20090730

Manual práctico de las distancias cortas XIII: De los incunables y las antípodas

-Hello.
-¿Santiago?
-Ah, mamá. ¿Cómo estás?
-Bien, hijo, pero no te reportas ¿dónde has andado?
-Aquí, ma, tengo mucho trabajo. Y el fin de semana fuimos a Nueva York, por eso no te hablé.
-¿Con la chica mexicana que conociste?
-Sí, con Rosalba. La llevé a Broadway. Vimos El fantasma de la ópera. Ella quería conocer.
-¿Ella quería conocer? Si tú eres el encargado de completar su educación, te vas a tardar mucho.
-Ja ja. No empieces, ma.
-Te apuesto que no pagó ni sus toallas higiénicas.
-Ja ja. No seas dura. Te expliqué que no tiene beca.
-Lo que no tiene es vergüenza.
-Por lo menos me divierto con ella, ma.
-Y a qué precio ¿no tienes otras opciones de entretenimiento más edificantes?
-Rosalba tiene su encanto. Sabías que hay un profesor que la llama la Frida Kahlo de aquí, ma.
-¿La Frida Kahlo? Debe ser profesor de matemáticas para compararlas. No debe saber nada más de México.
-Ja ja. Madre, ya deja tranquila a Rosalba.
-¿Llevaba en el teatro sus escotes especiales?
-Ja ja.
-¿Cómo iba vestida? Te estoy preguntando…
-Se puso un huipil recortado y ajustado, ja ja. No todo el mundo es católico apostólico y remocho como tú.
-Mira, yo tengo amistades que tienen cascos livianos pero Rosalba además es vulgar ¿te sigue mandando poemas copiados sin el nombre del autor?
-No debí leerte ese fragmento, mamá. Pero era una consulta profesional, pro-fe-sio-nal ¿me oyes? sobre el significado del verbo engarrafar. Pero no te vuelvo a leer partes de sus cartas, mamá, porque los haces pedazos.
-Esa Rosalba es una golfa de película. ¿Dónde leyó esas poesías satíricas del Siglo de Oro?
-¿Estás segura, mamá, que son del Siglo de Oro?
-Que si estoy segura. ¿Sabes? Tu muchachita citó también La Gitanilla de Cervantes. “Un lunar tienes, ¡qué lindo! ¡Ay, Jesús, qué luna clara! ¡Qué sol que allá en las antípodas oscuros valles aclara”. Lo sospechaba cuando me lo leíste emocionado, creyendo que te estabas acostando con un portento literario. Pero ya lo confirmé: nada menos Miguel de Cervantes Saavedra.
-¡Rosalba no contaba con la erudición de mi madre! Ja, ja. ¿Y las antípodas en ese poema significan el trasero, mamá?
-Ay Santiago, las antípodas cuando estás en Boston deben estar en Pekín, pero cuando estás en Pekín están en Boston. Entonces depende de qué parte de tu cuerpo tenía metida en la boca tu amiga.
-Ja, ja, ja. Cómo me haces reír, mamá.
-¿Qué más te ha escrito Rosalba?
-No, te digo que ya no te voy a leer nada de sus cartas, mamá, no es sano. Solamente dime qué es la candelilla.
-Debe ser el pene, hijito de mi alma. Ni siquiera entiendes lo que te escribe y ella seguramente tampoco. Me imagino que copia fragmentos de libros que huelen a semen de otros lectores.
-Ja ja. Sí, seguramente. ¿Y el verbo enquillotrar?
-¡De dónde saca todo eso esa chica! Debe de significar excitar. Pero depende…
-Y qué son los bizcochos de galera, mamá.
-¡Basta! ¡No soy tu diccionario de castellano antiguo, soy tu madre! Pregúntale a tu ninfómana analfabeta o por lo menos léeme todas sus cartas ¡y completas!
-Ya ves, te gustan, ja ja. Rosalba no es tan inculta. Se pasa todas las mañanas en la biblioteca y en las tardes vamos juntos al gimnasio.
-¿En las mañanas se masturba con incunables de los archivos de Harvard?
-¿Incunables? ¿Incunables son bebés que no duermen, mamá?
-Qué tonto. Son libros antiguos de caracteres móviles.
-Pues eres adivina, ma. Rosalba va a un archivo reservado.
-¡Qué horror! No deberían dejarla entrar.
-Es que está inscrita en master. Me contó que consultó un libro erótico medieval, el Speculum al foder.
-Óyeme, el país no te mandó a estudiar al extranjero para que pierdas el tiempo jugando esgrima y manteniendo golfas.
-Reconoce que estás celosa, ma. Porque a Rosalba también le gusta la literatura antigua. Ahora quiere aprender francés para leer relatos eróticos del siglo XII.
-¿Qué dices?
-Es que quiere leerlos en la versión original, ma.
-¡Qué burra! Tendría que aprender occitano, anglonormando o algo así, no francés. Esa Rosalba es una farsante. ¿Dices que primero estudio veterinaria, no? Pues que se ponga a criar vacas o que se vaya a trabajar en una casa de citas.
-Tampoco exageres, mamá. Bueno, mejor luego hablamos.

20090722

Manual práctico de las distancias cortas XII: De los besos

Me levanto de la cama sintiéndome como un enfermo de anemia. Muelo café. El amargo perfumado del moka (a falta de una máquina para preparar espresso) disuelve el otro amargo que la noche ha fermentado en mi boca. Despierto completamente. Me doy un baño. Ya me siento fuerte y sano. Me visto. Lavo jitomate y lechuga para Cordelia, mi amada tortuga. Antes de irme le doy un beso (a toda velocidad para evitar una eventual mordida, que sería catastrófica para nuestra relación). Este es el significado original de los besos: despedidas, saludos. En cierto momento del derecho romano el ius osculi, el derecho de besar, servía para formalizar una promesa de matrimonio o, según Gelio y Plinio, para que el marido verificase si su mujer había bebido. Comprendo que hoy se usen los besos mientras se espera el autobús a dos o en el consultorio del dentista en vez de leer revistas, o bien al hacer el amor como complemento de otras actividades más profundas (pues no estorba besarse en estos casos); me parece más polémico determinar si los besos tienen una función en sí mismos. Besarse por besarse, en vez de leer. Besarse y perder la luz verde del semáforo por ello. Quizá la banalización de los besos es la mejor prueba de que nos hemos convertido en una civilización de ociosos.
En la universidad hay elecciones. Al llegar voto contra Raúl Gallino que quiere dirigir el departamento de humanidades. Luego, mi clase transcurre casi sin pena ni gloria, excepto porque un par de comentarios de los alumnos me reconforta: de su participación infiero que no todos estos muchachos serán adictos a la televisión, que sabrán disfrutar de la vida leyendo a los clásicos en baratas y buenas ediciones disponibles en las librerías de viejo. Además, me parece que desde el punto de vista político serán impredecibles, lo cual es bueno; es un orgullo que no estemos inoculándoles nuestras propias militancias e ideologías políticas.
Al salir de la universidad, esa tarde, contemplo con placer los resultados de la derrota aplastante de Gallino: 228 votos para la Doctora Rosa María Talancón, 79 para Heriberto López y apenas 13 para mi némesis. Además, Gallino ha sido derrotado en todos los sectores. ¡Viva la unión de los estudiantes, los trabajadores administrativos y los académicos de la universidad! Sólo queda que el Consejo Académico ratifique nuestra decisión. A veces la vita e bella.
Ya en el calor de mi hogar, con Cordelia a mis pies, leo un ensortijado artículo sobre lógica deóntica. Vista la literatura reciente sobre el tema, éste parece estancado o como avanzando hacia atrás, si se puede decir. En cada fin de párrafo me distraigo y pienso en Luz Irizábal. ¿Qué demonios es el vulvaluz? ¿Qué le diré cuando nos encontremos? ¿Podré levantarme de la mesa en el restaurante donde nos demos cita o una descortés erección me traicionará desde el instante mismo en que la tenga enfrente? Retomo la lectura acerca de la lógica deóntica condicional. Pero un molesto grano amenaza con salirme sobre la comisura de los labios. Me rasco. Me sale sangre. Vuelvo a leer por tercera vez el mismo párrafo, tratando de concentrarme. Me rasco de nuevo. Me rasco el resto de la tarde-noche.
Al día siguiente, amanezco con un chancro en la boca. La tasa de café caliente me alivia un poco al cauterizarme la herida purulenta. Antes de salir a la universidad, busco a Cordelia. “¿Acaso fuiste tu la que me ha contagiado y producido este horrible chancro?” le digo al oído.
Metrobús. Vestíbulo de la universidad. Sorpresa e indignación. El Consejo Académico ha designado como jefe de departamento a Gallino. ¡Esas son chingaderas! La vita e una schifezza impressionante. Porca misèria. Fuck off. Hablo con algunos colegas. La mayoría de los profesores del departamento estamos consternados. Un piquete de académicos al que quieren sumarse dos estudiantes grillos vamos a exigir explicaciones a nuestros representantes en el Consejo.
-El voto es secreto –arguye Arciniegas, el representante de humanidades, mientras cuatro nos apelotonamos en la puerta de su cubículo.
-Ni madres –sentencia Jorge López-, es obvio que votaste por Gallino. Nos traicionaste.
-Si acaso fuere el caso, no se trataría de una traición, sería mi derecho como consejero. Sólo debo responder ante mi conciencia –balbucea nervioso Arciniegas.
-Además de tramposo eres un mamón.
-¡Calma, calma! –tercio yo, con el único fin de que Jorge no acabe con un acta administrativa encima por insultar a un colega, aunque éste, a mi juicio, se lo merezca.
-Vámonos –propone prudentemente Silvia Betancourt.
Frente a la cafetera, los cuatro profesores nos lamentamos del vergonzoso estado de funcionamiento de la representación universitaria.
-¿Sabían lo que dijo Gamaliel Castillo, el representante de comunicación? –inquiere Silvia.
-¿Qué? –preguntamos en coro.
-Le dijo a Yolanda, la secretaria de Fernández, que si Gallino es hombre o bestia no era su problema, que Gallino le prometió que, una vez nombrado, le daría a su vez su voto para jefe del departamento de comunicación.
-¡Qué cinismo! –digo.
-¡Qué vergüenza! –se indigna Jorge-. ¡Es el mercadeo de votos en la universidad!
-No es nada nuevo –sentencia Laura Takada-, pero desde la última elección ya se me había olvidado que suelen hacer sus cochinadas ¿Qué te pasó en la boca, Bernardo? Tienes un herpes.
La pregunta-afirmación me intimida.
-Sí, una infección.
No puedo confesar que beso a Cordelia todos los días, al salir de casa y al regresar del trabajo. Esa noche estoy triste. Tengo ganas de escuchar música idiota. Pongo el disco donde la primera dama de Francia, Carla Bruni, canta a Brassens:

"Quand je pense à Fernande
"Je bande, je bande
"Quand je pense à Felicie
"Je bande aussi
"quand je pense à Léonor
"Mon dieu je bande encore
"Mais quand j' pense à Lulu
"Là je ne bande plus
"La bandaison papa
"Ça ne se commande pas"

Una traducción libre, cambiando los nombres propios para respetar las rimas, desde luego, da lo siguiente:

“Cuando yo pienso en Sara
"Se me para, se me para
"Cuando pienso en Marlén
"Se me para también
"Si pienso en Sofía
"Se me para todo el día
"Pero en Inmaculada…
"Y no se para nada.
"Pues la erección, mano
"No se decide, no.”

20090710

Manual práctico de las distancias cortas XI: Del discurso erótico universal

Pellejo con pellejo, dentro y fuera, pegados y abrazados pelo a pelo, hacemos que tiemble la cabecera y hasta vienen gatos que están en celo. Ay papá, alcahuete y hechicero, que me traes embaucada por tierra y cielo, déjame que le ponga su capuchón antes de revolcarnos en el sillón. Engarráfame, torote, y ¡A cuatro patas gozar! con mugidos y meneos, vamos a hacer contrapar. Éntrale, ándale, que cuando se infle como ninfa voy a estar. Que el baile de tus caderas me abra más ancho que el mar. ¡Ay, Diosito, qué sabroso! Acaricia ese lugar, más abajo, más abajo, baja sin reflexionar.
Rosalba de las centurias, me he plagiado a los poetas, en tina con aguas turbias donde me verás las tetas. ¡Oh, sí! Me besaras con besos de tu boca y nos chuparemos las lenguas porque mejores son tus amores que el vino pinot noir de la Borgoña. Y de tu verga no me avergüenzo, porque yo soy tu Doña, coño. Huelo el olor de tus suaves ungüentos y tu nombre es como ungüento derramado. Te volveré a meter en mi recámara pero te advierto que si no te superas me acordaré de mis mejores amantes con los ojos cerrados. Si tus manos no están a la altura de ellos te dejaré haciéndome el amor y yo me fugaré mientras tanto con mis recuerdos, que siguen siendo bien ricos. Oh hija de Tenochtitlán, codiciable entre las mejores nalguitas de la burguesía, que no te importe que sea morena, no seas naco, aunque aquí esté lleno de güeritas tan guapas. Hazme saber, oh tú, becario del Conacyt a quien ama mi alma, si además de caerme bien también sabes satisfacerme; dime dónde has apacentado antes, dónde sesteaste ayer al mediodía que te volaste la clase. Yo soy la rosa de Boston y además las gringas nerds ni te pelan, yo soy el lirio de los valles y ellas te desprecian por tu acento. Soy como el manzano entre los árboles silvestres de donde comió un inmigrante clandestino, exhausto, en una colina de California, acosado por las sirenas de la migra y, aunque soy bien inculta, me gusta reescribirte este poema. Me gustan las bibliotecas de Harvard porque en ellas puedo encontrar libros en español que robarme. Es un decir, libros que reescribir, libros que chupar y escupir con las letras en desorden. Aquí hay uno de erotismo medieval pero está en francés y no entiendo ni madres. Así es, mi estimado, bajo la sombra de mi asesor me he sentado y ahí está enfrente el pendejo creyendo que estoy escribiendo la tesis, mientras con rostro solemne te chaqueteo, cabroncito. Debes saber que cuando sepa cómo me chupas aquellito dejaré de dudar y sabré si eres tú mi amor eterno, mientras tanto eres nomás un pretendiente más. Y agradece que mi ex sea un imbécil. Es aburrido. Es un gringo feo, mientras tu el día domingo me diste una prueba, me lo hiciste de maravilla en esta misma biblioteca. Me pusiste tu cosita en el estante para libro único que llevo entre las piernas. Qué rico sentir ese placer. Pero cuando me llevaste a tu dormitorio para rematarme y con prisa quisiste clavar tu bandera sobre la luna, cual soberbio astronauta, echaste todo a perder, y no se trataba de eso, güey. De todos modos, te daré una oportunidad, por lo pronto cazaré a esa zorra, la zorra pequeña, con la que salías, porque las zorras echan a perder las viñas y nosotros tenemos qué fabricar mucho vino. Nuestras viñas estarán en ciernes, amado mío. Tu vello púbico es como manada de cabras que se recuestan en las laderas de Galaad, tus dientes son espadas y yo ya me estoy pasando. Si mi asesor lee lo que estoy escribiendo me va a correr de la universidad porque estos académicos gringos no tienen sentido del humor y respetan más a los libros que a las personas. Y además éste es judío y ahora me estoy fusilando el Cantar de los Cantares. Te amo... hasta crees. Bye. Rosalba

20090701

Manual práctico de las distancias cortas X: De los passwords y la animaloterapia

Regresé al DF maquinando estrategias y tácticas de seducción. Rosalba me había dado una clave de entrada con Luz Irizábal. “Para encontrarte con ella –me dijo-, dile simplemente que conoces su vulvaluz, así nomás, y luego dale una cita en algún lugar. Vendrá, aunque tenga que cruzar mar y tierra para verte. Es seguro que vendrá. Luego, cuando la tengas enfrente, ves cómo te las arreglas para cogértela.” Era una propuesta muy extraña. Rosalba no había querido explicarme qué significaban esa suerte de palabras mágicas, conozco tu vulvaluz, sólo me había dado el teléfono y la dirección del matrimonio en Guadalajara para entrar en contacto con Luz y pronunciarlas. Pero antes de hacerlo, debía entrenarme. El locus classicus para inspirarme era, desde luego, el Diario del seductor del danés Søren Kierkegaard, que afortunadamente estaba en mi biblioteca.
En la contestadora del departamento tenía solamente dos mensajes: Serendipiti que quería que nos viéramos para que le contara lo que había ocurrido y un empleado de la veterinaria “Mi mascota” que preguntaba a qué hora podía llevar un paquete a mi domicilio.
-Quiero saber de qué se trata –les dije por teléfono a los de “Mi Mascota”.
-Es un regalo de la Señora Rosalba González, Señor. Es una mascota sorpresa.
Le expliqué que vivía en un departamento y que no podía recibir el paquete si no me decía antes qué animal contenía:
-No puedo aceptar un Gran Danés, aunque sea de regalo…
-No se preocupe, la mascota que le han regalado es menos voluminosa.
-¿Y qué es?
-Una tortuga terrestre –dijo el empleado con complicidad bromista.
Rosalba, mi ex-amante la veterinaria tuerta, alias "Shamanta", me enviaba una tortuga terrestre de regalo. Al día siguiente, decidí ir a ver al animal a la tienda, para decidir si lo adoptaba o no. Perdí casi una hora para llegar a la veterinaria de Perisur, justo antes de que cerraran. Se trataba de una tortuga de unos 30 centímetros y pensé que no podría hacerme cargo de ella.
“Necesitas una compañía o te vas a volver loco –decía Rosalba en la tarjeta de regalo-. Fue criada en cautiverio, así que tenerla no es un atentado contra la fauna silvestre. No vive en el agua y sabrá adaptarse a tu departamento. No es agresiva, pero no insistas en hacer que te muerda porque te morderá.”
No podía rechazarla, si acaso deshacerme de ella más tarde y decirle a Rosalba que se había escapado. Regresé al departamento con el animal y lo dejé encerrado en el baño, para que no rayara el parquet. Preparé mi clase del día siguiente rápido y mal para poder empezar a leer la novela de Kierkegaard. Qué decepción. Admiro tanto a Kierkegaard como filósofo pero me parecía que esta novela no estaba a su altura. Tiene muchas partes cursis o estúpidas. No hay diálogos. Lo mejor son algunos comentarios, no la narración misma. Sin embargo, al leerla confirme la hipótesis de Rosalba de que el seductor es quien conjura el azar, siempre y cuando sepa esperar: “Ahora basta un poco de paciencia y nada de avidez; ella fue la elegida, algún día me ha de pertenecer” escribe en su diario el seductor kierkegaardiano acerca de su víctima, Cordelia, el 4 de abril. Pensé en la tortuga y fui a buscarla. No había ensuciado el baño. Le sequé las patas con papier cul, como dicen los franceses, y la llevé conmigo a la sala. Antes de retomar la lectura tuve una iluminación: la tortuga se llamaría Cordelia, como el inocente personaje femenino de Kierkegaard.
Subrayé el pasaje donde Kierkegaard explicaba la dificultad de seducir en los salones de la alta sociedad, donde “las muchachas están ya armadas con todas sus armas; de modo que, como la situación es siempre la misma, no puede suscitarles alguna voluptuosidad. Por las calles, al contrario, están como en alta mar […] Por la sonrisa de una muchacha, en la calle, cuánto daría; y qué poco por un apretón de manos en sociedad. Porque aquí hemos de conseguir nuestras presas sólo con viejos procedimientos”. El párrafo me produjo cierta ansiedad. El problema para aplicar el consejo del seductor de Kierkegaard es que nunca cruzaría a Luz Irizábal en la calle, no sólo porque ella vivía en Guadalajara y yo en México, sino porque debía ser una mujer emperifollada que seguramente no se bajaba nunca de su auto. Cogí el teléfono, dispuesto a llamar a Guadalajara y acabar de una vez por todas con este reto, pero enseguida me pareció más prudente enviar un mensaje escrito. Hacía años que no redactaba una carta a mano, y no sabía dónde ir a comprar sobre y estampillas de correos. Entonces busqué a Luz Irizábal en Google y la encontré en Facebook: “Querida Luz: conozco tu vulvaluz”, iba a escribir en mi solicitud de amistad, pero la frase me sonaba completamente estúpida. Estaba sonrojado. La situación se tornaba ridícula. Borré el inicio y envié: “Conozco tu vulvaluz”.
Sorprendentemente, Rosalba tenía razón. Al día siguiente, la Señora Irizábal ya me había dado un pasaporte para entrar en su mundo. Éramos “amigos” en Facebook y yo podía ver su perfil de revista, husmear en sus álbumes de fotos, peinar su lista de amistades, leer los intercambios de bromas con sus amigas, las “causas sociales” que apoyaba y muchos otros detalles de su vida. Luz tenía 269 amigos entre los que debían encontrarse (viendo los peinados y los apellidos) muchos de los integrantes de la crema y nata de Guadalajara. En las fotografías de innumerables fiestas pude adivinar quién era su marido, Santiago Irizábal: lo veía en una comida familiar vestido con una camisa lacoste rosa, conduciendo un velero en Puerto Vallarta, al lado de un muñeco gigante en algún parque de diversiones de Estados Unidos... en atuendo de esgrimista con un trofeo en las manos. La visión panorámica del perfil de Luz Irizábal en Facebook, de su vida privada y social, me llenó de entusiasmo. Era una mujer muy bella y tras la frivolidad de su mundo parecía ocultarse una criatura adorable. En sus fotos no posaba sino que se dejaba ser tomada, como esperando que el fotógrafo pudiera capturar su fragilidad interior.
Junto con la aceptación recibí un mensaje privado de Luz: “Hola, Bernardo. Te confieso que no te ubico. No entiendo cómo sabes eso de mí. Veo que no tenemos ningún amigo común en Facebook, lo que me tranquiliza por un lado. Espero que nos veamos lo antes posible. ¿Estás en el Distrito Federal?”

20090611

Manual práctico de las distancias cortas IX: De la compatibilidad entre la pasión amorosa y la amistad

¿Tienes un minuto? Soy Santiago. Me enteré que estás diciendo que te vas a vengar de mí. No sé qué pretendas hacer, pero por lo menos es tiempo de decirte lo que pienso realmente sobre lo que pasó. Puedes reclamarme muchas cosas, por ser cobarde o ingrato, pero no porque lo haya planeado o porque te odie. Desde ahora te digo que no te he visto porque lo que pasó es insoportable para mí. Busca entonces otros argumentos. Tú me odias y tienes razón, yo nunca te odié y sigo sin tener razón para odiarte. Me escondí por miedo, insisto, pero no soy un criminal.
Es verdad que las cosas se fueron pudriendo entre nosotros desde antes, pero no interpretes el accidente como la gota que derramó el vaso. El accidente fue un accidente. Andas diciendo que ya traíamos problemas y que quise matarte. Cuando vivíamos en Boston tenías la teoría de que una cosa son los amigos y otra los amantes, y que nuestra relación era destructiva. En cambio, para mi todo era normal, quería casarme contigo. Desde un enfoque realista, terrenal, eras mi “mujer ideal” ¿me entiendes? Quiero decir que a pesar de tus defectos eras todo lo que yo necesitaba. Aunque no fuéramos completamente afines. Por ejemplo, llenaste el departamento de bichos, lo que hubiera desquiciado a cualquier otro y no te reclamé. Esa rana argentina que silbaba en las noches, sobretodo cuando oía rechinar la cama. ¡Yo estaba escribiendo una tesis de doctorado y necesitaba dormir bien! Y trajiste la ardilla coreana que se cagaba en mis libros y durante un tiempo el hurón que apestaba a alquitrán. Pero yo te amaba, te perdonaba eso y más. Incluso llegué a amar tus mascotas como un reflejo de cómo te quería.
En primer lugar, independientemente de nuestra historia, es obvio que tienen que poder ser compatibles la pasión y la amistad, porque si no valdrían madres todas las relaciones amorosas, pues no habría parejas con algo de estabilidad. Tu idea de que la amistad o la pasión pueden durar pero nunca juntas es porque estabas fascinada con los amantes de las novelas de Kundera que durante décadas se ven a escondidas una o dos veces al año. Y entraste en ese trip, en ese delirio de los amantes eternos ocasionales, lo llevaste demasiado lejos. Si de por sí era destructiva tu furia de morderme, de lamerme hasta el ombligo, por no decir otras partes. ¡Todos esos excesos que me enseñaste! ¡No estaba acostumbrado, con las novias mojigatas que tuve! Nos apretábamos el cuello cada vez más fuerte. Luego yo ya empezaba a hacer cosas tan idiotas como cancelar tu boleto de avión a México para que te quedaras conmigo en la cabaña, pero en vez de pasar una semana más de vacaciones te corrieron del trabajo y te encabronaste. Obviamente. Pero si yo quería darle intensidad a nuestra relación, creo que tu querías armar un escándalo para que terminara todo. Al final nos guardábamos algo de rencor, pero el accidente no fue resultado de los excesos, no mames, no seas injusta.
Siempre te influenciaron las novelas que leías. Tal vez la amistad y la pasión no se lleven, pero retrospectivamente pienso que no íbamos a dejar de ser amigos para ser solamente amantes, ni al revés. Eso no lo hubiéramos podido decidir así. No podíamos clausurar la amistad para que la pasión circulara. Tampoco ser “solamente amigos”, qué absurdo. A menos, obvio, que nos hubiéramos separado, pero no se trataba de eso. ¿Qué debimos haber hecho? No veo en qué supuestamente nos equivocamos. Del lado de la amistad... íbamos al cine con el mismo gusto, a ti te hacían llorar las películas iraníes, a mi si acaso algún melodrama comercial sobre niños huérfanos, como en Inteligencia Artificial de Steven Spielberg (pero fue porque mi mamá acababa de morir). A mi me daba por ir a misa de vez en cuando y en esos casos tu no criticabas a la Iglesia, no te burlabas, me respetabas y, a cambio, en las cenas con amigos esnobs ateos yo te dejaba criticar a la Iglesia. Sí éramos muy amigos, no queríamos hacernos chingaderas, nos protegíamos.
¿Por qué me fui? Por lo que pasó. Porque las malditas coincidencias pueden ser perversas. No lo sabes pero poco antes del accidente había estado leyendo en la biblioteca de la universidad un libro de Bataille, un libro muy raro sobre ojos que son personajes, que se prostituyen, que gozan, que se relacionan y entonces ven según viven, ven según cómo los tratan. No sé, algo muy raro. Me fui por lo que pasó o cómo lo viví. Cómo lo ví, cómo lo escuché. Tu grito fue menos espantoso que la sensación instantánea de atravesar tu rostro, verte caer y seguir sosteniendo el metal. Te ví revolcada en medio de patadas y quejidos. Fue terrible. Mis brazos se fueron comprimiendo como las patas de un insecto agonizante. Llegó don Arturo, se arrodilló frente a ti y te quitó la careta perforada. Yo me dejé caer al suelo. Permanecí escondido unos segundos en la oscuridad creada por mis párpados, deseando que eso no estuviera pasando. Antes de volver a abrir los ojos se repitió la escena en mis entrañas: vi tus senos saltando con la misma imprudencia que tus piernas en medio de una selva de ruidos de guerra. Volví a verte cuando me acorralabas hasta hacerme chocar de espaldas con la pared, y lo juro, de no levantar el florete al nivel de tu cara, te habría perforado el corazón, no el ojo.
Don Arturo y un instructor sujetaron tu cuerpo histérico y te llevaron cargando. Mientras se desvanecían tus gritos por la distancia los míos comenzaron a aparecer en aquel rincón del gimnasio. Un lamento infantil me mantuvo comprimido como un feto. De pronto, descubrí mi mano aferrada al mango del florete y la separé como si cogiera una braza. Me levanté y caminé en la dirección ineludible de tu sangre. Entonces, algunos de los que miraron la tragedia se atrevieron a preguntar por lo que había pasado y un hombre me ayudó a quitarme la careta. Busqué en mi maleta las llaves del auto y fui al estacionamiento sin cambiarme de ropa. Mientras conducía se repetía otra vez el sonido de tus gritos, intermitentes, como la sirena de una ambulancia.
Encontré el hospital a donde te habían llevado. Entré a verte. Tu respiración producía un silbido aunque estabas dormida. Estabas vendada pero de todos modos no me atrevía a mirarte de cerca y ver “mi obra”. De pronto, se abrió tu ojo y huí instintivamente del cuarto, lleno de terror.

20090517

Manual práctico de las distancias cortas VIII: Del azar y la necesidad

La mayoría de las mujeres coincidirán en que no es posible llamarle “hacer el amor” al hecho de acostarse durante la primera cita y menos aún cuando uno lo hace a cuatro patas (manos) en un jardín, como me ocurrió con Rosalba. Supuestamente nuestros juegos de lenguaje excluyen que se pueda decir que se “hace el amor” cuando se trata de sexo con una desconocida, con una prostituta o por mero placer (sin cariño, amistad o algún otro tipo de apego). Esa es una opinión consensuada, acaso comparable al consenso de mis amigas contra el tirol de mi departamento: “Ya te he dicho que quites eso, se ve espantoso, si quieres yo te presto dinero” me dice siempre Serendipiti; “Oh qué lata contigo ¡Que aplanes las paredes! El tirol ya no está de moda” insiste Luisa y así otras. Tanto en el caso del uso de la expresión “hacer el amor” como con respecto al tirol, el hecho de que las mujeres que conozco alcancen la unanimidad no significa que tengan razón, ni que esas opiniones sean muy profundas. Quitar o no el tirol de las paredes y del techo no es algo trascendente y sí me cuesta cuatro veces más caro que simplemente pintarlos; la única motivación de esta actual fobia burguesa y femenina contra el tirol parece ser una estética conformista: mis amigas y sus familias quitaron el tirol de los muros de sus casas en las últimas décadas, lo que constituye un signo de identidad de clase, de clase media para arriba. Lo mismo ocurre con la expresión “hacer el amor”, está viciada por presupuestos culturales como los que pretenden que existen posiciones sexuales más civilizadas que otras. Hacer el amor a cuatro patas y en la primera cita no sería hacer el amor.
Pero uso la expresión “hacer el amor” por falta de alternativas. Si eludo lo más posible –no siempre- el verbo “coger” es porque guardo la esperanza de contar algún día entre mis lectores con extranjeros, españoles entre otros. Como se sabe, “coger” no se usa en España, “fornicar” tiene un dejo católico, “chingar” es demasiado equívoco en México y “tener relaciones sexuales” suena a algo puramente biológico. Como me dijo Rosalba, a diferencia de los virus, las bacterias tienen relaciones sexuales, pero no “hacen el amor”.
El caso es que todavía estaba en Guadalajara cuando Serendipiti me llamó para que le contara de mi encuentro con “Shamanta”.
-Su verdadero nombre es Rosalba, pero te hablo mañana –le respondí.
-¿No puedes contarme ahora?
-No, te llamo después.
-Sólo responde con un sí o un no –insistió Spiti- ¿encontraste lo que estabas buscando?
Después de un lapso reflexivo le dije “adiós” y le colgué. Semejante pregunta ya no tenía respuesta. ¿Qué era lo que estaba buscando? Es difícil saberlo. No había venido a Guadalajara a buscar una madre para mis hipotéticos y quiméricos hijos (antes de llegar ya sabía que Rosalba tenía 42 años). Mi plan se resumía a bajar de mi torre de marfil y conjurar a como diera lugar la profecía que veo tan clara como un Nostradamus con visión de Supermán de que tendré una vida dedicada a cultivar la monotonía y la soledad. Pero ahora Rosalba acababa de sorprenderme y de ponerme ante un futuro distinto del que me corresponde naturalmente, un proyecto de vida fuera de mi destino manifiesto como profesor.
Iré por partes. Nuestro encuentro había sido sexualmente satisfactorio, pero la complicidad que había comenzado a unirnos no derivaba sólo de eso. Aunque en nuestros días no sea raro que un par de solteros se acuesten a la menor provocación, no por eso superan necesariamente el papel de desconocidos, se requiere de algo más. Rosalba y yo sí lo superamos, rápidamente estábamos yendo más allá porque nuestra conversación era sincera y casi había topado con pared, con la pared de nuestros traumas y deseos más secretos. Y es que cuando dos personas se conocen a través de un sitio de encuentros saben a lo que van y son más directas.
Cada uno había confesado envidias, frustraciones y proyectos que en otras circunstancias habrían sido inconfesables. Rosalba me hablaba una y otra vez de su exnovio, el que le había sacado el ojo en el accidente. Santiago había sido su único gran amor, habían sido muy felices juntos. Y ahora había vuelto a Guadalajara para vengarse de él o para perdonarlo, aún no lo había decidido. Yo le hablaba de mi reciente miedo a la soledad y de mi teoría acerca del amor.
Es imposible describir un denominador común de las mujeres en materia sexual. A partir de mis limitadas experiencias puedo decir que para algunas un orgasmo es cuestión de minutos (una gran intelectual que fue mi amante me decía: “me encanta hacerlo así de rápido porque me deja tiempo para leer” y, de verdad, es una devoradora de libros). En cambio, para otras es asunto de horas (conocí una vez una maravillosa mujer marina con quien el amor era como un triatlón y la vida cotidiana con ella era como practicar buceo en aguas profundas). Para algunas más el orgasmo es algo trivial, para otras es trascendental; vaginal o clitoridial; es como la exaltación de recibir un regalo o como el escalofrío que produce probar un tamarindo enchilado. No hay definición estándar de un orgasmo femenino.
Hasta donde he podido observar, siempre existe para una mujer una posición sexual tabú, el problema es que cambia según la persona y es imposible saber cuál es antes de experimentarla. Para algunas mujeres el sexo oral es el símbolo por excelencia de la fusión mientras que para otras siempre es sucio. Dicho sin rodeos, he conocido mujeres que casi me arrancan la cabellera cuando mi boca descendía hacia su sexo y mujeres que me acusaron de “neoliberal” porque sugerí que nuestro intercambio tuviera la simetría del yin-yang:
-¡No sabes cómo me molesta que en nuestros días la gente no sepa recibir sin tener que dar! -me regañó esa chica de cuyo nombre, sin embargo, sí quiero acordarme. Estaba furiosa porque la interrumpí buscando ser recíproco, se vistió y se fue.
Como me dijo hace décadas René Crespo “el respeto al complejo ajeno es la paz”, pero ¿cómo anticiparse si no conoces los complejos del otro? Para las parejas casadas es más sencillo pues los esposos rápidamente asimilan los tabús del cónyuge, se adaptan y archivan los respectivos deseos prohibidos en la bodega del subconsciente. Para los solteros empedernidos, en cambio, cada mujer lleva consigo una mina antipersonal que corre el riesgo de estallarnos en el bajo vientre.
Como los buenos psicoanalistas, Rosalba interrumpió mi explicación para exhibir una gran fractura en mi teoría:
-Eres un gran amante, en teoría y en la práctica…
-No creas, no creas.
-Escucha. Sabes muchas cosas, pero vas por la vida todo acomplejado, todo inseguro. Te quedas esperando que sean las mujeres las que te elijan, a penas te atreves a poner un tímido anuncio. Sabes mucho del amor pero no eres para nada un seductor. No tienes nada que ver con los grandes seductores. Piensa, por ejemplo, en el ex embajador de Estados Unidos, Tony Garza, que sedujo a la millonaria accionista de Cervecería Modelo. ¿No admiras las grandes maniobras de seducción? No es el azar lo que los unió, fue una campaña, un plan maestro.
-Pero yo no necesito casarme con una millonaria.
-No. Pero tu frustración tiene que ver con tu pasividad. Dejas el amor al azar. Para los verdaderos seductores, no existe el azar. Ellos deciden.
-Pero el azar sí existe, vivimos en un universo incierto. Te voy a prestar un libro de Heisenberg, de Prigogine o alguna introducción a la mecánica cuántica –le dije a Rosalba.
-Mejor tengo una propuesta para ti. Mira, nuestra relación es y será cómica. Te aprecio pero está claro que no iremos muy lejos. Eres más joven que yo y estás buscando formar una familia. Podemos ayudarnos en nuestros respectivos planes…
Luego, Rosalba me explicó su proyecto: se trataba de elegir a una mujer y seducirla, contra toda probabilidad, domesticando el azar. Su propuesta era Luz Irizábal, la esposa de Santiago; era una mujer muy bella, inteligente y famosa en el estado de Jalisco por sus proyectos filantrópicos. Rosalba me aseguró que Luz estaba frustrada sexualmente:
-Literalmente Luz se está apagando de tan malcogida que está. Se le nota en la cara, en la voz, en el cuerpo. Te lo aseguro. Además, conozco perfectamente la causa. Conozco a su marido mejor de lo que ella lo conoce. Ella sabe que yo lo sé. Necesita urgentemente otro hombre, pero no lo va a buscar sola, necesita que la seduzcan.
-Sinceramente –le respondí a Rosalba-, creo que estás especulando y que me estás queriendo usar.
-Te puedo asegurar que ella necesita que la salven.
Me explicó los detalles y no tuve más remedio que concederle cierto peso a lo que me decía. Rosalba había vivido cinco años con Santiago y conocía sus virtudes y sus defectos más íntimos. No podía equivocarse.
-Todo el éxito de mi relación con Santiago –me dijo Rosalba- viene de que éramos compatibles sexualmente, y él no es compatible con casi nadie. Todas sus anteriores relaciones habían sido un fiasco, siempre por problemas sexuales. Santiago me está destinado desde el punto de vista fisiológico, no creo que pueda hacer el amor con ninguna otra mujer. Luz no pudo saberlo antes de casarse con él, se casó apresuradamente. Seguramente pensó que sus problemas eróticos eran temporales.
Rosalba también me enseñó una revista de sociales donde Luz Irizábal aparecía en todo su esplendor, durante la inauguración de un orfanato. En efecto, era una mujer extremadamente guapa como cualquier otra mujer extremadamente guapa de las que abundan en las revistas femeninas, pero quizá con ella no fuera imposible casarme. Rosalba tenía razón, yo no era un seductor y éste era un legítimo reto, más aún, un experimento metafísico acerca del determinismo y la libertad.
-Piénsalo –me dijo sonriendo.
-Estamos igual de locos tu y yo –le respondí- ¡Tengo cosas más importantes de qué ocuparme que tratar de seducir a esa señora!
-¿Estás seguro?
-No –confesé al cabo de tres segundos-, tienes razón, ¡qué podría ser más importante!

20090513

Manual práctico de las distancias cortas VII: De la pulsión de muerte

Un indígena, casi desnudo, con el rostro cubierto de arcilla pintada se te acerca y deposita entre tus labios una moneda y luego otra, como un niño en una máquina de chicles. Por la rendija de tu boca pasan tres monedas de diez pesos. Ahora el indígena desprende tu globo ocular con las uñas enterregadas y lo engulle golosamente. En tu cuenca vacía queda un brillo rojo como el interior de una cereza mordida. Te has convertido en una maquina de golosinas en un pueblo del Amazonas. La sensación de terror que te causa esta pesadilla apenas se refleja en un leve movimiento de tu boca. Estás narcotizada, estás quizá en un hospital, no puedes moverte, tu conciencia aflora lentamente. Abres los ojos y ves la clepsidra de suero que pende sobre tu brazo. Las gotas de suero caen rítmicamente. Interpretas que son las doce de la noche con un segundo, dos segundos, tres segundos, cuatro segundos... Para interrumpir este odioso reloj cierras los ojos pero ahora vuelve a aparecer la imagen del caníbal. Abres los ojos nuevamente para hacerlo desaparecer y un ardor te lastima. Te das cuenta de que sólo puedes ver con un ojo, que tienes la cabeza vendada. Al cabo de unos segundos percibes una silueta blanca que surge entre las sombras y enciende la luz. Está de pie a tu lado. Es con toda seguridad una enfermera que revisa el medidor mientras el brazalete inflable empieza a estrangularte el brazo. En medio de la silueta femenina aparece una mancha y con ella un dolor al tratar de no mirarla. Algo como los charcos de agua y aceite sobre el asfalto te nubla la mirada o el sueño. Se iluminan las formas, se descomponen en hilachos coloridos. Figuras geométricas flotan en los abrires y cerrares del ojo y se desvanecen muy lentamente, como los defectos de una película vieja. Son formas caleidoscópicas que descienden a través de la somnolencia incoherente y se sobreponen al rostro de la mujer de blanco. Son las últimas sensaciones de un órgano agnonizante y ya no parecen provocadas por el exterior. Son resplandores propios, sueños quebrados. El ojo sobreviviente, por el contrario, reelabora una y otra vez las luces externas. El ambiente impregnado de limpiador con olor a pino y a cloro y la luz son percepciones que se transforman en esferas, espejos deformantes del cuarto, canicas a las que como frutas rechinantes las rebana un filo luminoso. La lanceta que corta el vidrio te lastima. Tu rostro vendado se conmueve moviéndose al otro extremo de la almohada. Aparece el rostro de Santiago creado por la luz del foco desnudo, su nariz perfecta te rosa la frente, sientes su respiración y la lija de sus mejillas que se frotan contra tus mejillas. Sabes de memoria que mientras te abraza ondea una sonrisa coqueta. Te susurra algo al oído, le sonríes. Te pegas a su cuerpo. Lo conoces a la perfección. Anticipas la inclinación de su rodilla contra tu pubis. Sabes dónde ha dejado sus manos y cómo ensartar tus propias manos en sus dedos. Sabes dónde terminan sus pies y sólo puedes alcanzarlos si te estiras. Sabes a qué altura está su cadera y de qué tamaño es su sexo dormido, a medio dormir, despierto.
De pronto vuelves a ser consciente de que Santiago es una imagen inyectada desde la clepsidra de suero. Él no está aquí. Percibes la luz del amanecer. Estás drogada. Y, sin embargo, aún sientes como si durmieras a su lado. La imagen casi real de Santiago, junto con el zumbido de un refrigerador cercano, terminan por desvanecer tu sueño. Santiago fue quien te hirió. Fue un accidente. No, fue un lapsus inconsciente pero voluntario de él. Quería hacerte daño como tú querías hacerle daño, pero fue él quien dio el paso. No. Quieres dejar de pensar. Piensas en nubes blancas que pasan lentamente. Tratas de concentrarte en ellas. Santiago proyectó todo su peso en el lance y atravesó tu máscara. Quiso matarte. A partir de ahora eres tuerta. Quieres llorar. Recuerdas las veces en que tenías pensamientos oscuros y querías clavarle un cuchillo en el corazón, luego te pellizcabas el brazo para dejar de pensar eso. Te sentías culpable porque era falso pero verdadero a la vez. Lastimar a Santiago era un pensamiento recurrente que te avergonzaba y seguramente él sentía lo mismo. Quería deshacerse de ti y no se atrevía. Después de tantos años juntos te odiaba pero no podía aceptarlo, por eso cometió ese lapsus. Recuerdas la vez que quisiste serle infiel sólo para tratar de exorcizar los pensamientos oscuros: “si me acuesto con Jim -pensaste- me sentiré culpable e iré a abrazar a Santiago, volveré a ser cariñosa. Necesito un amante para querer bien a Santiago. Dejaré de tener esta obsesión de hacerle mal.”
No hay nadie en el cuarto, ni siquiera la enfermera. La transpiración te ha empapado las vendas. Tu ojo, nuevamente abierto, es el espejo de la mitad de tu alma.