20091111

Manual práctico de las distancias cortas XVI: De la monotonía


Escribo desde el último piso de un rascacielos vacío. Estoy en Shanghai, el puerto de donde salen los millones de mercancías que tienen la etiqueta made in China y que el resto del mundo compramos en los supermercados o en las tiendas de lujo, pero también en los tianguis de artesanías tradicionales (mi primer día aquí descubrí que esas víboras de madera que venden en Tepoztlán, hechas mediante cortes estratégicos a un palo y que se mueven como si fueran reales, no están hechas por manos mexicanas, sino en serie y por miles en algún taller chino). Deben ser las 7:20 a.m. en la Ciudad de México, pues son las 20:20 en esta ciudad. No puedo salir, Luz Irizábal me ha encerrado aquí. No hay ningún otro huésped en los cinco pisos contiguos. Lo sé porque, al salir del aeropuerto hace cinco días, Luz entregó al taxista una tarjeta con la dirección del hotel; éste condujo durante veinte minutos por la ciudad y, al fin, se detuvo en una zona devastada por las construcciones. Sacamos las maletas y caminamos con ellas (yo cargaba ambas) en dirección a las grúas y tractores.
“He elegido un hotel donde estaremos realmente tranquilos –me dijo Luz-, está en medio de las obras que están haciendo para la exposición universal del 2010 y nadie se hospeda allí. Además, conseguí la suite más lujosa con 80% de descuento.”
Era difícil respirar por el polvo y por el calor asfixiante. En medio del estruendo de motores y perforadoras, librando mangueras y cables, escombros y varillas, Luz mostraba la tarjetita a los trabajadores que se quitaban el casco, decían cosas incomprensibles y, al fin, nos señalaban hacia donde seguir caminando. Así anduvimos a pie durante treinta minutos hasta reconocer, a contraluz, el gigantísimo hotel. Debía ser un lugar muy lujoso, pues daba al río Huangpu, con una vista preciosa.
En la otra orilla se veía una hilera de rascacielos posmodernos. Al aproximarnos a la entrada se abrieron ante nosotros las puertas automáticas y nos envolvió la corriente gélida de aire acondicionado. Nos registramos ante una adolescente vestida con uniforme azul rey y, como si fuéramos dos corresponsales de guerra, de tan cubiertos de polvo y sudor, subimos a nuestra habitación en el piso 38.
He omitido dar explicaciones preliminares de cómo me trajo Luz hasta Shanghai. Todo se resume a la argucia de que el tenor mexicano Rolando Villazón cantaría aquí, que supuestamente era amigo cercano de Luz, que no podíamos perdernos el concierto y que ella me pagaría la mayor parte de los gastos. No me pareció una frivolidad, era sólo un lujo normal para una mujer rica como ella y yo era su amante, de modo que debía acostumbrarme al tipo de vida de los millonarios. El trimestre había concluido en la universidad y yo podía disponer de algunos días.
Aunque estábamos exhaustos, esa primera noche en Shanghai hicimos el amor como a ella tanto le gusta. No repetiré la descripción que ya he hecho de nuestro primer encuentro, en la entrega XIV, sobre el vulvaluz o la naturaleza del tiempo. Sólo hago notar que se trató de lo mismo, casi exactamente de lo mismo, otra vez. Quiero decir que viéndolo todo, panorámicamente, a través de su pubis, esta vez nuestro coito era un retorno. Lo único que cambiaba eran unos cuántos recuerdos nuevos, los que se habían acumulado entre nuestro último encuentro y ahora. Si en aquella ocasión había visto desde mi nacimiento hasta mi muerte pasando por el pasado y la flecha del futuro a partir de mi existencia, esta vez veía también una ligera desviación en el porvenir junto a un pasado ya fijo como un bloque de mármol. “¡El vulvaluz, ya está, el vulvaluz otra vez!”, le dije aprovechando un respiro. Sus muslos respondieron apretándome aún más las mejillas y silenciándome. Marqué con las uñas una líneas a lo largo de su espalda, paralelas a las líneas de sus vértebras, como dibujándole las cuerdas de una guitarra, como gritándole lo mismo con otro lenguaje. Entendí que era simultáneo, sus glúteos temblaban anunciando el orgasmo y sus chillidos de roedor me lo confirmaban. Regresé a mi puesto en esos momentos críticos, como el marinero responsable del periscopio en un submarino. Llegó el temblor y Luz se agitó, se agitaron sus brazos y sus caderas, sus mandíbulas y sus pies. “Es esto lo que quería decir Bretón al afirmar que la belleza será convulsiva o no será -pensé-, se refería al orgasmo convulsivo de las mujeres, de otro modo la frase no tiene sentido”.
Al día siguiente, Luz y yo visitamos la ciudad. En ese momento me fascinaba, pero los acontecimientos posteriores me impiden escribir este relato como el turista que fui ese día. He olvidado lo que pensé del salón de té que visitamos, del barrio antiguo y del museo. Incluso he olvidado las explicaciones de ese guía que nos habló de los más antiguos caracteres chinos inspirados por motivos sexuales (falos y vaginas dibujados de unas u otras maneras habrían dado lugar a conceptos abstractos: lenguaje, fuerza vital, etcétera). Todo pasó a un segundo plano desde que Luz me contó, en la cena, lo que le ocurría.
Durante su adolescencia, según me dijo, había atisbado los problemas de su vida sexual aún antes de ejercerla con los hombres. Gozar era para ella, aún en solitario, un reto. Luego de casarse con Santiago, la pareja había ido a Houston para tratarse, pues ambos creían que ella era frígida. No había tenido resultados ni en ese ni en otros viajes a hospitales y clínicas americanos. Fueron los tratamientos alternativos y, más aún, esotéricos, los únicos que le dieron resultados. Un día, un chamán salido de una reserva indígena de Estados Unidos, recomendado por la esposa de un acaudalado banquero mexicano, la curó. El tipo logró despertar sus deseos e, incluso, seducirla. Pero cuando Luz experimentaba, por fin, un orgasmo, el hombre se asustó y huyó. Con una mezcla de esperanza y confusión, Luz prosiguió por la vía de las prácticas ocultistas. Finalmente, durante un viaje a París, Alejandro Jodorowsky le habría leído el tarot y diagnosticado lo opuesto de la frigidez: ninfomanía. “La carta del diablo, en el tarot de Marsella, representa a un hermafrodita y su significado es la lujuria. Es el arcano que rige mi vida, junto con la estrella y la fuerza. Sufro de una libido tan intensa que la satisfacción sexual, en mi caso, será siempre un ideal.” Fue Jodorowsky, también, quién le explicó que, en vez de clítoris, Luz poseía un “vulvaluz”. Luego de meses de investigación y auto experimentación, Luz había llegado a convencerse de que su problema se resumía, entonces, a la monotonía.
-Es difícil saciarme –me dijo durante aquella cena- y, cuando lo consigo, el placer absoluto resulta siempre igual, es equivalente a la frigidez. Los extremos se tocan. Cuando me escribiste en Facebook diciéndome que conocías mi vulvaluz y vi que eras un profesor de filosofía, volví a esperanzarme. Hicimos el amor y fue muy intenso, lo reconozco. Pero ya conocía esa sensación, es siempre la misma. Lo fue la segunda vez y lo fue anoche, al otro lado del mundo.
-No te presiones –le dije a Luz-. Creo que no deberías creer a pie juntillas las interpretaciones de chamanes y videntes. Estás introyectando lo que ellos te dicen. Lo estás volviendo realidad. Tu vida no puede estar marcada por tres cartas del tarot. Tu misterio trasciende la interpretación que te dio Jodorowsky.
-¡Pero tú también has experimentado el vulvaluz! –respondió.
-Sí, sí. Es una experiencia maravillosa. Cuando hacemos el amor comparo cada caricia, cada sensación, con las caricias y sensaciones del pasado. La comparación trasciende mi vida. Me proyecto en la historia y hacia el futuro. Las imágenes se amontonan en mi mente. Es maravilloso. El tiempo es algo concreto y unificado en esos momentos.
-¿Y cada vez es diferente? –preguntó Luz, agresiva y triste.
-Muy poco –reconocí.
-Lo ves, es monótono. Incluso el placer absoluto, la felicidad absoluta y el conocimiento absoluto resultan monótonos.
-El secreto, quizá, está en concentrarse en los detalles –le dije-, no en el absoluto. Identificar eso que cambia cada vez, por ínfimo que sea. Debes estudiar budismo.
Esa noche no hicimos el amor. A la mañana siguiente, Luz había desaparecido y yo me encontraba encerrado en nuestra habitación. Se había llevado el teléfono. Pedí ayuda a gritos pero nadie vino a ayudarme. La camarera no se presentó en todo el día. Esa noche, Luz regreso empuñando un revólver: “Si te mato nadie se enterará. No hagas tonterías y obedece. Cuando el placer absoluto es insuficiente, hay que buscar del lado del sufrimiento”.