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20090611

Manual práctico de las distancias cortas IX: De la compatibilidad entre la pasión amorosa y la amistad

¿Tienes un minuto? Soy Santiago. Me enteré que estás diciendo que te vas a vengar de mí. No sé qué pretendas hacer, pero por lo menos es tiempo de decirte lo que pienso realmente sobre lo que pasó. Puedes reclamarme muchas cosas, por ser cobarde o ingrato, pero no porque lo haya planeado o porque te odie. Desde ahora te digo que no te he visto porque lo que pasó es insoportable para mí. Busca entonces otros argumentos. Tú me odias y tienes razón, yo nunca te odié y sigo sin tener razón para odiarte. Me escondí por miedo, insisto, pero no soy un criminal.
Es verdad que las cosas se fueron pudriendo entre nosotros desde antes, pero no interpretes el accidente como la gota que derramó el vaso. El accidente fue un accidente. Andas diciendo que ya traíamos problemas y que quise matarte. Cuando vivíamos en Boston tenías la teoría de que una cosa son los amigos y otra los amantes, y que nuestra relación era destructiva. En cambio, para mi todo era normal, quería casarme contigo. Desde un enfoque realista, terrenal, eras mi “mujer ideal” ¿me entiendes? Quiero decir que a pesar de tus defectos eras todo lo que yo necesitaba. Aunque no fuéramos completamente afines. Por ejemplo, llenaste el departamento de bichos, lo que hubiera desquiciado a cualquier otro y no te reclamé. Esa rana argentina que silbaba en las noches, sobretodo cuando oía rechinar la cama. ¡Yo estaba escribiendo una tesis de doctorado y necesitaba dormir bien! Y trajiste la ardilla coreana que se cagaba en mis libros y durante un tiempo el hurón que apestaba a alquitrán. Pero yo te amaba, te perdonaba eso y más. Incluso llegué a amar tus mascotas como un reflejo de cómo te quería.
En primer lugar, independientemente de nuestra historia, es obvio que tienen que poder ser compatibles la pasión y la amistad, porque si no valdrían madres todas las relaciones amorosas, pues no habría parejas con algo de estabilidad. Tu idea de que la amistad o la pasión pueden durar pero nunca juntas es porque estabas fascinada con los amantes de las novelas de Kundera que durante décadas se ven a escondidas una o dos veces al año. Y entraste en ese trip, en ese delirio de los amantes eternos ocasionales, lo llevaste demasiado lejos. Si de por sí era destructiva tu furia de morderme, de lamerme hasta el ombligo, por no decir otras partes. ¡Todos esos excesos que me enseñaste! ¡No estaba acostumbrado, con las novias mojigatas que tuve! Nos apretábamos el cuello cada vez más fuerte. Luego yo ya empezaba a hacer cosas tan idiotas como cancelar tu boleto de avión a México para que te quedaras conmigo en la cabaña, pero en vez de pasar una semana más de vacaciones te corrieron del trabajo y te encabronaste. Obviamente. Pero si yo quería darle intensidad a nuestra relación, creo que tu querías armar un escándalo para que terminara todo. Al final nos guardábamos algo de rencor, pero el accidente no fue resultado de los excesos, no mames, no seas injusta.
Siempre te influenciaron las novelas que leías. Tal vez la amistad y la pasión no se lleven, pero retrospectivamente pienso que no íbamos a dejar de ser amigos para ser solamente amantes, ni al revés. Eso no lo hubiéramos podido decidir así. No podíamos clausurar la amistad para que la pasión circulara. Tampoco ser “solamente amigos”, qué absurdo. A menos, obvio, que nos hubiéramos separado, pero no se trataba de eso. ¿Qué debimos haber hecho? No veo en qué supuestamente nos equivocamos. Del lado de la amistad... íbamos al cine con el mismo gusto, a ti te hacían llorar las películas iraníes, a mi si acaso algún melodrama comercial sobre niños huérfanos, como en Inteligencia Artificial de Steven Spielberg (pero fue porque mi mamá acababa de morir). A mi me daba por ir a misa de vez en cuando y en esos casos tu no criticabas a la Iglesia, no te burlabas, me respetabas y, a cambio, en las cenas con amigos esnobs ateos yo te dejaba criticar a la Iglesia. Sí éramos muy amigos, no queríamos hacernos chingaderas, nos protegíamos.
¿Por qué me fui? Por lo que pasó. Porque las malditas coincidencias pueden ser perversas. No lo sabes pero poco antes del accidente había estado leyendo en la biblioteca de la universidad un libro de Bataille, un libro muy raro sobre ojos que son personajes, que se prostituyen, que gozan, que se relacionan y entonces ven según viven, ven según cómo los tratan. No sé, algo muy raro. Me fui por lo que pasó o cómo lo viví. Cómo lo ví, cómo lo escuché. Tu grito fue menos espantoso que la sensación instantánea de atravesar tu rostro, verte caer y seguir sosteniendo el metal. Te ví revolcada en medio de patadas y quejidos. Fue terrible. Mis brazos se fueron comprimiendo como las patas de un insecto agonizante. Llegó don Arturo, se arrodilló frente a ti y te quitó la careta perforada. Yo me dejé caer al suelo. Permanecí escondido unos segundos en la oscuridad creada por mis párpados, deseando que eso no estuviera pasando. Antes de volver a abrir los ojos se repitió la escena en mis entrañas: vi tus senos saltando con la misma imprudencia que tus piernas en medio de una selva de ruidos de guerra. Volví a verte cuando me acorralabas hasta hacerme chocar de espaldas con la pared, y lo juro, de no levantar el florete al nivel de tu cara, te habría perforado el corazón, no el ojo.
Don Arturo y un instructor sujetaron tu cuerpo histérico y te llevaron cargando. Mientras se desvanecían tus gritos por la distancia los míos comenzaron a aparecer en aquel rincón del gimnasio. Un lamento infantil me mantuvo comprimido como un feto. De pronto, descubrí mi mano aferrada al mango del florete y la separé como si cogiera una braza. Me levanté y caminé en la dirección ineludible de tu sangre. Entonces, algunos de los que miraron la tragedia se atrevieron a preguntar por lo que había pasado y un hombre me ayudó a quitarme la careta. Busqué en mi maleta las llaves del auto y fui al estacionamiento sin cambiarme de ropa. Mientras conducía se repetía otra vez el sonido de tus gritos, intermitentes, como la sirena de una ambulancia.
Encontré el hospital a donde te habían llevado. Entré a verte. Tu respiración producía un silbido aunque estabas dormida. Estabas vendada pero de todos modos no me atrevía a mirarte de cerca y ver “mi obra”. De pronto, se abrió tu ojo y huí instintivamente del cuarto, lleno de terror.

20090517

Manual práctico de las distancias cortas VIII: Del azar y la necesidad

La mayoría de las mujeres coincidirán en que no es posible llamarle “hacer el amor” al hecho de acostarse durante la primera cita y menos aún cuando uno lo hace a cuatro patas (manos) en un jardín, como me ocurrió con Rosalba. Supuestamente nuestros juegos de lenguaje excluyen que se pueda decir que se “hace el amor” cuando se trata de sexo con una desconocida, con una prostituta o por mero placer (sin cariño, amistad o algún otro tipo de apego). Esa es una opinión consensuada, acaso comparable al consenso de mis amigas contra el tirol de mi departamento: “Ya te he dicho que quites eso, se ve espantoso, si quieres yo te presto dinero” me dice siempre Serendipiti; “Oh qué lata contigo ¡Que aplanes las paredes! El tirol ya no está de moda” insiste Luisa y así otras. Tanto en el caso del uso de la expresión “hacer el amor” como con respecto al tirol, el hecho de que las mujeres que conozco alcancen la unanimidad no significa que tengan razón, ni que esas opiniones sean muy profundas. Quitar o no el tirol de las paredes y del techo no es algo trascendente y sí me cuesta cuatro veces más caro que simplemente pintarlos; la única motivación de esta actual fobia burguesa y femenina contra el tirol parece ser una estética conformista: mis amigas y sus familias quitaron el tirol de los muros de sus casas en las últimas décadas, lo que constituye un signo de identidad de clase, de clase media para arriba. Lo mismo ocurre con la expresión “hacer el amor”, está viciada por presupuestos culturales como los que pretenden que existen posiciones sexuales más civilizadas que otras. Hacer el amor a cuatro patas y en la primera cita no sería hacer el amor.
Pero uso la expresión “hacer el amor” por falta de alternativas. Si eludo lo más posible –no siempre- el verbo “coger” es porque guardo la esperanza de contar algún día entre mis lectores con extranjeros, españoles entre otros. Como se sabe, “coger” no se usa en España, “fornicar” tiene un dejo católico, “chingar” es demasiado equívoco en México y “tener relaciones sexuales” suena a algo puramente biológico. Como me dijo Rosalba, a diferencia de los virus, las bacterias tienen relaciones sexuales, pero no “hacen el amor”.
El caso es que todavía estaba en Guadalajara cuando Serendipiti me llamó para que le contara de mi encuentro con “Shamanta”.
-Su verdadero nombre es Rosalba, pero te hablo mañana –le respondí.
-¿No puedes contarme ahora?
-No, te llamo después.
-Sólo responde con un sí o un no –insistió Spiti- ¿encontraste lo que estabas buscando?
Después de un lapso reflexivo le dije “adiós” y le colgué. Semejante pregunta ya no tenía respuesta. ¿Qué era lo que estaba buscando? Es difícil saberlo. No había venido a Guadalajara a buscar una madre para mis hipotéticos y quiméricos hijos (antes de llegar ya sabía que Rosalba tenía 42 años). Mi plan se resumía a bajar de mi torre de marfil y conjurar a como diera lugar la profecía que veo tan clara como un Nostradamus con visión de Supermán de que tendré una vida dedicada a cultivar la monotonía y la soledad. Pero ahora Rosalba acababa de sorprenderme y de ponerme ante un futuro distinto del que me corresponde naturalmente, un proyecto de vida fuera de mi destino manifiesto como profesor.
Iré por partes. Nuestro encuentro había sido sexualmente satisfactorio, pero la complicidad que había comenzado a unirnos no derivaba sólo de eso. Aunque en nuestros días no sea raro que un par de solteros se acuesten a la menor provocación, no por eso superan necesariamente el papel de desconocidos, se requiere de algo más. Rosalba y yo sí lo superamos, rápidamente estábamos yendo más allá porque nuestra conversación era sincera y casi había topado con pared, con la pared de nuestros traumas y deseos más secretos. Y es que cuando dos personas se conocen a través de un sitio de encuentros saben a lo que van y son más directas.
Cada uno había confesado envidias, frustraciones y proyectos que en otras circunstancias habrían sido inconfesables. Rosalba me hablaba una y otra vez de su exnovio, el que le había sacado el ojo en el accidente. Santiago había sido su único gran amor, habían sido muy felices juntos. Y ahora había vuelto a Guadalajara para vengarse de él o para perdonarlo, aún no lo había decidido. Yo le hablaba de mi reciente miedo a la soledad y de mi teoría acerca del amor.
Es imposible describir un denominador común de las mujeres en materia sexual. A partir de mis limitadas experiencias puedo decir que para algunas un orgasmo es cuestión de minutos (una gran intelectual que fue mi amante me decía: “me encanta hacerlo así de rápido porque me deja tiempo para leer” y, de verdad, es una devoradora de libros). En cambio, para otras es asunto de horas (conocí una vez una maravillosa mujer marina con quien el amor era como un triatlón y la vida cotidiana con ella era como practicar buceo en aguas profundas). Para algunas más el orgasmo es algo trivial, para otras es trascendental; vaginal o clitoridial; es como la exaltación de recibir un regalo o como el escalofrío que produce probar un tamarindo enchilado. No hay definición estándar de un orgasmo femenino.
Hasta donde he podido observar, siempre existe para una mujer una posición sexual tabú, el problema es que cambia según la persona y es imposible saber cuál es antes de experimentarla. Para algunas mujeres el sexo oral es el símbolo por excelencia de la fusión mientras que para otras siempre es sucio. Dicho sin rodeos, he conocido mujeres que casi me arrancan la cabellera cuando mi boca descendía hacia su sexo y mujeres que me acusaron de “neoliberal” porque sugerí que nuestro intercambio tuviera la simetría del yin-yang:
-¡No sabes cómo me molesta que en nuestros días la gente no sepa recibir sin tener que dar! -me regañó esa chica de cuyo nombre, sin embargo, sí quiero acordarme. Estaba furiosa porque la interrumpí buscando ser recíproco, se vistió y se fue.
Como me dijo hace décadas René Crespo “el respeto al complejo ajeno es la paz”, pero ¿cómo anticiparse si no conoces los complejos del otro? Para las parejas casadas es más sencillo pues los esposos rápidamente asimilan los tabús del cónyuge, se adaptan y archivan los respectivos deseos prohibidos en la bodega del subconsciente. Para los solteros empedernidos, en cambio, cada mujer lleva consigo una mina antipersonal que corre el riesgo de estallarnos en el bajo vientre.
Como los buenos psicoanalistas, Rosalba interrumpió mi explicación para exhibir una gran fractura en mi teoría:
-Eres un gran amante, en teoría y en la práctica…
-No creas, no creas.
-Escucha. Sabes muchas cosas, pero vas por la vida todo acomplejado, todo inseguro. Te quedas esperando que sean las mujeres las que te elijan, a penas te atreves a poner un tímido anuncio. Sabes mucho del amor pero no eres para nada un seductor. No tienes nada que ver con los grandes seductores. Piensa, por ejemplo, en el ex embajador de Estados Unidos, Tony Garza, que sedujo a la millonaria accionista de Cervecería Modelo. ¿No admiras las grandes maniobras de seducción? No es el azar lo que los unió, fue una campaña, un plan maestro.
-Pero yo no necesito casarme con una millonaria.
-No. Pero tu frustración tiene que ver con tu pasividad. Dejas el amor al azar. Para los verdaderos seductores, no existe el azar. Ellos deciden.
-Pero el azar sí existe, vivimos en un universo incierto. Te voy a prestar un libro de Heisenberg, de Prigogine o alguna introducción a la mecánica cuántica –le dije a Rosalba.
-Mejor tengo una propuesta para ti. Mira, nuestra relación es y será cómica. Te aprecio pero está claro que no iremos muy lejos. Eres más joven que yo y estás buscando formar una familia. Podemos ayudarnos en nuestros respectivos planes…
Luego, Rosalba me explicó su proyecto: se trataba de elegir a una mujer y seducirla, contra toda probabilidad, domesticando el azar. Su propuesta era Luz Irizábal, la esposa de Santiago; era una mujer muy bella, inteligente y famosa en el estado de Jalisco por sus proyectos filantrópicos. Rosalba me aseguró que Luz estaba frustrada sexualmente:
-Literalmente Luz se está apagando de tan malcogida que está. Se le nota en la cara, en la voz, en el cuerpo. Te lo aseguro. Además, conozco perfectamente la causa. Conozco a su marido mejor de lo que ella lo conoce. Ella sabe que yo lo sé. Necesita urgentemente otro hombre, pero no lo va a buscar sola, necesita que la seduzcan.
-Sinceramente –le respondí a Rosalba-, creo que estás especulando y que me estás queriendo usar.
-Te puedo asegurar que ella necesita que la salven.
Me explicó los detalles y no tuve más remedio que concederle cierto peso a lo que me decía. Rosalba había vivido cinco años con Santiago y conocía sus virtudes y sus defectos más íntimos. No podía equivocarse.
-Todo el éxito de mi relación con Santiago –me dijo Rosalba- viene de que éramos compatibles sexualmente, y él no es compatible con casi nadie. Todas sus anteriores relaciones habían sido un fiasco, siempre por problemas sexuales. Santiago me está destinado desde el punto de vista fisiológico, no creo que pueda hacer el amor con ninguna otra mujer. Luz no pudo saberlo antes de casarse con él, se casó apresuradamente. Seguramente pensó que sus problemas eróticos eran temporales.
Rosalba también me enseñó una revista de sociales donde Luz Irizábal aparecía en todo su esplendor, durante la inauguración de un orfanato. En efecto, era una mujer extremadamente guapa como cualquier otra mujer extremadamente guapa de las que abundan en las revistas femeninas, pero quizá con ella no fuera imposible casarme. Rosalba tenía razón, yo no era un seductor y éste era un legítimo reto, más aún, un experimento metafísico acerca del determinismo y la libertad.
-Piénsalo –me dijo sonriendo.
-Estamos igual de locos tu y yo –le respondí- ¡Tengo cosas más importantes de qué ocuparme que tratar de seducir a esa señora!
-¿Estás seguro?
-No –confesé al cabo de tres segundos-, tienes razón, ¡qué podría ser más importante!

20090414

Manual práctico de las distancias cortas. Segunda parte: de la amistad

Ante el silencio de las destinatarias a las que había enviado mensajes en el sitio de encuentros, mi instinto de autoestima salió en su propia defensa: "esas pobres chicas deben estar desbordadas de actividades -pensé- y no se conectan con frecuencia a Internet, por eso no te escriben; debes comprenderlas y tenerles paciencia". Pero mis pulsiones autocríticas se aliaron con el enemigo en contra de mi instinto de autoestima: "basta con revisar cuántas están conectadas a Internet". Una pequeña señal roja en la página de cada usuaria del sitio de encuentros mostraba si estaba conectada o no. Cuál sería mi sorpresa: la mayoría de las chicas estaban conectadas. Probé horas más tarde y confirmé mis temores: varias seguían conectadas. Luego de varias pruebas pude darme cuenta que las candidatas seleccionadas por mi para salir conmigo podían clasificarse en diurnas y nocturnas, pero que independientemente de esta observación sociológica la mayoría estaban sacándole mucho provecho a su suscripción. ¿Si no me respondían qué estarían haciendo? Flirteando con otros, obviamente. ¡Esas mujeres estaban con los demás usuarios y no conmigo! ¿Con quiénes? ¿Con los innumerables burócratas trajeados y engominados que aparecían en el sitio de encuentros? ¿Con los rancheros que usaban seudónimos como papituyo, fightlover, gueroranchero? Me costaba trabajo creer que alguna de mis favoritas pudiera sentirse atraída por tipos que se hacían llamar divorciado007 o volcanjalapeno.
Entonces sentí que había cometido un gran error al anunciarme en ese sitio de encuentros. La vergüenza no era que yo, un intelectual, estuviese ahí, sino que ninguna chica me eligiera y que me colocasen al final de la lista como a un paria. La angustia de que la noticia de que nadie me había contactado se difundiera por obra de Serendipiti entre mis amigos comenzó a invadirme. Tenía que hacer algo y de manera urgente. Tenía que ampliar mis criterios de búsqueda, modificar los parámetros y aumentar el número de mujeres que potencialmente pudieran aceptar mis avances. Entré al sitio al borde de un ataque de nervios y modifiqué mis preferencias: “Hombre de 37 años busca mujer de entre 18 y 55 años”. Punto. Borré la mayor parte de las florituras y especificidades en el rubro “tu pareja ideal”. Intereses: marqué "no seleccionado", raza: marqué "no seleccionado", profesión: marqué "no seleccionado"; ingresos: marqué "no seleccionado"; estado civil: marqué "no seleccionado". Eso ampliaba mis horizontes lo más posible. Desde luego, no significaba que estaría dispuesto a acostarme con cualquiera sino, más bien, que invertiría más tiempo en el proceso de selección, que me convertiría en una especie de headhunter de mi propia compañía. También cambié mi presentación, inspirándome en una retórica kantiana: “El ser humano es complejo, no debe ser reducido a un medio sino que es un fin en sí mismo y va contra la dignidad de las personas pretender definirlas rígidamente. Por eso busco alguien muy especial a quien no pretendo definir a priori.” Los frutos llegaron rápidamente. Fue gracias a esta estrategia que Shamanta entró en contacto conmigo. Era una tapatía de 42 años, pechona como una codorniz y falsamente rubia. Pero no estaba fea. Transcribo el primer correo electrónico que me envió:

“Soy verdad –verdad impura-,
“transparente, sin recodo:
“no puedo ser de otro modo
“ni transformar mi estructura.
“En mis entrañas fulgura
“la obsesión de un pensamiento
“que es hambre sexual que siento
“en mi cerebro encendida.
“Es incurable mi vida:
“¡soy y seré sexo hambriento!”

Un puñado de personas, las que me conocen mejor, saben cuántas veces he iniciado este Manual práctico de las distancias cortas, la primera en un cuaderno de adolescente, luego en una libreta de contabilidad robada a mi jefe, más tarde en un foro de discusión por Internet. Y siempre ha naufragado, quedando fatalmente inconcluso, perdiéndose unas partes cuando avanzo en otras. ¿Cómo debo traducir la palabra francesa pitoyable? En el sentido de este reiterado y pitoyable esfuerzo de querer expresar otra vez lo que había intentado ya, sin éxito, una y otra vez. La palabra viene de piedad (pitié, pitoyable), pero alude más bien al desprecio (es pitié meprisante), de tal modo que remite en castellano a ridículo y miserable. Ridículo y miserable esfuerzo de recomenzar el Manual. Pero no es un azar si para Freud la pulsión de placer (del niño hacia su madre, del padre a la hija, de todos hacia su propia libido) y luego la compulsión de repetición (esas obsesiones que nos definen a través de los actos recurrentes) explican lo más profundo de la naturaleza humana. Y ambas explican este texto que estoy escribiendo: pulsión de sexo y de amor que se retuerce sobre sí misma y se convierte en obsesión de la pulsión, repetición circular de esta misma pasión enfermiza. Mi supuesto "romanticismo" no es más que un erotismo que se ignora, mi "erotismo" no es sino lujuria reprimida, mi "lujuria" es pornografía por otros medios y sólo a esta última debe quitársele las comillas y dársele el título de obsesión. Sólo la voluntad obsesiva de escribir el Manual podía hacerme vencer el miedo de encontrarme con alguien como Shamanta. Y estaba listo para vencer mis temores.
Un vulgar hedonista creería que saciar hasta el máximo los instintos carnales es lo que busca secretamente este escribidor, como todos los pornógrafos libertinos. Pero es falso, es imposible creer que lo que perseguimos es la orgía perpétua, prolongar el placer, renovar la excitación con la escritura ¡cómo pensarlo si escribimos exhaustos, vaciados, justo cuando las experiencias que traducimos en palabras nos han abatido! Los textos eróticos pueden despertar la libido de los lectores pero no son escritos en un estado libidinoso, son un extrañamiento de sus autores respecto de sí mismos, un recuerdo. Son la traducción en palabras de lo que forzosamente es un amasijo de sensaciones y pensamientos ya no sexuales sino intelectuales, y que necesitamos desmelar no para seguir gozando sino para no vivir confundidos.
El caso es que fui a casa de Serendipiti y le leí el mensaje de Shamanta.
-Esta mujer es una usurpadora –me dijo-, te apuesto a que el poema que te envía no es suyo.
-Eso es lo de menos, Serendipiti. No se trata de un problema de derechos de autor. No te concentres en la parte de la usurpación, sino en la otra.
-¡Cómo! Si miente en algo así, mentirá en cualquier circunstancia.
-No, ella no ha mentido, porque no me ha dicho que sea la autora del poema.
Ví cómo Serendipiti me jalaba a su lado y fruncía la boca como si quisiera consolarme:
-No necesitas relaciones virtuales por Internet.
-Ya lo sé –respondí-, las prefiero reales.
-Eres un hombre que vale la pena, encontrarás el amor, serás amado, no necesitas ir hasta Guadalajara –continuó Serendipiti mientras me masajeaba el cuello debajo de las orejas.
-Sólo quiero divertirme un poco, Spiti… –alcancé a decir antes de que mi boca fuera clausurada por sus dientes que apostados sobre mis labios abrían paso a su lengua, misma que entraba a buscar mi lengua, al mismo tiempo que sus brazos me rodeaban y una de sus piernas se enroscaba en otra mía. Fue así que volví a quedar saturado y condenado a escribir estas líneas como catarsis. ¿Me entienden? Cuando el libertino pornógrafo ha dado hasta el límite de sus fuerzas e implorado tregua, sólo entonces puede -debe- comenzar a escribir:
Hicimos el amor dos veces, o toda la noche, según como se vea. Serendipiti tiene el don de unir el sexo a la conversación: su voz me susurraba preguntas al tiempo que me mordía las orejas. Al ritmo de anécdotas inacabables modulaba el oleaje de nuestras caderas. Y sólo dos veces en aquella noche debimos detener nuestra conversación completamente para dar paso a la marea, casi la tormenta, una danza violenta en la que hincados parecíamos rezarnos el uno frente al otro, articulados parecíamos cabalgar o atrapados de quien sabe qué asidero parecíamos columpiarnos. Dos veces; toda la noche. Fue éste el primer resultado tangible de mi suscripción al sitio de encuentros y no ocurrió, paradójicamente, con una chica inscrita en el mismo. Días después, Serendipiti me mostró con pruebas en la mano que, en efecto, el mensaje de Shamanta correspondía a una décima del poeta jaliciense Elías Nandino, de 1948, que había plagiado de Internet.
-Ya ves, te salvé de una plagiaria –me dijo satisfecha esta amiga buena.

20090409

Manual práctico de las distancias cortas. Primera parte: Elogio de los sitios de encuentros

Hasta ahora he sido bastante feliz, pero pienso en el futuro y me miro como un anciano solitario, leyendo en un departamento asoleado, al lado de una ventana que mira al sur, en el último piso de un edificio, en un barrio lleno de cafés y restaurantes. Encerrado en esa torre deseo que me llamen por teléfono, que me busquen pero, al mismo tiempo, la sirvienta que sacude el polvo de los libreros me distrae, el ring-ring del teléfono me interrumpe y me irrita, igual que los estudiantes que sólo me traen más y más trabajo (en su mayor parte, tesis con párrafos plagiados de Internet que desde hace años me he resignado a no documentar, ni llevar a la burocrática comisión de faltas de la universidad). En ese futuro no sabré NO estar solo.
Reniego de esa imagen y, sin dudarlo, de un impulso me instalo frente a la computadora. Elijo mediante google un sitio de encuentros amorosos al azar. Tardo diez o quince minutos en entender el mecanismo. Me inscribo y subo una foto mía. Redacto un anuncio, igual que un anuncio de ocasión: “Hombre de 37 años busca mujer de entre 25 y 35 años para charlar, cenar y, luego, quizá, convertirnos en amigos o, mejor, amigos-amantes”. Lo pienso un minuto y agrego: “Da miedo mostrarse aquí pero la vida es corta, ‘el que no enseña no vende’. Sí, venderse, mostrarse ante miles de personas interesantes que están allá afuera”. No me gusta del todo pero lo envío, al fin y al cabo se trata de un aviso más entre miles.
En la antigüedad, como dice Borges, el tiempo debía transcurrir más lentamente. Los viajes eran larguísimas travesías que podían durar una vida entera y las relaciones humanas eran escasas pero firmes. La nostalgia era densa y dependía de grandes separaciones (el marido que se va a la guerra durante años, el hijo que parte para siempre). Hoy, la nostalgia es igual de fuerte pero depende de la separación y del abandono permanentes que resultan de la proliferación de los encuentros, de la aceleración del tiempo. En el sitio de encuentros por Internet veo mujeres, muchas, tantas que no sé a quien dirigirme: la bella oriental de 26 años, con chongo, que sonríe coquetamente; la morena de 34, bellísima, que ama como yo Diablo Guardián, la novela de Xavier Velasco; la cubana bellisisisísima de 32 que se estira ante la cámara como recién despertada o quizá que se remueve por un escalofrío (un gesto que, en todo caso, es tan encantador que me produce un prolegómeno de erección); la joven madre, pecosa, de 25 años que vive con sus padres y que busca “una relación intensa, pero respetuosa”... Desde luego, estas son las joyas que encuentro entre decenas de fotos ordinarias de mujeres normales que buscan una pareja. Pero ese puñado es suficiente para llenarme de entusiasmo. Ante aquella panoplia de historias posibles olvido la imagen de mi futura vejez solitaria y pienso que debería intentar salir siempre con cada una de ellas, con todas ellas, con cientos de mujeres bellas e inteligentes desde ahora y hasta que pueda, aunque pase mis últimos días solo como un perro. ¡Esta es la época que me tocó vivir y debo aprovecharla! ¡Qué hubieran dicho Anaïs Nin, Henry Miller, Elías Nandino o Michel Foucault de la expansión geométrica de las posibilidades del encuentro furtivo, del matrimonio breve, de las 9 semanas y media de pasión! Recapacito, la enorme mayoría de aquellas mujeres dice querer una relación estable, tener hijos, fidelidad, etc. Yo mismo lleno el formulario según la tendencia dominante: dispuesto a tener hijos, a comprometerme, etc. Siendo realistas, cada encuentro con una supondría necesariamente la renuncia a otras relaciones: si la joven oriental me responde y la veo en un café un domingo, la cubana estará con otro a la misma hora. Cada encuentro una separación. Es lo justo. No caben todas las historias. La multiplicación de las historias no es sino la fragmentación de las grandes en decenas de pedazos de historia, de aventuras. Las nuevas tecnologías no han logrado aún que una persona esté en dos camas a un mismo tiempo, menos aún que el “amor de su vida” sean muchos amores.
-Ay, ten cuidado. Es peligroso –me dice Speranta, es decir, Serendipiti cuando le cuento que me he suscrito a un sitio de encuentros amorosos-. No sólo porque te puedan secuestrar sino porque no sabes con quien te vas a topar. Y usa condón, por favor.
-Desde luego.
-¿Por qué mejor no te anuncias en facebook, anuncias que estás buscando a alguien? –dice.
-No, esas redes cibernéticas de amigos como facebook o hi5 son endogámicas, son conservadoras. Atentan contra la intimidad porque anuncian en tu red de conocidos lo que ocurre en tu vida. Y lo peor es que son casi racistas ¿Crees que en las redes de los supuestos intelectuales izquierdistas hay muchos obreros? En cambio, ven, mira las listas de quienes buscan encuentros amorosos aquí: rancheros con sombrero y pecho descubierto recubierto de cadenas doradas, estilistas fotografiadas al lado de la torre Eiffel, diseñadores y ayudantes de diseñador, choferes, jovencitas de un pueblo donde todos los hombres se han ido a Estados Unidos. Esto sí es horizontal.
-¿Y entonces por qué solicitas un perfil determinado de mujer? –pregunta Serendipiti- Excluyes a las mujeres mayores de 36 años, a las que no viven en el Distrito Federal, a las que no tienen maestría.
-Tienes razón, lo reconozco, pero no son dogmas, son sólo criterios prácticos para acotar entre miles de opciones, criterios que podrían cambiar. Ellas también eligen un perfil. Pero al menos compartimos todos una misma plataforma y quizá si me gustara una mujer con un perfil que no había considerado a priori, la buscaría y tendríamos hijos juntos. Una vez, en París, una taxista africana me dijo que el deber de un migrante exitoso es regresar a su país, casarse con una mujer más pobre que él y subirla en la escala social. Creo que, desde el punto de vista moral, tiene razón. ¡Pero hay tantas obreras que no sabría por dónde empezar!
-Mmmmm.... veremos -dice Serendipiti- Apuesto que acabarás con una clasemediera con estudios superiores. ¿De verdad son tan democráticos y justos los sitios de encuentros?
-No. Creo que exagero. Por ejemplo, son codiciadas las güeras más allá de toda lógica. Estamos en México ¡Abundan los hombres intoxicados por la publicidad! Por otro lado, debes pagar 300 pesos para poder comunicar durante un mes, eso no es muy democrático.
Me despido de Serendipiti. Curiosamente, a la semana de haber colgado el anuncio de mi mismo, ni la chica oriental, ni la cubana, ni la morena, ni la joven madre divorciada habían respondido a mis “guiños” y mensajes. Mi autoestima comenzaba a verse afectada. Modestia aparte, es curioso que haya un hombre joven con doctorado en la Sorbona, disponible a la mejor postora y que las mujeres no se precipiten hacia él. ¿Serán tímidas? Imposible, han pagado por el servicio y seguramente quieren aprovecharlo al máximo. O tal vez, me dije, he dejado de ser joven. ¿O es que tener un doctorado no es una gran virtud social? ¿Es como un indicio de una vida aburrida? “Mujer que sabe latín, ni encuentra marido ni llega a buen fin”, pero ¡un hombre culto, profesor, con una plaza burocrática a perpetuidad! Ante la inminencia del fracaso, decidí adoptar una posición proactiva y envié un mensaje más insistente:
“Hola. Dime, por favor, si mi perfil te pareció grotesco o mis frases, y por qué no he recibido ni siquiera una negativa cortés de tu parte. Ya sé que fui muy cínico cuando escribí que ‘quien no enseña no vende’, pero piensa que la mayoría escribe en su perfil ‘No busco a nadie’. Tu misma lo haces y citas a Fito Páez (‘y yo no buscaba a nadie y te vï’), lo cual me parece, sinceramente, un tanto ridículo. ¿Realmente no estás buscando a nadie? ¿Pagaste los 300 pesos de inscripción nomás porque sí? En fin, al menos podemos presentarnos y despedirnos en el mismo acto ¿no? Por cierto, insisto en que te ves guapísima en esta foto y, por último, también insisto en que mi perfil está incompleto; pensé que era mejor conocer personas sin que se guiaran por datos duros sobre mí, pero gano bien mi vida, estoy lleno de chamba pero me puedo organizar para disfrutar de la vida y sacarte a pasear; me encanta viajar; hago yoga. ¡Escríbeme! No perdemos nada si platicamos.”
Desde luego, no podía personalizar mi respuesta y la envié, como machote, a todas las chicas a las que había enviado un mensaje al inscribirme al sitio y que no me habían respondido. Sólo una de ellas citaba a Fito Páez pero, ni hablar, los trabajos finales de mis estudiantes comenzaban a acumularse peligrosamente y no podía dedicar más tiempo a recomponer mi vida personal. Lo que habría de ocurrir poco después creo que no podré olvidarlo jamás.

20090331

Cuaderno de cuentas: compulsión de repetición

Escribo en las páginas libres de nuestro cuaderno de cuentas, cuando tú ya te fuiste. El cuaderno es un curioso souvenir. Aquí anotábamos nuestros gastos y de vez en cuando hacíamos en él las sumas y restas. Las dos columnas son en cierto modo la prueba del respeto y equilibrio de los dos grandes amantes que fuimos. No permitimos que nos llegara el tedio, al hacer el amor siempre apretamos los dientes, gemimos de placer. Tú coronabas nuestros enlaces con una gran sonrisa extática, frotando tu mejilla contra tu hombro. Además de eufóricos, éramos celosos y posesivos; llevábamos muy bien las cuentas de nuestra vida juntos. A alguien le parecerá vulgar, mezquino, desprovisto de romanticismo hablar de números. ¡Que el marido no exhiba cuánto dinero le dio a su mujer, ni viceversa! Nosotros, en cambio, éramos socios, fabricábamos vértigos y orgasmos. Alfareros, herreros, teníamos gran habilidad. Yo torneaba tu cuerpo con las manos mojadas. Redondeaba tus nalgas y el surco de tu espalda; modelaba tus hombros, apretaba tus senos hasta que tus pezones quedaban atrapados naturalmente entre mis dedos. Lo hacía una y otra vez hasta tensar tus músculos y recubrirme con ellos. Tu solías asirte de la base de mi pene y subirlo rítmicamente hasta tu boca, hasta convertirlo en un eje de rotación, de inclinación, a veces de grito (mío). Quienes nunca han intentado un negocio o trabajado un verano como vendedores no podrían entender lo que estábamos fabricando. ¡Cómo podría entrarles en la cabeza que nos habíamos asociado para lograr un producto auténtico, original, el de mejor factura! En realidad no uno sino dos productos, distintos, propios. Dos soledades. Queríamos dejar atrás el susurrarle frases cariñosas a los fantasmas y descontinuar al sujeto ficticio de las canciones de amor, baratijas de mal gusto ¡A la mierda los mercenarios de seguros (“quédate para siempre”, “quiero morir a tu lado”)! ¡A la mierda la epidemia de neurosis amorosas!
Quien vende y quien compra, quienes intercambian, se benefician, ambos, aunque el precio sea alto, aunque el producto tenga defectos; de otro modo no llevarían a cabo la transacción. No merece llamarse intercambio voluntario el del marido y la esposa que se detestan secretamente y que estarían mejor solos.
Listos para competir cada uno por su lado contra el gigantesco monopolio, tu y yo nos fundimos en una última faena, una gran alianza. Terminamos jadeantes, llorosos, pero convencidos de nuestros respectivos planes de negocios. Nos vestimos y nos separamos, seguramente para siempre. Ahora, por no dejar, decido escribir en nuestro cuaderno el total. Trato de calcularlo...
La verdad es quizá que escribo en este cuaderno por compulsión. Repito cada vez el mismo ritual. Acaso un ritual de purificación, una catarsis; acaso una pulsión exhibicionista. Creo que es también un juego social: hablar antes de que el pudor de pareja y la censura familiar me hagan callar nuevamente.
En Francia, las despedidas forman parte de lo mejor del ritual amoroso. Deben ser vividas con la intensidad del primer encuentro, de la primera relación sexual, de los mejores momentos vividos juntos. Hay algo de sadismo en el amor francés. También hay cortesía: “gracias por todos estos años que pasamos juntos”. Los franceses saben que hay amores moribundos que tienen la intensidad de largas despedidas, el espanto de la necrofilia. Pero el día de tu partida no te habías puesto el mejor vestido, ni te habías maquilldado mejor que nunca para "celebrar" nuestra separación.
La primera vez, ella se había ido y cuando yo me quedé solo en el departamento sentí una sed descomunal; debí beberme al menos dos litros de agua. Luego, había salido a caminar para calmar una exaltación semejante a la que produce un café expreso doble. Sentía una euforia fuera de lugar, una vitalidad inaudita. A medida que cruzaba bajo puentes de concreto, que atravesaba muchedumbres y acompañaba a los autos en los grandes bulevares, París me parecía grandioso, faraónico. En aquella primera ocasión mi sed no se aplacaba y compré otra botella de agua. Seguramente estaba intoxicado por mi propia adrenalina, seguramente por eso veía todo en pantalla gigante. Impulso vital de supervivencia, reflejo animal que, venido de tiempos inmemoriales, me empujaba a ser más fuerte y me convertía en un cazador nocturno, dispuesto a pelear con el primero que me desafiara.
Esta vez, en cambio, fuimos tan civilizados. Dibujaste en un papel un plano del departamento y me sugeriste las remodelaciones prioritarias (la cocina, los closets de las recámaras, la tina del baño). Antes de tomar tus maletas te metiste en el baño y me explicaste cómo debía limpiar el tapón de la pasta de dientes en el futuro, para que no se formara una masa seca. Ahora escribo tranquilamente en nuestro cuaderno de cuentas el balance de nuestra relación... o intento hacerlo. Tu ropero vacío, los cuadros que no pudiste llevarte y otros objetos. No, no es sólo eso lo que me has dejado, se trata de las ganancias que hemos obtenido, lo que me gusta y que no me gustaba antes de conocerte; cómo me visto y no me vestía antes de conocerte. Me pregunto qué más aprenderé ¿una nueva separación me transformará en un monje budista?
Freud enfatizaba al final de su carrera que las personas suelen actuar una y otra vez lo que han reprimido, en vez de simplemente recordarlo (en ''Mas allá del principio de placer'', publicado en 1920). Creo que los temas recurrentes en algunos escritores corresponden a ese tipo de obsesiones (el absurdo en Kafka, la soledad en Malraux, el poder en García Márquez, la conspiración en Borges, el exilio en los escritores que viven un exilio, la discriminación en los escritores afroamericanos del siglo XX, la violencia en los escritores que han vivido la guerra, la abulia en los escritores de las sociedades azotadas por el desempleo). He defendido en otro lugar la tesis de que el escritor es un ákrata (cf. mi ensayo "De la akrasia a Kafka"). Guardando las distancias de años luz entre él y yo, en Lope de Vega el abandono por parte de la mujer amada es una de las obsesiones de su obra. El trauma le vino cuando su amante, Elena Osorio, lo dejó por otro. Pero no por ser compartida mi compulsión de repetición es menos alarmante. Me refugio en esta escritura ¡La exhibo en Internet! Y, sin embargo, soy otro cada vez que "repito". En mi caso no ocurre que "un clavo saca otro clavo" sino, quizá, que el hoyo del primer clavo se agranda cuando sale el segundo. En sentido positivo y negativo: se agrandan mi libertad y mi solipsismo. Por lo pronto, dentro del balance de tu partida ocurre que escribo éste y quizá otros textos: ¿Un blog erótico? ¿Aun siendo profesor en una respetable universidad? ¿Un Tocqueville a la inversa que emprenda el ambicioso y ridículo tratado El amor en Francia? ¿O, tan sólo, debo retomar ese viejo proyecto de escribir un modesto manual práctico de las distancias cortas?