20091206

Manual práctico de las distancias cortas XIX: Del erhu o violín chino


Mercado de tenis usados. Cientos de vendedores callejeros de reeboks, adidas, convers, nike, dolce gabbana, vans, panam. La mayoría están en mal estado, con agujeros en las suelas, rotos o manchados. La gente los revisa, negocia. Más allá hay un mercado de zapatos de vestir. Antes uno de chamarras de piel, seguido de otro de chamarras de mezclilla. Todo usado. Esta ciudad es una venta de garage. Aunque los caminos no son de terracería, todo está cubierto de tierra, por las construcciones de rascacielos. La nariz y los ojos están secos, arden. Aquí no es Nueva York ni Calculta, es ambos, es Shanghai. La ciudad es rica y pobre. Ya es tarde. Algunas personas se hacen masajear los pies en modestos locales. Los clientes están acostados en 4 o 5 camas y las empleadas les machacan los cojines de las plantas, les separan los dedos, se los mueven para un lado y otro. Más allá, un puñado de gente se apelotona en torno a alguien. De cerca se puede reconocer que es un músico. Toca una especie de violín flaco y alargado. Canta fragmentos con voz de hombre y luego, con voz aguda, de mujer. Debe cantar un dueto, una especie de opera. Curioso one man show. Ahora el músico invita a los espectadores a que canten; una mujer acepta y canta leyendo la letra en un modesto atril. Es un karaoke popular. Ahora toda la gente canta al compás del violín chino. Sólo la boca más cercana no canta, porque no sabe.
Se siente mucha hambre. Hay un restaurante pequeño que parece limpio. Campanitas colgantes se agitan cuando estas manos abren la puerta. Los clientes tienen en sus mesas sopas y platillos con verduras asadas. Estos dedos señalan al mesero algunas imágenes de la carta y al cabo de diez minutos traen una brocheta de pollo y té verde frío con mandarinas miniatura flotando en el vaso. Sabores agridulces, picantes y salados. Muy refrescante el té, pero las brochetas no vienen con arroz. Todavía se siente hambre, pero es muy difícil comunicarse, nadie habla inglés.
No se ha olvidado el nombre que corresponde, Bernardo. No se ignora que esta boca y esta mano corresponden. Es sólo esta sensación de anestesia. Últimos sorbos de té. Reflexión al digerir y reposarse: No se percibe el yo sino como haz de percepciones: recuerdo de Luz Irizábal, recuerdo de Serendipiti, percepción de la mano que descansa sobre la mesa luego de haber trabajado llevando el tenedor y el vaso a la boca. La boca saborea todavía la mandarina dulce y ácida, mezclada con el té de textura astringente. Ahora se trata de pagar con los dólares. No hay billetes chinos en el bolsillo. Se enoja el mesero. Regaña. La mano le muestra que aquí no hay más dinero en los bolsillos. El hombre levanta la voz y habla rápido. Una mujer se acerca. También protesta. Los brazos de ambos están tan cerca que no se sabe cuál es el del yo y cuáles de ellos. No se sabe si ellos alargan sus brazos o éstos brazos les están empujando. Esta sensación ya se ha sentido en el pasado, en el juego infantil que consiste en torcer las manos, confundirlas y luego tratar de mover un dedo en particular, provocando errores graciosos.
Al final, los meseros chinos se cobran veinte dólares ¡un robo! Hay apenas ochenta dólares más en el bolsillo. Hay cansancio, hay preocupación. Lo importante ahora es encontrar un lugar dónde pasar la noche. Caminando en una acera angosta, se sienten los autos silbar en la avenida. Ahora empieza a ser claro que lo más cercano al cuerpo es el yo, en este caso Bernardo Bolaños. El yo es entonces un conjunto de cosas adentro del cuerpo o que están cerca de éste. Pero entre las percepciones no se logra todavía percibirlo a él. No es amnesia o, por lo menos, no es amnesia generalizada. Es no acordarse cómo se conjugan ciertos pronombres y adjetivos. Es como un dolor de cabeza o, más bien, es como hablar un idioma sin haber aprendido algunas palabras fundamentales. Seguramente se rompieron algunas conexiones neuronales. El yo quizá es solamente el hecho de que estas manos, que se balancean al caminar, conducen a este torso que sostiene la cabeza de donde salen estos pensamientos. Es el hecho de decir “Bernardo” desde este aquí y ahora. El yo es, entonces, relativo.

Unos soldados se acercan y preguntan. La mano hace una seña de no entender su idioma ¿o es la mano del guardia la que señala hacia el cielo? Una fuerza empuja hacia atrás. Luego hacia adelante. Los cuerpos de los soldados y el del yo, fusionados por la proximidad, ahora caminan juntos. Los uniformes verdes de los soldados ayudan a distinguir sus cuerpos de este cuerpo, pero es muy difícil. La sensación es de una masa informe. Suben a una camioneta. Han arrestado al yo.

1 comentario:

Chaac dijo...

Hola Doctor. No podía creer lo que me contaron, que usted puso un comentario en esta página sobre el exámen que presente. Bueno me sorprende porque en la vida hubiera si quiera pensado que mi nombre estaría en este medio, no me enoja, ni me ofende, pero si me hubiera gustado y hubiese sido más útil para mi que me hicera los mismos comentarios personalmente, quiza usted piense que soy seca o seria, pero en lo que se refiere a el aprendizaje que estoy recibiendo, el que usted me haga estos comentarios; estoy segura me ayudarian mas. Se que usted es una persona honorable y respetable y sobre todo comprometido con labor. aprovecho para agradecerle sus enseñanzas, porque gracias a esas clases ahora estoy convencida de cual es el camino que debo seguir, le reitero mi agradecimiento y respeto.
Alejandrina Chávez Ramírez