20110405

¿Qué pasó en Costa de Marfil?


Contra lo que dice el lugar común, las causas de la reciente guerra civil en Costa de Marfil, así como de la inestabilidad política que la precedió, no son "complejas". Se relacionan, desde luego, con la historia colonial del país y con la geopolítica contemporánea, pero en esta ocasión las principales determinantes son internas. Concretamente, en el origen de la guerra está la mezquindad y ambición desmedida de los caudillos locales.
Luego de la muerte, en diciembre de 1993, del primer y único Presidente que había tenido la Costa de Marfil desde la independencia, Felix Houphouet-Boigny, nuevos aspirantes a caudillos comienzan a jugar con las reglas electorales y constitucionales para beneficiarse y excluir a los adversarios. En particular, para eliminar del terreno electoral a Alassane Ouattara, antiguo Primer Ministro, tecnócrata de alto nivel del FMI y candidato fuerte en el norte musulmán del país. A Ouattara se le estigmatiza por haber pasado su infancia en el vecino país de Burkina Faso. Así, el nuevo presidente Henri Donan Bedié inventa como slogan la exótica noción de “marfilanidad” (Ivoirité) para excluir a su contrincante Ouattara. Bedié consigue derrotar a Ouattara y, de paso, construir un muro étnico entre 15 millones de personas. Fractura artificial, oportunista, en un país donde al menos 35 por ciento de la población es extranjera o de origen extranjero. En 1998, Bedié se propone perpetuarse en el poder y promueve una reforma constitucional en su favor, pero un golpe de estado acaba con su gobierno y el caudillo termina refugiándose en Togo y luego en Francia.
El autor del golpe, el general Robert Guei, hace votar el 23 de julio de 2000, una nueva Constitución que consagra la obra maestra de su antecesor: el concepto de “marfilanidad”. En el colmo del absurdo, se exige ser hijo de marfileños después de tres generaciones. Con ello, el nuevo caudillo excluye la candidatura del eterno adversario de origen burquinés, Ouattara. Poco le importa que el nuevo enfrentamiento entre Ouattara y Guéi cristalice de manera definitiva los enfrentamientos étnicos y los actos de xenofobia contra los inmigrantes y la población musulmana. A partir de 2001, el nuevo presidente, el socialista Gbabo, llega al poder e insiste en el tema de la “marfilanidad” con Ouattara en mente. Giué intentará otro golpe de Estado, esta vez fallido, y quedarán en la lucha de caudillos Gbabo y Ouattara, en un país al borde de la guerra civil. Ambos enfrentan con las armas a sus bases (cristiana y musulmana, sureña y norteña). Los seguidores de Ouattara se alzan bajo el Movimiento Patriótico de Costa de Marfil. Luego de los primeros enfrentamientos, las conferencias internacionales se suceden para tratar de encontrar un acuerdo. Junto con las negociaciones diplomáticas, el país experimenta recurrentemente matanzas de opositores políticos.
El periodo presidencial de Laurent Gbagbo termina en 2005, pero éste retrasa las elecciones año tras año. Finalmente, se celebran ¡hasta 2010! El 2 de diciembre de ese año, la Comisión Electoral declara a Alassane Ouattara ganador de la elección presidencial. Sin embargo, el Consejo Constitucional revisa el proceso e invalida más de 500 mil votos de regiones pro-Ouattara. Horas más tarde, Ouattara se declara también presidente y reinicia la guerra civil. La Unión Africana, las Naciones Unidas y la ex-potencia colonial, Francia, apoyan a Ouattara.
Así, una reforma legal instrumentalizada en la lucha de los candidatos presidenciales en Costa de Marfil se ha transformado en un enfrentamiento étnico y religioso de grandes dimensiones. Es verdad que la conclusión de la guerra supuso la intervención directa del ejército francés bajo el argumento de salvar vidas civiles (en primer lugar, la de los miles de franceses que habitan en ese país africano). Pero también lo es que la legitimidad de Ouattara era ampliamente reconocida a nivel internacional.
Aunque parezca extraño, los actuales conflictos armados en Libia y Costa de Marfil son una mezcla de luchas locales a favor de la democracia y de intervenciones coloniales. Reconocer este doble carácter es la única manera de superar el falso dilema al que tratan de llevarnos algunas lecturas latinoamericanas superficiales. Tanto quienes defienden exclusivamente la interpretación colonialista como quienes ven en esas revoluciones movimientos democratizadores autónomos se quedan cortos. Frente al doble carácter de esos movimientos es necesario adoptar una doble exigencia: por un lado, que se eviten masacres de civiles y se instaure la democracia, y, por el otro, vigilar que las potencias coloniales no exploten la nueva situación, una vez alcanzada la paz, mediante expoliación económica. Para hacer esto último es necesario interesarse en la situación de los países africanos y apoyar su independencia económica y política no solamente cuando están en guerra, sino durante los periodos de paz.