20110519

Historia de la mente 2: Parménides por sí mismo y por Platón



Que cada traductor elija una equivalencia diferente de la noción de nóos presente en el poema de Parménides (escrito hace dos mil quinientos años) puede desalentar a quien comienza a estudiar filosofía. Unos traducen “espíritu”, otros “pensamiento”, “mente” e incluso “interioridad”. Unos más prefieren colocar la noción griega nóos, sin traducción, como una excepción en medio de las palabras en castellano. En el desacuerdo de los filólogos yo veo la evidencia más poderosa de que es posible escribir una historia cultural de la mente. Si otras nociones griegas no presentan problemas de traducción, pero sí ésta, ello significa que estamos ante algo particularmente sensible a la cultura y al tiempo.
Después, solamente como segunda vía de investigación, debemos aventurarnos a tratar de comprender esas nociones como los antiguos mismos lo hacían. Colli define al nóos como “una verdad circulante a través de la diversidad del mundo”. Esta definición no tiene prácticamente nada que ver con nuestras actuales definiciones de “mente” o “pensamiento”.
Llansó escribe que “una característica del νόος […] que no debe ser en ningún momento olvidada [es] su conexión fundamental con el fenómeno”. Así, el griego arcaico, alimentado como toda la civilización griega del multiculturalismo (pelasgos, cretenses, henetes, egipcios, jonios, eolios, aqueos), tiene una gran riqueza para referirse a la razón y a sus manifestaciones. La palabra logos, sustantivo del verbo légein, decir o hablar, significa tanto “palabra”, como “lenguaje” y “racionalidad cósmica”. Es un concepto entre physis y psykhé, naturaleza y alma. Y, en su conexión con la doxa, entendida como opinión tanto como experiencia de las apariencias, es nóos. ¿Hay algo en nuestro repertorio conceptual judeo-cristiano-cartesiano que pueda acercarnos a aquélla cultura para la que el camino más corto entre la naturaleza y el alma es un fluido de verdad que lo atraviesa todo?
El poema que escribió Parménides en hexámetros influyó profundamente a los filósofos posteriores. Pero cuando uno lee por primera vez los fragmentos que nos han llegado, no entiende mucho y se pregunta ¿por qué este texto es tan importante? También nos preguntamos, ¿si hoy se entiende a la filosofía como argumentación, cómo un poema puede ser filosofía? Afortunadamente, una segunda lectura, informada, del poema lo hace aparentemente claro y profundo.
Manoseado por los grandes nombres desde el siglo V a.C hasta el siglo XX, parecía que el poema de Parménides no podía ser leído con neutralidad. Platón vio en él a un platónico, Bertrand Russell a un russeliano y Heidegger a un heideggeriano. Pero estas interpretaciones interesadas del poema son mucho más oscuras que el poema mismo, al menos como lo podemos leer hoy gracias al esfuerzo de los filólogos. Mientras que el diálogo de Platón llamado Parménides es uno de los textos más retorcidos y locos de la historia de la filosofía, el poema del verdadero Parménides tiene al menos una posible lectura amable y maravillosa:
Una diosa invita al joven filósofo a instruirse y le señala tres vías de la razón. La primera es la de la verdad inconmovible, la verdad perfectamente redonda, la verdad necesaria. La segunda es la vía de la doxa, entendida como opinión o experiencia acerca de las cambiantes apariencias. Esta vía es peligrosa porque el mundo de los fenómenos no nos permite un conocimiento estable. Finalmente, existe una tercera vía que es intransitable, la de pensar lo imposible, pensar que el ser es y no es, cosa absurda; pensar que “hay nada”, cosa más absurda aún. La vía recomendada por la diosa lleva a Parménides a un conocimiento aparentemente firme, el de lo que es necesariamente.
Escrito un siglo después, el diálogo platónico llamado Parménides, en cambio, concluye desde la locura misma que “si lo uno no es, nada sería”. Dicho de otro modo, luego de un trayecto serpenteante, irreconstruible desde la lógica que nacería sólo después (e incluso desde la lógica matemática del siglo XX), Platón pare una conclusión aparentemente lógica: que el ser es, la nada no. Pero una vez que ha sido parida, esta razón filosofante lanza un grito deprimente: el resto de las cosas, aparte de lo uno, dice el personaje Parménides de Platón, son absolutamente todo y no lo son, aparecen como absolutamente todo y no lo aparecen, ya sea con respecto a sí mismas como entre ellas.
El Parménides es el diálogo platónico que sirve de introducción al Teeteto. En este último, el autor pretende salvarnos del naufragio parmenídeo y, en parte, lo logra.