Ronald Allen sugiere que la presunción de inocencia debe aplicarse del siguiente modo: si la explicación de lo ocurrido que expone la defensa es plausible, entonces esa versión debe prevalecer por encima de la versión de la parte acusadora. Para muchos mexicanos no es plausible que las víctimas de un secuestro culpen a una persona inocente y, por lo tanto, creen que Florence Cassez es culpable más allá de toda duda razonable. Lo mismo suelen creer muchos ciudadanos miembros de jurados en otros casos supuestamente obvios antes de escuchar al abogado defensor. Pero si soberanía mexicana significa en primer lugar pensar por nosotros mismos, invito al lector a ponerse en los pies de un individuo que vive la siguiente historia.
Una persona que llamaremos “la víctima” es secuestrada por un par de individuos que llamaremos “los criminales seguros”. Luego de sufrir una horrible experiencia de encierro, pánico y humillación, “la víctima” es por fin liberada. Posteriormente, la policía detiene a tres individuos, entre ellos los dos “criminales seguros”. Al verlos, “la víctima” reconoce a estos últimos, no así al tercero. Un abogado o un policía le plantea a “la víctima” el siguiente dilema: si usted sólo reconoce a dos de los sospechosos, el tercero aportará una coartada, será un testigo de descargo de “los criminales seguros” y es probable que los tres salgan libres. En cambio, si usted dice reconocer a los tres, en ese caso “los criminales seguros” serán castigados y el tercer individuo también; ello representa un problema de consciencia para usted, pero piense que la probabilidad de que el tercero sea completamente inocente es ínfima, pues se trata de la pareja sentimental de uno de “los criminales seguros”.
La historia anterior es simplemente un modelo o experimento mental como los que son empleados en la teoría de juegos aplicada al derecho (véase Baird, Douglas G., Gertner, Robert H. y Picker, Randall, Game Theory and the Law, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, Londres, 2002). Sirve para evaluar qué comportamientos son los que las leyes incitan en la sociedad. Si usted fuera “la víctima” ¿qué haría? Suponiendo que, lleno de temor y de deseo de justicia, usted prefiriera condenar a “los criminales seguros” antes que salvar a un probable cómplice, dirá que reconoce a los tres sospechosos.
El ejercicio intelectual anterior va más allá del caso Florence Cassez. Nuestro sistema de justicia, tal y como funciona actualmente, no maximiza la utilidad de declarar con sinceridad. No podemos afirmar que las víctimas de la banda de Los Zodiaco declararon con falsedad y culparon a Florence Cassez sin fundamento, porque el modelo que hemos presentado es meramente hipotético, no está basado en la prueba del polígrafo aplicada a personas reales (de hecho poco confiable) o en otras pruebas empíricas. El modelo anterior sólo nos dice que las víctimas de ese episodio criminal tenían incentivos estratégicos para decir que reconocían a la posible cómplice. Máxime cuando ésta comenzó a poner en peligro toda la acusación al denunciar el montaje televisivo de la detención. En conclusión, contra lo que piensan muchos mexicanos, la defensa de Florence Cassez cuenta con una versión plausible.
Después de haber leído lo anterior, el lector puede volver a preguntarse ¿por qué Cristina Ríos Valladares no identificó en una primera instancia la voz de Florence Cassez? O bien, por ejemplo ¿por qué cuando fue entrevistado por Carmen Aristegui, Ezequiel Elizalde prefirió no responder a las preguntas concretas de la inquisitiva periodista acerca de los detalles de su contacto con Cassez? Elizalde Flores adujo que el recuerdo era demasiado doloroso, pero ¿era esa la única razón?
20110210
¿Testigos confiables en el caso Florence Cassez?
Las fuentes de error en las sentencias judiciales están fuertemente asociadas a los testigos oculares. Se calcula que 60% de las condenas falsas en Estados Unidos están relacionadas con testigos de cargo que no conocían al procesado y 20% con testigos que sí conocían al procesado. Las identificaciones de supuestos acusados por parte de testigos oculares son una manera estándar y fácil de condenar a una persona. Pero aproximadamente el 4% de esas condenas en Estados Unidos son falsas y por lo menos el 3.2% de las identificaciones que hacen los testigos oculares también son falsas, según el Dr. Larry Laudan, investigador de la UNAM. Él nos ha enseñado que la identificación de desconocidos es 300% menos confiable que la identificación de personas que ya conocen al testigo. Por esa razón, Laudan concluye que en general la identificación del testigo ocular por desconocidos se presta a confusión en alrededor del 10% de los casos. Además, cuando el testigo en el momento del crimen está bajo mucho estrés (por ejemplo, porque está secuestrado) su capacidad para identificar correctamente al delincuente es menos efectiva. Que una víctima de un delito violento recuerde bien los detalles físicos de su agresor es, estadísticamente, menos probable que si no sufría estrés.
En el caso de Florence Cassez, las declaraciones de la víctima Cristina Ríos Valladares y de su hijo fueron cambiantes, lo que aumenta las probabilidades de error judicial. El juez dijo frívolamente que esos cambios eran normales en personas que han sufrido un secuestro, pero no se basó en estadísticas o estudios empíricos para afirmar eso. Además, dos de las víctimas también se equivocaron al identificar una casa relacionada con los hechos delictivos (la de "Lupita").
Como profesor de epistemología y de derecho, opino que los jueces debieron aplicar el principio "in dubio pro reo", la presunción de inocencia, pues es plausible que Florence Cassez sea inocente.
En el caso de Florence Cassez, las declaraciones de la víctima Cristina Ríos Valladares y de su hijo fueron cambiantes, lo que aumenta las probabilidades de error judicial. El juez dijo frívolamente que esos cambios eran normales en personas que han sufrido un secuestro, pero no se basó en estadísticas o estudios empíricos para afirmar eso. Además, dos de las víctimas también se equivocaron al identificar una casa relacionada con los hechos delictivos (la de "Lupita").
Como profesor de epistemología y de derecho, opino que los jueces debieron aplicar el principio "in dubio pro reo", la presunción de inocencia, pues es plausible que Florence Cassez sea inocente.
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20110111
"A menudo, una de las tímidas palomas que llevan ambrosía al padre Zeus cae sobre la roca, pero el padre crea otra, con el fin de que el número quede completo."
La Odisea, rapsodia XI
Vana creencia de los antiguos griegos
pensar que esos otros, los animales,
(entiéndase caballos, aves o borregos),
venían de Zeus en números iguales.
Los mexicanos pensaban otra cosa,
que hubieron perros, guajolotes y peces.
Cada época era frágil como una mariposa.
¡Creación y cataclismo, naces, desapareces!
El cielo se ensangrienta cada ocaso.
Diario el sol muere y la oscuridad
es una miniatura del fracaso.
La vida está cercada de calamidad.
Soy el jaguar que suda en la enramada
muy cerca del asfalto y del campo cercado.
Añoro la humedad de selva sosegada,
suspiro de cansancio, hambriento, resignado.
A la sombra de inmensos ahuehuetes
yo degusté la pulpa de agutíes y de ciervos.
Hoy devoro ratones, bebo agua de retretes.
Sólo espero el final de estos espacios yermos.
Ustedes, los dioses-animales, amos de los colores,
del hierro y de las llamas, están también enfermos.
Verán morir su mundo con terribles dolores.
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20101231
La llegada del dios mineral

Palpo un temblor bajo tu vientre, creo.
Profecía natural y augurio de la ciencia.
Me produce temor, pero ya es mi deseo.
Yo seré su vasallo, venderé mi conciencia.
Para atisbarlo claro consigo un catalejo
que apunto hacia el abismo donde estuvo mi oreja.
Veo la mancha sin forma, no es osa ni conejo,
es blanca, diminuta, parece una lenteja.
Es el dios mineral, flotando, suspendido,
resonando en tus ojos, filtrándose en tu piel.
Pero no es que esté quieto ¡Meteorito encendido!
Todo se mueve ¡Claro! ¡Cae la tierra hacia él!
20101217
Confucianismo democrático

Estuve en Seúl, Corea, en 1998. Recuerdo que en una estación de metro vi expuesto un curioso periódico mural hecho por adolescentes. Se trataba de cartones con imágenes recortadas de revistas y texto escrito con marcador. Todos los mensajes estaban en coreano, pero había algunos traducidos al inglés para los escasos turistas. Entendí que la exposición escolar estaba dedicada al “primer premio Nobel coreano, si ya ha nacido”. Solté una carcajada. Me pareció algo ingenuo y casi patético, por lo ridículo que era ese nacionalismo futurista.
A Corea me había enviado el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas en representación del Gobierno del Distrito Federal para participar en una reunión académica de la OCDE sobre políticas públicas de coordinación metropolitana. Llevaba conmigo el orgullo de formar parte del primer gobierno democrático de la Ciudad de México y, en contraste con “nosotros los que habíamos conquistado la democracia al menos en la capital", los coreanos me parecieron personas cuadradas y excesivamente tradicionalistas. Cuando a lo largo de nuestras reuniones de trabajo cuestioné algunos proyectos de planeación de coreanos y japoneses porque me parecían autoritarios y sin suficiente consulta con la población afectada (los coreanos nos explicaban que querían desplazar a la población universitaria del centro de Seúl hacia las afueras, mientras los japoneses expusieron el costoso proyecto de mover la capital de su país fuera de la megalópolis de Tokio-Yokohama a otra), los investigadores viejos no respondieron directamente a mis comentarios críticos. En vez de ello, hicieron una seña discreta y los funcionarios y académicos más jóvenes, de mi edad, tomaron la palabra para dirigirse a mí en tono casi agresivo. Me exasperó toda esa solemnidad y el respeto oriental hacia los mayores que se traducía en una falta de respeto hacia mí, el mismísimo representante de la Ciudad de México. En nuestra querida ciudad no debería haber discriminación por edad, ni gerontocracia, ni prejuicios absurdos.
Años más tarde, descubrí el cine coreano, en particular las películas de Kim Ki-Duk. Supe de la gran penetración económica coreana en México, de la buena y de la mala, pues una poderosa mafia de ese país también opera u operaba en el centro histórico. Para recordar los días que estuve en Seúl, me aficioné a ir de vez en cuando a algún restaurante coreano a comer “tacos” de carne agridulce de res envueltos en hojas de lechuga fresca.
Paulatinamente, en reuniones académicas Corea comenzó a convertirse en un ejemplo citado primero como modelo y, pronto, como un caso demasiado exitoso, cuando mucho un ideal de desarrollo económico y tecnológico, alejado de la “compleja” realidad latinoamericana.
Hace unos días, me he enterado que los estudiantes coreanos obtuvieron los más altos resultados en la prueba PISA a nivel mundial, desplazando a Finlandia. La proeza me pareció aún mayor porque a los finlandeses siempre los había colocado en un pedestal intelectual gracias a Georg Henrik von Wright, filósofo de la mente y redescubridor de la lógica deóntica. Al paso de los años, aquel periódico mural del metro de Seúl no me parece ya ingenuo, ni mucho menos patético. Lo que ha cambiado es la estima que siento por aquel joven insolente que era yo cuando visité Corea. Esa forma de arrogancia que es la rebeldía juvenil latinoamericana es la que me parece ahora ingenua cuando es pura espontaneidad libertaria. He estudiado con cierto detalle los males que históricamente ha generado la inestabilidad política en América Latina y ahora rechazo tanto las dictaduras como la fe en la dimensión liberadora de la revuelta. No puedo ya estar de acuerdo con esos intelectuales que creen que los movimientos sociales y el discurso de los derechos humanos de la primera, segunda, tercera y cuarta generación son suficientes para construir una sociedad sustentable. Para Sergio Aguayo, por ejemplo, la tragedia de México es en parte que somos una sociedad incapaz de salir a las calles a protestar; para mis colegas abogados "garantistas" y "neoconstitucionalistas" los problemas del país parecen resumirse a la ampliación aún insuficiente de nuestras garantías. A ambos parece importarles poco la polarización de la sociedad mexicana. A mi me alarma que las universidades públicas y las privadas casi no colaboren, que unos partidos vean como un deber vetar los proyectos sociales de los otros partidos, que 41% de la población mexicana crea que Calderón es un peligro para México mientras 36% opina lo mismo de López Obrador. Es cierto que la corrupción y la desigualdad son de los primeros lastres del país, pero los costos de enfrentarlas mediante la confrontación pueden ser mayores que los beneficios. Empiezo a convencerme de la importancia de una transición social pactada hacia una sociedad más justa, en vez de la estrategia de la ruptura.
Tengo casi 40 años y, quizá, me vuelva un hegeliano que crea en la conciencia colectiva de las naciones, además de un “confuciano democrático” porque aprecie, junto a la libertad, la disciplina y el respeto de la armonía social.
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20101125
¿Por qué el neoliberalismo mexicano fue tan radical?

México acogió el neoliberalismo en los años ochenta del siglo XX con un particular fanatismo. ¿Por qué acabó perdiendo su sistema bancario a manos de instituciones de crédito extranjeras? ¿Por qué dejó de invertir en innovación tecnológica en PEMEX, a diferencia de lo que hizo Brasil con Petrobras? ¿Por qué siendo el país hispanoparlante más poblado de América Latina no buscó invertir en la industria editorial y del software en castellano? México vive hoy de remesas de migrantes, de lo que queda de la explotación del petroleo (no de la poderosa industria petroquímica que aún existía en los ochenta), de inversión extranjera directa y turismo, además de algunas pocas empresas exitosas en exportación como cementeras y cerveceras. A cambio, compramos todo producto y servicio sofisticado del extranjero: desde las máquinas del programa Eco-Bici hasta las ediciones de nuestros propios libros (en Barcelona o Madrid).
Cuando se debate sobre izquierdas y derechas políticas se suele recurrir a ejemplos extremos: decimos al izquierdista que Corea del Norte y Cuba son sistemas políticos que evocan otras épocas porque el control central de la economía, la vigencia de monarquías comunistas y la ferrea censura son condenados por la mayor parte de los países. Decimos al partidario del libre comercio que el neoliberalismo tatcheriano evoca un pasado superado: luego de las crisis bancarias de los años 90 y de la primera década del siglo XXI, se reconoce de manera creciente un papel dirigista e intervencionista al Estado en ciertas áreas. Luego, siguiendo la estrategia sofista del sorites, vamos acorralando a nuestro adversario con ejemplos que sólo difieren un poco de aquellos casos extremos de Cuba o la Inglaterra de Tatcher.
Pero siendo sinceros, hoy la discusión seria no está en los extremos. Lula en Brsil fue un gran cancerbero de la macro-economía neoliberal sin dejar de aumentar el presupuesto contra el hambre y reducir las cifras de pobreza. Obama ha rescatado al sistema bancario de su país sin por ello traicionar el liberalismo económico.
Pero México, como decíamos, dejó morir a Pemex, a la poderosísima industria editorial mexicana, al cine que en los años 50 y 60 era la referencia obligada en Iberoamérica, a la banca nacional, entre muchos otros ejemplos.
¿Por qué? Aquí, no siendo economista, recurro al viejo y manido libro de Octavio Paz: El laberinto de la soledad. Los mexicanos somos, en promedio, más malinchistas que otros pueblos. Lo extranjero tiene un brillo y un olor que nos seduce (aunque conviva con un patriotismo superficial). Mi hipótesis, entonces, es muy sencilla: la llegada del neoliberalismo vino a articularse con nuestro talante malinchista: "que mi libro se edite en España se ve mejor y me da más prestigio que si se editara en México", "que compremos tecnología noruega para perforar pozos nos asegura que no tendremos accidentes, como sí ocurriría con maquinaria made in Mexico", "que nuestro multimillonario Carlos Slim lo sea sin haber inventado o innovado nada en la industrai de la telefonía y las telecomunicaciones, es así porque toma astutamente del mundo lo que necesita y que México no produce", "que la banca en México sea española, canadiense y estadounidense nos garantiza que nigún mexicano ladrón e incompetente nos robe de nuevo", etcétera. El resultado está a la vista: malinchismo y neoliberalismo son la mejor combinación... para tener un país que sólo sabe admnistrar su pobreza, para no salir de ella.
20100816
El gran narcotraficante

Seis policías fueron a cazar al gran narcotraficante. El primero reconoció en el lodo de la brecha la rodada de una Hummer y la siguió hacia la frontera con Estados Unidos.
El segundo tropezó con varias cabezas humanas y ahora se dedica a identificarlas.
El tercero pensó: "los grandes negocios turbios se hacen en buenos suburbios!" y se fue a investigar en la ciudad.
El cuarto desapareció y nunca se ha sabido más de él.
Al quinto le dijeron: "El gran narcotraficante es un tipo divertido: de noche sale de juerga, en el día está detenido."
El sexto soy yo. Opino que mis cinco compañeros siguieron una pista correcta pero que, en el fondo, cada uno está equivocado. El gran narcotraficante no es un simple pollero, ni un preso común, ni es él mismo un sicario. Mi estrategia es holística y dialéctica. Siguiendo el método de la observación participante he ingresado a la mafia. También empleo el arma de las nuevas tecnologías de la información: hablo por televisión, escribo editoriales en los periódicos y mensajes en Facebook y en Twitter. Nadie sabe más que yo del crimen organizado.
En estos momentos estoy modificando el paradigma que guía mi investigación. Veo a los pequeños narcotraficantes como tipos explotados. He visto decenas de campesinos miserables ir a la cárcel por unos carrujos de mariguana que supuestamente poseían. Ya que les prohíben sembrar, vender y exportar su hierba, los narcos se ocultan. Cuando han adoptado una vida clandestina los llaman "hijos de puta" en la televisión, para poder salir a cazarlos (¡qué valientes son los intelectuales de la televisión! nadie parece haber preguntado a Aguilar Camín o a León Krauze, al aire, cuántas veces fumaron un churro de mariguana). Derriban las puertas de las casas de los narcos y se matan entre sí a quemarropa. Desde luego, no niego que los soldados y policías que van por ellos mueran en grandes cantidades. Éstos también son explotados. Desde luego, tampoco justifico la saña y la crueldad de la mafia, pero me pregunto como miles de otros ciudadanos si la guerra desaparecería con la legalización de las drogas blandas.
No quiero sostener una vulgar teoría del complot. No creo que el Presidente mismo o el Secretario de la Defensa sean capos de la droga, lo que pienso es que es imposible capturar al gran narcotraficante. Éste nos tiene, como si dijéramos, cogidos de los huevos. Porque siempre habrá gente miserable que cultive malas hierbas y gringos que las importen. México es un embudo que funciona al revés: la droga entra con dificultad por el orificio menor que está en el sur y desemboca cómodamente en Estados Unidos. La presión, abajo del embudo, es infernal. Por eso los narcos se matan entre ellos y matan a los demás, al entrar al embudo. Frida pintó ese embudo en aquel cuadro que hoy está en el Museo Dolores Olmedo, llamado "Sin esperanza".
No ha existido otro ser humano, aparte de mí, que se haya aproximado tanto al gran narcotraficante, en estricto sentido ningún otro. ¿Entiendes por qué?
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