20090118

La inquietud de sí y la pobreza exuberante

Si de por sí este blog carece prácticamente de lectores, las florituras visuales que contiene lo hacen difícil de abrir desde el ciber-café de una zona rural o en una pequeña ciudad de Centroamérica, pues esperar a que se carguen las imágenes es fastidioso. Si sumado a eso tomamos en cuenta que la mayoría de mis textos son esbozos, ocurrencias o notas que escribo al aventón, entonces concluyo que esta página personal debe reformarse o conformarse con ser un cuaderno personal donde arrojar cualquier cosa para consumo personal. La ventaja de usar un blog como cajón de sastre para uso personal, además del hecho de que es inmaterial (un blog no tiene hojas de papel y por lo tanto no pesa en mi bolsillo), es que puede ayudarnos a darle un poco de continuidad a nuestros pensamientos y orden a su flujo. Al fin y al cabo, la molestia de haber escrito algo, lo que sea, y de exhibirlo a quien quiera leerlo, es una incitación a no decir hoy lo contrario de lo que dije ayer (aunque seguramente, surgirán contradicciones al cabo de algunos meses). ¿Para qué sirve darle algo de continuidad y orden al flujo de nuestros pensamientos? Por souci de soi (inquietud de sí) como diría Foucault.
Voy a reducir la carga visual de la página, privilegiando las fotografías que yo mismo tomo. ¿Por qué aligerar la página? ¿Me interesa que me lean en Africa o en una ranchería de las montañas mexicanas? ¿He decidido dedicar este blog a "los pobres"? No, no creo que pueda "escribir para los pobres" ni que a ellos les interese que lo haga. Que un urbano clasemediero tenga "inquietud de sí" y la refleje en un blog le tiene seguramente sin cuidado a la mayoría de quienes viven al día en el mundo (y son cientos de millones). Para ellos, consultar Internet no es una frivolidad: si lo hacen es para buscar empleo, para notificar un deceso o invitar a una celebración, para actualizarse. De ese modo, los miles de blogs ombliguistas (es decir, que tratan en primer lugar del ombligo de sus autores) se enfrentan a los millones de internautas con prisa y necesidades apremiantes (que pagan caro por conectarse y que buscan ir al grano). Se trata de dos mundos alejados entre sí, pero quiero pensar que ocasionalmente pueden tocarse. Tomando en cuenta que alguna vez hablaré aquí de alguien que conocí en un transporte público durante un viaje, que citaré seguramente el proverbio que me dijo una marchanta en el mercado o que alguna persona en un lugar lejano me pedirá que le envíe una foto que le tomé, al menos quiero que para esos cuantos personajes de mi propia inquietud personal mi blog se abra un poco más fácilmente. En resumen, quiero ser sensible al hecho de que no todos contamos con Internet de banda ancha.

Desde luego, este blog seguirá siendo ombliguista, dirigido en primer lugar a su autor y a los que -como él- forman parte de una sociedad tecnológica y pasan horas frente a una pantalla. Pero me gustaría estar cada vez más inspirado de aquellos que tienen el privilegio de vivir afuera, esos que son inteligentes no por saber mucho sino por aplicar cotidianamente las cosas que saben; de quienes no ruedan sobre el asfalto en vehículos propios sino que con los pies desnudos tocan la tierra; de aquellos que suelen ser más felices porque, paradójicamente, no tienen muchas cosas entre las cuales elegir, ni la frustración que viene con la elección (caso similar al de la "felicidad de los pobres" es el amor de los adolescentes que viven muy intensamente su primera gran relación porque no tienen el peso de otros recuerdos, porque no tienen qué optar entre los amores que se van acumulando en la vida). Este blog quisiera estar más inspirado de quienes tienen el privilegio de tener todavía contacto con la naturaleza (que han visto un cóndor o una gacela en libertad, sin haber pagado un safari fotográfico) y cuya conversación, cuyo arte nos enriquecen. Así, más que "Internet para los pobres", me gustaría practicar un blog que traiga a mi solipsista pantalla algo de riqueza sacada de afuera (soy un poco como ese amigo mío, rico, que sin afanes altruistas y sin demagogia confiesa que no le gusta pasar sus vacaciones en países ricos). Hay, desde luego, una pobreza que repelemos, que nos da el miedo a contagiarnos de meningitis o de piojos, que asociamos con la delincuencia, que provoca muecas de desagrado; hay otra que es orgullosa, que es sabia, que admiramos aunque no quisiéramos compartir. En este segundo caso está la pobreza de muchos africanos, ese orgullo de vestirse con los paños más bellos, aún al precio de comer lo mínimo o de no tener techo propio; está también el orgullo de los indígenas de celebrar una fiesta, incluso destinando a ella ahorros vitales. Entra en esa lista la pobreza de los verdaderos ecologistas, los que respetan la naturaleza renunciando a comodidades de la vida urbana.

Las dos formas de pobreza, sin embargo, suelen tener momentos terribles, cuando muere un hijo de una enfermedad curable, cuando mediante una inundación las respetadas divinidades naturales destruyen nuestras escasas pertenencias. ¡Si hubiera una forma de dejar de ser pobre, pero sin dejar de ser indígena de la montaña, aldeano de una ciudad de adobe o terracota, habitante de una ciudad lacustre, practicante de ritos animistas ancestrales! Debe haberla. Es acaso un justo medio que combina herbolaria con hospitales, transportes de calidad con uso colectivo de los mismos, austeridad en los patrones de consumo con cobertura social, vudú y ciencia, acceso a Internet y preservación de selvas y bosques.
Es en ese sentido que Internet puede quizá conectar el mundo de las ciudades desarrolladas y el mundo de la pobreza estructurada y digna. Así nos retroalimentaríamos. No he querido colocar las explicaciones a las fotos que aparecen en esta entrada porque no pretendo contribuir a clasificar étnica y antropológicamente mis recuerdos, el de las mujeres y los niños cuya belleza conservo como un tesoro personal.