, me daban asco los sentimientos. O sea que luego de acostarme un tiempo con una vieja no quería volver a verla nunca más, si estábamos juntos en la escuela la evitaba, si era conocida de mis amigos la desilusionaba a propósito para que ya no me buscara, ya sea saliendo con otra en su cara o tratándola mal. Antes de Kirsten, me alejé de todas las mujeres con las que tuve relaciones. Yo pensaba de mí mismo que era racista, porque antes de Kirsten casi no respetaba a las mujeres y curiosamente todas habían sido mexicanas. Con unas no quería noviazgo porque no me gustaban lo suficiente, con otras porque estaban jodidas, de dinero, la verdad. Si estaban guapas salía con ellas pero cuando querían comprometerse las cortaba. Las inteligentes le gustaban a mi mamá, aunque no tuvieran dinero. Por eso duré ocho meses con Lucía, que era bonita y la más inteligente con la que había salido. Me costó trabajo cortarla porque me daba lástima, pero ya no la quería y no quise que viniera a Boston conmigo como una sanguijuela. Hubiera sido un desmadre porque ni siquiera tenía la visa gringa. Acá conocí a Kirsten y a su familia, que tenían mucho dinero. Una vez me acompañó a una boda en Guadalajara y la presumía a todos los parientes y conocidos. Pero entonces conocí a Rosalba en el gimnasio. Es la estrellita del grupo de esgrima, por guapa y porque es la más chingona con el florete, hasta podría dar una sorpresa si se aplica en los entrenamientos. Le gusté y me anduvo cazando. Vino a buscarme a la biblioteca, fingiendo que nos encontrábamos por casualidad. Fajamos allí mismo, muy cabrón, y luego nos metimos en mi dormitorio. A la semana la muy perra me besó en una fiesta y se encargó de que Kirsten se enterara. Indudablemente me mandó directito a la chingada, pero en vez de enojarme con Rosalba estoy contento. Tal vez porque Rosalba es mexicana, porque no tiene un centavo y porque mi madre la detesta. Estar con ella me hace pensar que no soy tan interesado, ni soy racista. Obvio, también es muy guapa. Somos buenos amigos.
Pero lo más importante es que Rosalba me agarró el modo. Me dijo desde el principio que notaba un problema, algo atorado en mí y que lo íbamos a arreglar.
-Si tu madre supiera por qué te gusto, dejaría de odiarme a mí y tu dejarías de ser su niño consentido –susurra ahora Rosalba, ya despierta.
Le digo que si no quiere hacerlo más así, que me lo diga de una vez por todas.
-No, por lo pronto está bien –responde-, mi especialidad es estudiar y entender a las bestias.
-Ja, ja, cabroncita –la beso y la muerdo.
Le confieso lo que he soñado. Luego le cuento lo que dice mi madre: que en la antigüedad a algunas mujeres les gustaba que las raptara el enemigo, incluso que las violaran; que en la Ilíada y en los libros sobre Roma, en las crónicas de piratas y de guerras suele haber ejemplos. Aquiles mató a la familia de Briseida para poseerla, pero ésta, en vez de odiarlo, se pone triste cuando se separa del asesino y violador.
-Pues en las crónicas medievales que estoy leyendo –dice Rosalba-, hay muchas veces una reina cachonda que se enamora de un joven caballero y se lo quiere tirar, pero éste se indigna, cual casto modelo de virtudes, huye al bosque para no traicionar a su señor, ni cometer adulterio y ahí encuentra a una joven bañándose desnuda. La viola y basta, viven felices el resto de sus vidas.
-Ja ja. Pues que no nos oigan las feministas de la universidad –le digo-, el otro día una de ellas decía que incluso las historias de vampiros son degradantes para las mujeres.
-Tal vez tienen razón –responde Rosalba-, no por nada a ti te encantan las historias de vampiros. Los vampiros te muerden sin pedirte permiso y te violan.

20090813

Manual práctico de las distancias cortas XIV: Del vulvaluz o la naturaleza del tiempo

Ya no rechina el lecho, todo es mudo. Pienso en tus blancas piernas, en tus rizados vellos; metido entre las sábanas, desnudo, aún recuerdo tus nalgas y tu cuello. Pero hace unas horas lo recordaba todo, estrictamente todo. Mientras mis manos se arrastraban por tu espalda, tuve la iluminación de recordar las caricias originales de las que éstas son herencia y que me transmitió una mujer cuando yo tenía veintitantos años y ella quizá tres o cuatro más. Enmarcado por tus muslos la volví a ver a ella y vi a otra chica que me enseñó otras caricias cuando era aún más joven, ambos temblábamos y yo no llevaba un preservativo y había pagado un cuarto de hotel casi sin pedirle permiso. Esta fue la tercera o cuarta mujer en mi vida y también la volví a ver ahora mientras hacíamos el amor no porque te parezcas sino porque tus nalgas son también redondas y lampiñas y me recuerdan aquéllas, sobretodo desde que descubrí que son tan raras este tipo de nalgas entre tantas otras que son chatas o acongojadas. Precisamente vi también las nalgas velludas de Georgina, las nalgas tan acolchonadas de Ana que acogían mis movimientos como cojines, vi nalgas huesudas y otras muchas nalgas. Vi ombligos con forma de ojo de gato, ombligos perfectos como el de la Venus de Milo, ombligos multiformes y vi los libros de Gutierre Tibón sobre los ombligos, los vi en el estante en casa de mis padres donde quizá sigan. Casi podría decir que vi a Gutierre Tibón como lo veía en la televisión en los años ochenta cuando miraba el canal 13, creo, varias horas por semana. No es que ahora estuviera distraído mientras hacíamos el amor, todo lo contrario, nunca había estado tan concentrado, es más bien que el presente, el ahora pues, es un alfabeto de símbolos cuya comprensión presupone el pasado. Yo alejaba delicadamente mi lengua sólo unos milímetros de tu clítoris porque comprendí que eso te gusta, que yo haga una digresión hacia tus vulvas antes de recomenzar a lamerlo con fuerza. La luz matutina iluminaba los detalles de la piel de tus ancas cerradas sobre mi cráneo y yo los contemplaba pacientemente, a los detalles de tu piel, digo. Relamía y me enfocaba al mismo tiempo en ellos, en la piel grumosa de tus muslos, tan distinta de la piel quebradiza de tus antebrazos (y de la piel casi virgen del surco de tu sacro). ¿Cómo explicar que nuestro coito estaba siendo una orgía infinita? Cubierto por tus piernas veía toda mi vida, todos mis actos o, al menos, estaban presentes de alguna forma, superpuestos quizá pero simultáneos. Es que la flecha del tiempo va hacia delante y transcurre por etapas pero cada nueva etapa presupone las anteriores. No lo notamos, normalmente, pero yo lo noté esta vez gracias a ti. El mundo estaba ahí junto a cada uno de tus poros, a cada vello púbico. No podría explicarle esto a los demás, el infinito que exudabas y que mi torpe cerebro apenas alcanzaba a procesar. Me pregunté si me habías intoxicado con flujos vaginales, pero no era como haber comido hongos ni peyote, tampoco era que me estuvieras asfixiando. Te dije que me sentía como en el relato de Borges sobre el Aleph pero tu respondiste “¡Es el vulvaluz, es el vulvaluz!”. Vi mi propio nacimiento al sentirme tan cerca de tus caderas, a mi madre pariéndome; vi también mi muerte, tal vez por el dolor real que me causaron tus dientes en algún momento cuando me mordías el pito demasiado fuerte. Vi el Mar Negro tal como era hace dos mil años cuando exiliaron allí a Ovidio como castigo por escribir su Ars amatoria; vi incluso, mucho antes en el tiempo, a Ptolomeo II presidiendo el desfile militar donde llevaban en un carro alegórico el Priapos, ese mítico falo de oro gigantesco. Vi como de reojo el famoso retrato de Gabrielle d’Estrees desnuda junto con su hermana y pensé en la historia que me contaste. Pero no creo que sea verdad, aunque venga de los libros de historia del arte. En efecto, Gabrielle era amante de Enrique IV. En la pintura, las manos de Gabrielle y de su hermana se complementan: ella sostiene un anillo de compromiso y su hermana le toca el pezón como para verificar si está embarazada. Es cierto. La sirivienta, dices, borda para el futuro niño. Pero gracias al vulvaluz yo vi en el cuadro otra historia. Mira otra vez, detenidamente, a Gabrielle y a su hermana. Ambas ven de frente a una persona que las observa afuera del cuadro y afortunadamente podemos saber quien es porque esta persona está a su vez reflejada en el espejo que vemos al fondo de la habitación. Se trata de un hombre, mira, aunque sólo vemos sus piernas y su torso desnudos. Dirás que ese del fondo no es un espejo, sino una pintura, porque la perspectiva del reflejo no coincide frente a las dos mujeres; pero basta recordar la "Venus del espejo" de Velazquez, si la perspectiva fuese exacta no veríamos su rostro reflejado. La pintura palaciega de la época se vale de muchas metáforas. Opino que en el retrato de las hermanas, el pintor ha querido representar la realidad al otro lado del cuadro al aludir a ese hombre desnudo. Dirás que es muy aventurada mi interpretación porque implica que las hermanas hacen un show lésbico e incestuoso para el rey, y que ello no coincide con la actitud de la sirvienta, impasible. Pero toma en cuenta que a lo largo de la historia el poder absoluto significó también poder estar por encima de cualquier tabú, de cualquier prohibición para el monarca, incluso la moral sexual. Así fue con los emperadores romanos, con los déspotas ilustrados, con los sátrapas latinoamericanos del siglo XX. Sin perversiones su poder habría sido menos radiante, no habría sido absoluto. ¿Qué más le daba a Enrique IV tener orgías frente a los sirvientes? ¿Quién podía censurarlo por acostarse con dos hermanas? En todo caso, Foucault estaría de acuerdo conmigo en que este cuadro habla del poder, del deseo y de su representación. Mmmm, pero ahora pienso en otra interpretación, fascinante ¿sabes que fascinante viene de fascinus, falo, en latín? Si las hermanas ven de frente a una persona, la verdad histórica objetiva es que ésta no era el rey sino el pintor que las retrataba. Y el pintor, según el espejo, está desnudo, como ellas. Esta pintura hablaría entonces del deseo que se burla del poder.

20090730

Manual práctico de las distancias cortas XIII: De los incunables y las antípodas

-Hello.
-¿Santiago?
-Ah, mamá. ¿Cómo estás?
-Bien, hijo, pero no te reportas ¿dónde has andado?
-Aquí, ma, tengo mucho trabajo. Y el fin de semana fuimos a Nueva York, por eso no te hablé.
-¿Con la chica mexicana que conociste?
-Sí, con Rosalba. La llevé a Broadway. Vimos El fantasma de la ópera. Ella quería conocer.
-¿Ella quería conocer? Si tú eres el encargado de completar su educación, te vas a tardar mucho.
-Ja ja. No empieces, ma.
-Te apuesto que no pagó ni sus toallas higiénicas.
-Ja ja. No seas dura. Te expliqué que no tiene beca.
-Lo que no tiene es vergüenza.
-Por lo menos me divierto con ella, ma.
-Y a qué precio ¿no tienes otras opciones de entretenimiento más edificantes?
-Rosalba tiene su encanto. Sabías que hay un profesor que la llama la Frida Kahlo de aquí, ma.
-¿La Frida Kahlo? Debe ser profesor de matemáticas para compararlas. No debe saber nada más de México.
-Ja ja. Madre, ya deja tranquila a Rosalba.
-¿Llevaba en el teatro sus escotes especiales?
-Ja ja.
-¿Cómo iba vestida? Te estoy preguntando…
-Se puso un huipil recortado y ajustado, ja ja. No todo el mundo es católico apostólico y remocho como tú.
-Mira, yo tengo amistades que tienen cascos livianos pero Rosalba además es vulgar ¿te sigue mandando poemas copiados sin el nombre del autor?
-No debí leerte ese fragmento, mamá. Pero era una consulta profesional, pro-fe-sio-nal ¿me oyes? sobre el significado del verbo engarrafar. Pero no te vuelvo a leer partes de sus cartas, mamá, porque los haces pedazos.
-Esa Rosalba es una golfa de película. ¿Dónde leyó esas poesías satíricas del Siglo de Oro?
-¿Estás segura, mamá, que son del Siglo de Oro?
-Que si estoy segura. ¿Sabes? Tu muchachita citó también La Gitanilla de Cervantes. “Un lunar tienes, ¡qué lindo! ¡Ay, Jesús, qué luna clara! ¡Qué sol que allá en las antípodas oscuros valles aclara”. Lo sospechaba cuando me lo leíste emocionado, creyendo que te estabas acostando con un portento literario. Pero ya lo confirmé: nada menos Miguel de Cervantes Saavedra.
-¡Rosalba no contaba con la erudición de mi madre! Ja, ja. ¿Y las antípodas en ese poema significan el trasero, mamá?
-Ay Santiago, las antípodas cuando estás en Boston deben estar en Pekín, pero cuando estás en Pekín están en Boston. Entonces depende de qué parte de tu cuerpo tenía metida en la boca tu amiga.
-Ja, ja, ja. Cómo me haces reír, mamá.
-¿Qué más te ha escrito Rosalba?
-No, te digo que ya no te voy a leer nada de sus cartas, mamá, no es sano. Solamente dime qué es la candelilla.
-Debe ser el pene, hijito de mi alma. Ni siquiera entiendes lo que te escribe y ella seguramente tampoco. Me imagino que copia fragmentos de libros que huelen a semen de otros lectores.
-Ja ja. Sí, seguramente. ¿Y el verbo enquillotrar?
-¡De dónde saca todo eso esa chica! Debe de significar excitar. Pero depende…
-Y qué son los bizcochos de galera, mamá.
-¡Basta! ¡No soy tu diccionario de castellano antiguo, soy tu madre! Pregúntale a tu ninfómana analfabeta o por lo menos léeme todas sus cartas ¡y completas!
-Ya ves, te gustan, ja ja. Rosalba no es tan inculta. Se pasa todas las mañanas en la biblioteca y en las tardes vamos juntos al gimnasio.
-¿En las mañanas se masturba con incunables de los archivos de Harvard?
-¿Incunables? ¿Incunables son bebés que no duermen, mamá?
-Qué tonto. Son libros antiguos de caracteres móviles.
-Pues eres adivina, ma. Rosalba va a un archivo reservado.
-¡Qué horror! No deberían dejarla entrar.
-Es que está inscrita en master. Me contó que consultó un libro erótico medieval, el Speculum al foder.
-Óyeme, el país no te mandó a estudiar al extranjero para que pierdas el tiempo jugando esgrima y manteniendo golfas.
-Reconoce que estás celosa, ma. Porque a Rosalba también le gusta la literatura antigua. Ahora quiere aprender francés para leer relatos eróticos del siglo XII.
-¿Qué dices?
-Es que quiere leerlos en la versión original, ma.
-¡Qué burra! Tendría que aprender occitano, anglonormando o algo así, no francés. Esa Rosalba es una farsante. ¿Dices que primero estudio veterinaria, no? Pues que se ponga a criar vacas o que se vaya a trabajar en una casa de citas.
-Tampoco exageres, mamá. Bueno, mejor luego hablamos.

20090722

Manual práctico de las distancias cortas XII: De los besos

Me levanto de la cama sintiéndome como un enfermo de anemia. Muelo café. El amargo perfumado del moka (a falta de una máquina para preparar espresso) disuelve el otro amargo que la noche ha fermentado en mi boca. Despierto completamente. Me doy un baño. Ya me siento fuerte y sano. Me visto. Lavo jitomate y lechuga para Cordelia, mi amada tortuga. Antes de irme le doy un beso (a toda velocidad para evitar una eventual mordida, que sería catastrófica para nuestra relación). Este es el significado original de los besos: despedidas, saludos. En cierto momento del derecho romano el ius osculi, el derecho de besar, servía para formalizar una promesa de matrimonio o, según Gelio y Plinio, para que el marido verificase si su mujer había bebido. Comprendo que hoy se usen los besos mientras se espera el autobús a dos o en el consultorio del dentista en vez de leer revistas, o bien al hacer el amor como complemento de otras actividades más profundas (pues no estorba besarse en estos casos); me parece más polémico determinar si los besos tienen una función en sí mismos. Besarse por besarse, en vez de leer. Besarse y perder la luz verde del semáforo por ello. Quizá la banalización de los besos es la mejor prueba de que nos hemos convertido en una civilización de ociosos.
En la universidad hay elecciones. Al llegar voto contra Raúl Gallino que quiere dirigir el departamento de humanidades. Luego, mi clase transcurre casi sin pena ni gloria, excepto porque un par de comentarios de los alumnos me reconforta: de su participación infiero que no todos estos muchachos serán adictos a la televisión, que sabrán disfrutar de la vida leyendo a los clásicos en baratas y buenas ediciones disponibles en las librerías de viejo. Además, me parece que desde el punto de vista político serán impredecibles, lo cual es bueno; es un orgullo que no estemos inoculándoles nuestras propias militancias e ideologías políticas.
Al salir de la universidad, esa tarde, contemplo con placer los resultados de la derrota aplastante de Gallino: 228 votos para la Doctora Rosa María Talancón, 79 para Heriberto López y apenas 13 para mi némesis. Además, Gallino ha sido derrotado en todos los sectores. ¡Viva la unión de los estudiantes, los trabajadores administrativos y los académicos de la universidad! Sólo queda que el Consejo Académico ratifique nuestra decisión. A veces la vita e bella.
Ya en el calor de mi hogar, con Cordelia a mis pies, leo un ensortijado artículo sobre lógica deóntica. Vista la literatura reciente sobre el tema, éste parece estancado o como avanzando hacia atrás, si se puede decir. En cada fin de párrafo me distraigo y pienso en Luz Irizábal. ¿Qué demonios es el vulvaluz? ¿Qué le diré cuando nos encontremos? ¿Podré levantarme de la mesa en el restaurante donde nos demos cita o una descortés erección me traicionará desde el instante mismo en que la tenga enfrente? Retomo la lectura acerca de la lógica deóntica condicional. Pero un molesto grano amenaza con salirme sobre la comisura de los labios. Me rasco. Me sale sangre. Vuelvo a leer por tercera vez el mismo párrafo, tratando de concentrarme. Me rasco de nuevo. Me rasco el resto de la tarde-noche.
Al día siguiente, amanezco con un chancro en la boca. La tasa de café caliente me alivia un poco al cauterizarme la herida purulenta. Antes de salir a la universidad, busco a Cordelia. “¿Acaso fuiste tu la que me ha contagiado y producido este horrible chancro?” le digo al oído.
Metrobús. Vestíbulo de la universidad. Sorpresa e indignación. El Consejo Académico ha designado como jefe de departamento a Gallino. ¡Esas son chingaderas! La vita e una schifezza impressionante. Porca misèria. Fuck off. Hablo con algunos colegas. La mayoría de los profesores del departamento estamos consternados. Un piquete de académicos al que quieren sumarse dos estudiantes grillos vamos a exigir explicaciones a nuestros representantes en el Consejo.
-El voto es secreto –arguye Arciniegas, el representante de humanidades, mientras cuatro nos apelotonamos en la puerta de su cubículo.
-Ni madres –sentencia Jorge López-, es obvio que votaste por Gallino. Nos traicionaste.
-Si acaso fuere el caso, no se trataría de una traición, sería mi derecho como consejero. Sólo debo responder ante mi conciencia –balbucea nervioso Arciniegas.
-Además de tramposo eres un mamón.
-¡Calma, calma! –tercio yo, con el único fin de que Jorge no acabe con un acta administrativa encima por insultar a un colega, aunque éste, a mi juicio, se lo merezca.
-Vámonos –propone prudentemente Silvia Betancourt.
Frente a la cafetera, los cuatro profesores nos lamentamos del vergonzoso estado de funcionamiento de la representación universitaria.
-¿Sabían lo que dijo Gamaliel Castillo, el representante de comunicación? –inquiere Silvia.
-¿Qué? –preguntamos en coro.
-Le dijo a Yolanda, la secretaria de Fernández, que si Gallino es hombre o bestia no era su problema, que Gallino le prometió que, una vez nombrado, le daría a su vez su voto para jefe del departamento de comunicación.
-¡Qué cinismo! –digo.
-¡Qué vergüenza! –se indigna Jorge-. ¡Es el mercadeo de votos en la universidad!
-No es nada nuevo –sentencia Laura Takada-, pero desde la última elección ya se me había olvidado que suelen hacer sus cochinadas ¿Qué te pasó en la boca, Bernardo? Tienes un herpes.
La pregunta-afirmación me intimida.
-Sí, una infección.
No puedo confesar que beso a Cordelia todos los días, al salir de casa y al regresar del trabajo. Esa noche estoy triste. Tengo ganas de escuchar música idiota. Pongo el disco donde la primera dama de Francia, Carla Bruni, canta a Brassens:

"Quand je pense à Fernande
"Je bande, je bande
"Quand je pense à Felicie
"Je bande aussi
"quand je pense à Léonor
"Mon dieu je bande encore
"Mais quand j' pense à Lulu
"Là je ne bande plus
"La bandaison papa
"Ça ne se commande pas"

Una traducción libre, cambiando los nombres propios para respetar las rimas, desde luego, da lo siguiente:

“Cuando yo pienso en Sara
"Se me para, se me para
"Cuando pienso en Marlén
"Se me para también
"Si pienso en Sofía
"Se me para todo el día
"Pero en Inmaculada…
"Y no se para nada.
"Pues la erección, mano
"No se decide, no.”

20090710

Manual práctico de las distancias cortas XI: Del discurso erótico universal

Pellejo con pellejo, dentro y fuera, pegados y abrazados pelo a pelo, hacemos que tiemble la cabecera y hasta vienen gatos que están en celo. Ay papá, alcahuete y hechicero, que me traes embaucada por tierra y cielo, déjame que le ponga su capuchón antes de revolcarnos en el sillón. Engarráfame, torote, y ¡A cuatro patas gozar! con mugidos y meneos, vamos a hacer contrapar. Éntrale, ándale, que cuando se infle como ninfa voy a estar. Que el baile de tus caderas me abra más ancho que el mar. ¡Ay, Diosito, qué sabroso! Acaricia ese lugar, más abajo, más abajo, baja sin reflexionar.
Rosalba de las centurias, me he plagiado a los poetas, en tina con aguas turbias donde me verás las tetas. ¡Oh, sí! Me besaras con besos de tu boca y nos chuparemos las lenguas porque mejores son tus amores que el vino pinot noir de la Borgoña. Y de tu verga no me avergüenzo, porque yo soy tu Doña, coño. Huelo el olor de tus suaves ungüentos y tu nombre es como ungüento derramado. Te volveré a meter en mi recámara pero te advierto que si no te superas me acordaré de mis mejores amantes con los ojos cerrados. Si tus manos no están a la altura de ellos te dejaré haciéndome el amor y yo me fugaré mientras tanto con mis recuerdos, que siguen siendo bien ricos. Oh hija de Tenochtitlán, codiciable entre las mejores nalguitas de la burguesía, que no te importe que sea morena, no seas naco, aunque aquí esté lleno de güeritas tan guapas. Hazme saber, oh tú, becario del Conacyt a quien ama mi alma, si además de caerme bien también sabes satisfacerme; dime dónde has apacentado antes, dónde sesteaste ayer al mediodía que te volaste la clase. Yo soy la rosa de Boston y además las gringas nerds ni te pelan, yo soy el lirio de los valles y ellas te desprecian por tu acento. Soy como el manzano entre los árboles silvestres de donde comió un inmigrante clandestino, exhausto, en una colina de California, acosado por las sirenas de la migra y, aunque soy bien inculta, me gusta reescribirte este poema. Me gustan las bibliotecas de Harvard porque en ellas puedo encontrar libros en español que robarme. Es un decir, libros que reescribir, libros que chupar y escupir con las letras en desorden. Aquí hay uno de erotismo medieval pero está en francés y no entiendo ni madres. Así es, mi estimado, bajo la sombra de mi asesor me he sentado y ahí está enfrente el pendejo creyendo que estoy escribiendo la tesis, mientras con rostro solemne te chaqueteo, cabroncito. Debes saber que cuando sepa cómo me chupas aquellito dejaré de dudar y sabré si eres tú mi amor eterno, mientras tanto eres nomás un pretendiente más. Y agradece que mi ex sea un imbécil. Es aburrido. Es un gringo feo, mientras tu el día domingo me diste una prueba, me lo hiciste de maravilla en esta misma biblioteca. Me pusiste tu cosita en el estante para libro único que llevo entre las piernas. Qué rico sentir ese placer. Pero cuando me llevaste a tu dormitorio para rematarme y con prisa quisiste clavar tu bandera sobre la luna, cual soberbio astronauta, echaste todo a perder, y no se trataba de eso, güey. De todos modos, te daré una oportunidad, por lo pronto cazaré a esa zorra, la zorra pequeña, con la que salías, porque las zorras echan a perder las viñas y nosotros tenemos qué fabricar mucho vino. Nuestras viñas estarán en ciernes, amado mío. Tu vello púbico es como manada de cabras que se recuestan en las laderas de Galaad, tus dientes son espadas y yo ya me estoy pasando. Si mi asesor lee lo que estoy escribiendo me va a correr de la universidad porque estos académicos gringos no tienen sentido del humor y respetan más a los libros que a las personas. Y además éste es judío y ahora me estoy fusilando el Cantar de los Cantares. Te amo... hasta crees. Bye. Rosalba

20090701

Manual práctico de las distancias cortas X: De los passwords y la animaloterapia

Regresé al DF maquinando estrategias y tácticas de seducción. Rosalba me había dado una clave de entrada con Luz Irizábal. “Para encontrarte con ella –me dijo-, dile simplemente que conoces su vulvaluz, así nomás, y luego dale una cita en algún lugar. Vendrá, aunque tenga que cruzar mar y tierra para verte. Es seguro que vendrá. Luego, cuando la tengas enfrente, ves cómo te las arreglas para cogértela.” Era una propuesta muy extraña. Rosalba no había querido explicarme qué significaban esa suerte de palabras mágicas, conozco tu vulvaluz, sólo me había dado el teléfono y la dirección del matrimonio en Guadalajara para entrar en contacto con Luz y pronunciarlas. Pero antes de hacerlo, debía entrenarme. El locus classicus para inspirarme era, desde luego, el Diario del seductor del danés Søren Kierkegaard, que afortunadamente estaba en mi biblioteca.
En la contestadora del departamento tenía solamente dos mensajes: Serendipiti que quería que nos viéramos para que le contara lo que había ocurrido y un empleado de la veterinaria “Mi mascota” que preguntaba a qué hora podía llevar un paquete a mi domicilio.
-Quiero saber de qué se trata –les dije por teléfono a los de “Mi Mascota”.
-Es un regalo de la Señora Rosalba González, Señor. Es una mascota sorpresa.
Le expliqué que vivía en un departamento y que no podía recibir el paquete si no me decía antes qué animal contenía:
-No puedo aceptar un Gran Danés, aunque sea de regalo…
-No se preocupe, la mascota que le han regalado es menos voluminosa.
-¿Y qué es?
-Una tortuga terrestre –dijo el empleado con complicidad bromista.
Rosalba, mi ex-amante la veterinaria tuerta, alias "Shamanta", me enviaba una tortuga terrestre de regalo. Al día siguiente, decidí ir a ver al animal a la tienda, para decidir si lo adoptaba o no. Perdí casi una hora para llegar a la veterinaria de Perisur, justo antes de que cerraran. Se trataba de una tortuga de unos 30 centímetros y pensé que no podría hacerme cargo de ella.
“Necesitas una compañía o te vas a volver loco –decía Rosalba en la tarjeta de regalo-. Fue criada en cautiverio, así que tenerla no es un atentado contra la fauna silvestre. No vive en el agua y sabrá adaptarse a tu departamento. No es agresiva, pero no insistas en hacer que te muerda porque te morderá.”
No podía rechazarla, si acaso deshacerme de ella más tarde y decirle a Rosalba que se había escapado. Regresé al departamento con el animal y lo dejé encerrado en el baño, para que no rayara el parquet. Preparé mi clase del día siguiente rápido y mal para poder empezar a leer la novela de Kierkegaard. Qué decepción. Admiro tanto a Kierkegaard como filósofo pero me parecía que esta novela no estaba a su altura. Tiene muchas partes cursis o estúpidas. No hay diálogos. Lo mejor son algunos comentarios, no la narración misma. Sin embargo, al leerla confirme la hipótesis de Rosalba de que el seductor es quien conjura el azar, siempre y cuando sepa esperar: “Ahora basta un poco de paciencia y nada de avidez; ella fue la elegida, algún día me ha de pertenecer” escribe en su diario el seductor kierkegaardiano acerca de su víctima, Cordelia, el 4 de abril. Pensé en la tortuga y fui a buscarla. No había ensuciado el baño. Le sequé las patas con papier cul, como dicen los franceses, y la llevé conmigo a la sala. Antes de retomar la lectura tuve una iluminación: la tortuga se llamaría Cordelia, como el inocente personaje femenino de Kierkegaard.
Subrayé el pasaje donde Kierkegaard explicaba la dificultad de seducir en los salones de la alta sociedad, donde “las muchachas están ya armadas con todas sus armas; de modo que, como la situación es siempre la misma, no puede suscitarles alguna voluptuosidad. Por las calles, al contrario, están como en alta mar […] Por la sonrisa de una muchacha, en la calle, cuánto daría; y qué poco por un apretón de manos en sociedad. Porque aquí hemos de conseguir nuestras presas sólo con viejos procedimientos”. El párrafo me produjo cierta ansiedad. El problema para aplicar el consejo del seductor de Kierkegaard es que nunca cruzaría a Luz Irizábal en la calle, no sólo porque ella vivía en Guadalajara y yo en México, sino porque debía ser una mujer emperifollada que seguramente no se bajaba nunca de su auto. Cogí el teléfono, dispuesto a llamar a Guadalajara y acabar de una vez por todas con este reto, pero enseguida me pareció más prudente enviar un mensaje escrito. Hacía años que no redactaba una carta a mano, y no sabía dónde ir a comprar sobre y estampillas de correos. Entonces busqué a Luz Irizábal en Google y la encontré en Facebook: “Querida Luz: conozco tu vulvaluz”, iba a escribir en mi solicitud de amistad, pero la frase me sonaba completamente estúpida. Estaba sonrojado. La situación se tornaba ridícula. Borré el inicio y envié: “Conozco tu vulvaluz”.
Sorprendentemente, Rosalba tenía razón. Al día siguiente, la Señora Irizábal ya me había dado un pasaporte para entrar en su mundo. Éramos “amigos” en Facebook y yo podía ver su perfil de revista, husmear en sus álbumes de fotos, peinar su lista de amistades, leer los intercambios de bromas con sus amigas, las “causas sociales” que apoyaba y muchos otros detalles de su vida. Luz tenía 269 amigos entre los que debían encontrarse (viendo los peinados y los apellidos) muchos de los integrantes de la crema y nata de Guadalajara. En las fotografías de innumerables fiestas pude adivinar quién era su marido, Santiago Irizábal: lo veía en una comida familiar vestido con una camisa lacoste rosa, conduciendo un velero en Puerto Vallarta, al lado de un muñeco gigante en algún parque de diversiones de Estados Unidos... en atuendo de esgrimista con un trofeo en las manos. La visión panorámica del perfil de Luz Irizábal en Facebook, de su vida privada y social, me llenó de entusiasmo. Era una mujer muy bella y tras la frivolidad de su mundo parecía ocultarse una criatura adorable. En sus fotos no posaba sino que se dejaba ser tomada, como esperando que el fotógrafo pudiera capturar su fragilidad interior.
Junto con la aceptación recibí un mensaje privado de Luz: “Hola, Bernardo. Te confieso que no te ubico. No entiendo cómo sabes eso de mí. Veo que no tenemos ningún amigo común en Facebook, lo que me tranquiliza por un lado. Espero que nos veamos lo antes posible. ¿Estás en el Distrito Federal?”

20090611

Manual práctico de las distancias cortas IX: De la compatibilidad entre la pasión amorosa y la amistad

¿Tienes un minuto? Soy Santiago. Me enteré que estás diciendo que te vas a vengar de mí. No sé qué pretendas hacer, pero por lo menos es tiempo de decirte lo que pienso realmente sobre lo que pasó. Puedes reclamarme muchas cosas, por ser cobarde o ingrato, pero no porque lo haya planeado o porque te odie. Desde ahora te digo que no te he visto porque lo que pasó es insoportable para mí. Busca entonces otros argumentos. Tú me odias y tienes razón, yo nunca te odié y sigo sin tener razón para odiarte. Me escondí por miedo, insisto, pero no soy un criminal.
Es verdad que las cosas se fueron pudriendo entre nosotros desde antes, pero no interpretes el accidente como la gota que derramó el vaso. El accidente fue un accidente. Andas diciendo que ya traíamos problemas y que quise matarte. Cuando vivíamos en Boston tenías la teoría de que una cosa son los amigos y otra los amantes, y que nuestra relación era destructiva. En cambio, para mi todo era normal, quería casarme contigo. Desde un enfoque realista, terrenal, eras mi “mujer ideal” ¿me entiendes? Quiero decir que a pesar de tus defectos eras todo lo que yo necesitaba. Aunque no fuéramos completamente afines. Por ejemplo, llenaste el departamento de bichos, lo que hubiera desquiciado a cualquier otro y no te reclamé. Esa rana argentina que silbaba en las noches, sobretodo cuando oía rechinar la cama. ¡Yo estaba escribiendo una tesis de doctorado y necesitaba dormir bien! Y trajiste la ardilla coreana que se cagaba en mis libros y durante un tiempo el hurón que apestaba a alquitrán. Pero yo te amaba, te perdonaba eso y más. Incluso llegué a amar tus mascotas como un reflejo de cómo te quería.
En primer lugar, independientemente de nuestra historia, es obvio que tienen que poder ser compatibles la pasión y la amistad, porque si no valdrían madres todas las relaciones amorosas, pues no habría parejas con algo de estabilidad. Tu idea de que la amistad o la pasión pueden durar pero nunca juntas es porque estabas fascinada con los amantes de las novelas de Kundera que durante décadas se ven a escondidas una o dos veces al año. Y entraste en ese trip, en ese delirio de los amantes eternos ocasionales, lo llevaste demasiado lejos. Si de por sí era destructiva tu furia de morderme, de lamerme hasta el ombligo, por no decir otras partes. ¡Todos esos excesos que me enseñaste! ¡No estaba acostumbrado, con las novias mojigatas que tuve! Nos apretábamos el cuello cada vez más fuerte. Luego yo ya empezaba a hacer cosas tan idiotas como cancelar tu boleto de avión a México para que te quedaras conmigo en la cabaña, pero en vez de pasar una semana más de vacaciones te corrieron del trabajo y te encabronaste. Obviamente. Pero si yo quería darle intensidad a nuestra relación, creo que tu querías armar un escándalo para que terminara todo. Al final nos guardábamos algo de rencor, pero el accidente no fue resultado de los excesos, no mames, no seas injusta.
Siempre te influenciaron las novelas que leías. Tal vez la amistad y la pasión no se lleven, pero retrospectivamente pienso que no íbamos a dejar de ser amigos para ser solamente amantes, ni al revés. Eso no lo hubiéramos podido decidir así. No podíamos clausurar la amistad para que la pasión circulara. Tampoco ser “solamente amigos”, qué absurdo. A menos, obvio, que nos hubiéramos separado, pero no se trataba de eso. ¿Qué debimos haber hecho? No veo en qué supuestamente nos equivocamos. Del lado de la amistad... íbamos al cine con el mismo gusto, a ti te hacían llorar las películas iraníes, a mi si acaso algún melodrama comercial sobre niños huérfanos, como en Inteligencia Artificial de Steven Spielberg (pero fue porque mi mamá acababa de morir). A mi me daba por ir a misa de vez en cuando y en esos casos tu no criticabas a la Iglesia, no te burlabas, me respetabas y, a cambio, en las cenas con amigos esnobs ateos yo te dejaba criticar a la Iglesia. Sí éramos muy amigos, no queríamos hacernos chingaderas, nos protegíamos.
¿Por qué me fui? Por lo que pasó. Porque las malditas coincidencias pueden ser perversas. No lo sabes pero poco antes del accidente había estado leyendo en la biblioteca de la universidad un libro de Bataille, un libro muy raro sobre ojos que son personajes, que se prostituyen, que gozan, que se relacionan y entonces ven según viven, ven según cómo los tratan. No sé, algo muy raro. Me fui por lo que pasó o cómo lo viví. Cómo lo ví, cómo lo escuché. Tu grito fue menos espantoso que la sensación instantánea de atravesar tu rostro, verte caer y seguir sosteniendo el metal. Te ví revolcada en medio de patadas y quejidos. Fue terrible. Mis brazos se fueron comprimiendo como las patas de un insecto agonizante. Llegó don Arturo, se arrodilló frente a ti y te quitó la careta perforada. Yo me dejé caer al suelo. Permanecí escondido unos segundos en la oscuridad creada por mis párpados, deseando que eso no estuviera pasando. Antes de volver a abrir los ojos se repitió la escena en mis entrañas: vi tus senos saltando con la misma imprudencia que tus piernas en medio de una selva de ruidos de guerra. Volví a verte cuando me acorralabas hasta hacerme chocar de espaldas con la pared, y lo juro, de no levantar el florete al nivel de tu cara, te habría perforado el corazón, no el ojo.
Don Arturo y un instructor sujetaron tu cuerpo histérico y te llevaron cargando. Mientras se desvanecían tus gritos por la distancia los míos comenzaron a aparecer en aquel rincón del gimnasio. Un lamento infantil me mantuvo comprimido como un feto. De pronto, descubrí mi mano aferrada al mango del florete y la separé como si cogiera una braza. Me levanté y caminé en la dirección ineludible de tu sangre. Entonces, algunos de los que miraron la tragedia se atrevieron a preguntar por lo que había pasado y un hombre me ayudó a quitarme la careta. Busqué en mi maleta las llaves del auto y fui al estacionamiento sin cambiarme de ropa. Mientras conducía se repetía otra vez el sonido de tus gritos, intermitentes, como la sirena de una ambulancia.
Encontré el hospital a donde te habían llevado. Entré a verte. Tu respiración producía un silbido aunque estabas dormida. Estabas vendada pero de todos modos no me atrevía a mirarte de cerca y ver “mi obra”. De pronto, se abrió tu ojo y huí instintivamente del cuarto, lleno de terror.

20090517

Manual práctico de las distancias cortas VIII: Del azar y la necesidad

La mayoría de las mujeres coincidirán en que no es posible llamarle “hacer el amor” al hecho de acostarse durante la primera cita y menos aún cuando uno lo hace a cuatro patas (manos) en un jardín, como me ocurrió con Rosalba. Supuestamente nuestros juegos de lenguaje excluyen que se pueda decir que se “hace el amor” cuando se trata de sexo con una desconocida, con una prostituta o por mero placer (sin cariño, amistad o algún otro tipo de apego). Esa es una opinión consensuada, acaso comparable al consenso de mis amigas contra el tirol de mi departamento: “Ya te he dicho que quites eso, se ve espantoso, si quieres yo te presto dinero” me dice siempre Serendipiti; “Oh qué lata contigo ¡Que aplanes las paredes! El tirol ya no está de moda” insiste Luisa y así otras. Tanto en el caso del uso de la expresión “hacer el amor” como con respecto al tirol, el hecho de que las mujeres que conozco alcancen la unanimidad no significa que tengan razón, ni que esas opiniones sean muy profundas. Quitar o no el tirol de las paredes y del techo no es algo trascendente y sí me cuesta cuatro veces más caro que simplemente pintarlos; la única motivación de esta actual fobia burguesa y femenina contra el tirol parece ser una estética conformista: mis amigas y sus familias quitaron el tirol de los muros de sus casas en las últimas décadas, lo que constituye un signo de identidad de clase, de clase media para arriba. Lo mismo ocurre con la expresión “hacer el amor”, está viciada por presupuestos culturales como los que pretenden que existen posiciones sexuales más civilizadas que otras. Hacer el amor a cuatro patas y en la primera cita no sería hacer el amor.
Pero uso la expresión “hacer el amor” por falta de alternativas. Si eludo lo más posible –no siempre- el verbo “coger” es porque guardo la esperanza de contar algún día entre mis lectores con extranjeros, españoles entre otros. Como se sabe, “coger” no se usa en España, “fornicar” tiene un dejo católico, “chingar” es demasiado equívoco en México y “tener relaciones sexuales” suena a algo puramente biológico. Como me dijo Rosalba, a diferencia de los virus, las bacterias tienen relaciones sexuales, pero no “hacen el amor”.
El caso es que todavía estaba en Guadalajara cuando Serendipiti me llamó para que le contara de mi encuentro con “Shamanta”.
-Su verdadero nombre es Rosalba, pero te hablo mañana –le respondí.
-¿No puedes contarme ahora?
-No, te llamo después.
-Sólo responde con un sí o un no –insistió Spiti- ¿encontraste lo que estabas buscando?
Después de un lapso reflexivo le dije “adiós” y le colgué. Semejante pregunta ya no tenía respuesta. ¿Qué era lo que estaba buscando? Es difícil saberlo. No había venido a Guadalajara a buscar una madre para mis hipotéticos y quiméricos hijos (antes de llegar ya sabía que Rosalba tenía 42 años). Mi plan se resumía a bajar de mi torre de marfil y conjurar a como diera lugar la profecía que veo tan clara como un Nostradamus con visión de Supermán de que tendré una vida dedicada a cultivar la monotonía y la soledad. Pero ahora Rosalba acababa de sorprenderme y de ponerme ante un futuro distinto del que me corresponde naturalmente, un proyecto de vida fuera de mi destino manifiesto como profesor.
Iré por partes. Nuestro encuentro había sido sexualmente satisfactorio, pero la complicidad que había comenzado a unirnos no derivaba sólo de eso. Aunque en nuestros días no sea raro que un par de solteros se acuesten a la menor provocación, no por eso superan necesariamente el papel de desconocidos, se requiere de algo más. Rosalba y yo sí lo superamos, rápidamente estábamos yendo más allá porque nuestra conversación era sincera y casi había topado con pared, con la pared de nuestros traumas y deseos más secretos. Y es que cuando dos personas se conocen a través de un sitio de encuentros saben a lo que van y son más directas.
Cada uno había confesado envidias, frustraciones y proyectos que en otras circunstancias habrían sido inconfesables. Rosalba me hablaba una y otra vez de su exnovio, el que le había sacado el ojo en el accidente. Santiago había sido su único gran amor, habían sido muy felices juntos. Y ahora había vuelto a Guadalajara para vengarse de él o para perdonarlo, aún no lo había decidido. Yo le hablaba de mi reciente miedo a la soledad y de mi teoría acerca del amor.
Es imposible describir un denominador común de las mujeres en materia sexual. A partir de mis limitadas experiencias puedo decir que para algunas un orgasmo es cuestión de minutos (una gran intelectual que fue mi amante me decía: “me encanta hacerlo así de rápido porque me deja tiempo para leer” y, de verdad, es una devoradora de libros). En cambio, para otras es asunto de horas (conocí una vez una maravillosa mujer marina con quien el amor era como un triatlón y la vida cotidiana con ella era como practicar buceo en aguas profundas). Para algunas más el orgasmo es algo trivial, para otras es trascendental; vaginal o clitoridial; es como la exaltación de recibir un regalo o como el escalofrío que produce probar un tamarindo enchilado. No hay definición estándar de un orgasmo femenino.
Hasta donde he podido observar, siempre existe para una mujer una posición sexual tabú, el problema es que cambia según la persona y es imposible saber cuál es antes de experimentarla. Para algunas mujeres el sexo oral es el símbolo por excelencia de la fusión mientras que para otras siempre es sucio. Dicho sin rodeos, he conocido mujeres que casi me arrancan la cabellera cuando mi boca descendía hacia su sexo y mujeres que me acusaron de “neoliberal” porque sugerí que nuestro intercambio tuviera la simetría del yin-yang:
-¡No sabes cómo me molesta que en nuestros días la gente no sepa recibir sin tener que dar! -me regañó esa chica de cuyo nombre, sin embargo, sí quiero acordarme. Estaba furiosa porque la interrumpí buscando ser recíproco, se vistió y se fue.
Como me dijo hace décadas René Crespo “el respeto al complejo ajeno es la paz”, pero ¿cómo anticiparse si no conoces los complejos del otro? Para las parejas casadas es más sencillo pues los esposos rápidamente asimilan los tabús del cónyuge, se adaptan y archivan los respectivos deseos prohibidos en la bodega del subconsciente. Para los solteros empedernidos, en cambio, cada mujer lleva consigo una mina antipersonal que corre el riesgo de estallarnos en el bajo vientre.
Como los buenos psicoanalistas, Rosalba interrumpió mi explicación para exhibir una gran fractura en mi teoría:
-Eres un gran amante, en teoría y en la práctica…
-No creas, no creas.
-Escucha. Sabes muchas cosas, pero vas por la vida todo acomplejado, todo inseguro. Te quedas esperando que sean las mujeres las que te elijan, a penas te atreves a poner un tímido anuncio. Sabes mucho del amor pero no eres para nada un seductor. No tienes nada que ver con los grandes seductores. Piensa, por ejemplo, en el ex embajador de Estados Unidos, Tony Garza, que sedujo a la millonaria accionista de Cervecería Modelo. ¿No admiras las grandes maniobras de seducción? No es el azar lo que los unió, fue una campaña, un plan maestro.
-Pero yo no necesito casarme con una millonaria.
-No. Pero tu frustración tiene que ver con tu pasividad. Dejas el amor al azar. Para los verdaderos seductores, no existe el azar. Ellos deciden.
-Pero el azar sí existe, vivimos en un universo incierto. Te voy a prestar un libro de Heisenberg, de Prigogine o alguna introducción a la mecánica cuántica –le dije a Rosalba.
-Mejor tengo una propuesta para ti. Mira, nuestra relación es y será cómica. Te aprecio pero está claro que no iremos muy lejos. Eres más joven que yo y estás buscando formar una familia. Podemos ayudarnos en nuestros respectivos planes…
Luego, Rosalba me explicó su proyecto: se trataba de elegir a una mujer y seducirla, contra toda probabilidad, domesticando el azar. Su propuesta era Luz Irizábal, la esposa de Santiago; era una mujer muy bella, inteligente y famosa en el estado de Jalisco por sus proyectos filantrópicos. Rosalba me aseguró que Luz estaba frustrada sexualmente:
-Literalmente Luz se está apagando de tan malcogida que está. Se le nota en la cara, en la voz, en el cuerpo. Te lo aseguro. Además, conozco perfectamente la causa. Conozco a su marido mejor de lo que ella lo conoce. Ella sabe que yo lo sé. Necesita urgentemente otro hombre, pero no lo va a buscar sola, necesita que la seduzcan.
-Sinceramente –le respondí a Rosalba-, creo que estás especulando y que me estás queriendo usar.
-Te puedo asegurar que ella necesita que la salven.
Me explicó los detalles y no tuve más remedio que concederle cierto peso a lo que me decía. Rosalba había vivido cinco años con Santiago y conocía sus virtudes y sus defectos más íntimos. No podía equivocarse.
-Todo el éxito de mi relación con Santiago –me dijo Rosalba- viene de que éramos compatibles sexualmente, y él no es compatible con casi nadie. Todas sus anteriores relaciones habían sido un fiasco, siempre por problemas sexuales. Santiago me está destinado desde el punto de vista fisiológico, no creo que pueda hacer el amor con ninguna otra mujer. Luz no pudo saberlo antes de casarse con él, se casó apresuradamente. Seguramente pensó que sus problemas eróticos eran temporales.
Rosalba también me enseñó una revista de sociales donde Luz Irizábal aparecía en todo su esplendor, durante la inauguración de un orfanato. En efecto, era una mujer extremadamente guapa como cualquier otra mujer extremadamente guapa de las que abundan en las revistas femeninas, pero quizá con ella no fuera imposible casarme. Rosalba tenía razón, yo no era un seductor y éste era un legítimo reto, más aún, un experimento metafísico acerca del determinismo y la libertad.
-Piénsalo –me dijo sonriendo.
-Estamos igual de locos tu y yo –le respondí- ¡Tengo cosas más importantes de qué ocuparme que tratar de seducir a esa señora!
-¿Estás seguro?
-No –confesé al cabo de tres segundos-, tienes razón, ¡qué podría ser más importante!