20101125

¿Por qué el neoliberalismo mexicano fue tan radical?


México acogió el neoliberalismo en los años ochenta del siglo XX con un particular fanatismo. ¿Por qué acabó perdiendo su sistema bancario a manos de instituciones de crédito extranjeras? ¿Por qué dejó de invertir en innovación tecnológica en PEMEX, a diferencia de lo que hizo Brasil con Petrobras? ¿Por qué siendo el país hispanoparlante más poblado de América Latina no buscó invertir en la industria editorial y del software en castellano? México vive hoy de remesas de migrantes, de lo que queda de la explotación del petroleo (no de la poderosa industria petroquímica que aún existía en los ochenta), de inversión extranjera directa y turismo, además de algunas pocas empresas exitosas en exportación como cementeras y cerveceras. A cambio, compramos todo producto y servicio sofisticado del extranjero: desde las máquinas del programa Eco-Bici hasta las ediciones de nuestros propios libros (en Barcelona o Madrid).
Cuando se debate sobre izquierdas y derechas políticas se suele recurrir a ejemplos extremos: decimos al izquierdista que Corea del Norte y Cuba son sistemas políticos que evocan otras épocas porque el control central de la economía, la vigencia de monarquías comunistas y la ferrea censura son condenados por la mayor parte de los países. Decimos al partidario del libre comercio que el neoliberalismo tatcheriano evoca un pasado superado: luego de las crisis bancarias de los años 90 y de la primera década del siglo XXI, se reconoce de manera creciente un papel dirigista e intervencionista al Estado en ciertas áreas. Luego, siguiendo la estrategia sofista del sorites, vamos acorralando a nuestro adversario con ejemplos que sólo difieren un poco de aquellos casos extremos de Cuba o la Inglaterra de Tatcher.
Pero siendo sinceros, hoy la discusión seria no está en los extremos. Lula en Brsil fue un gran cancerbero de la macro-economía neoliberal sin dejar de aumentar el presupuesto contra el hambre y reducir las cifras de pobreza. Obama ha rescatado al sistema bancario de su país sin por ello traicionar el liberalismo económico.
Pero México, como decíamos, dejó morir a Pemex, a la poderosísima industria editorial mexicana, al cine que en los años 50 y 60 era la referencia obligada en Iberoamérica, a la banca nacional, entre muchos otros ejemplos.
¿Por qué? Aquí, no siendo economista, recurro al viejo y manido libro de Octavio Paz: El laberinto de la soledad. Los mexicanos somos, en promedio, más malinchistas que otros pueblos. Lo extranjero tiene un brillo y un olor que nos seduce (aunque conviva con un patriotismo superficial). Mi hipótesis, entonces, es muy sencilla: la llegada del neoliberalismo vino a articularse con nuestro talante malinchista: "que mi libro se edite en España se ve mejor y me da más prestigio que si se editara en México", "que compremos tecnología noruega para perforar pozos nos asegura que no tendremos accidentes, como sí ocurriría con maquinaria made in Mexico", "que nuestro multimillonario Carlos Slim lo sea sin haber inventado o innovado nada en la industrai de la telefonía y las telecomunicaciones, es así porque toma astutamente del mundo lo que necesita y que México no produce", "que la banca en México sea española, canadiense y estadounidense nos garantiza que nigún mexicano ladrón e incompetente nos robe de nuevo", etcétera. El resultado está a la vista: malinchismo y neoliberalismo son la mejor combinación... para tener un país que sólo sabe admnistrar su pobreza, para no salir de ella.

20100816

El gran narcotraficante


Seis policías fueron a cazar al gran narcotraficante. El primero reconoció en el lodo de la brecha la rodada de una Hummer y la siguió hacia la frontera con Estados Unidos.
El segundo tropezó con varias cabezas humanas y ahora se dedica a identificarlas.
El tercero pensó: "los grandes negocios turbios se hacen en buenos suburbios!" y se fue a investigar en la ciudad.
El cuarto desapareció y nunca se ha sabido más de él.
Al quinto le dijeron: "El gran narcotraficante es un tipo divertido: de noche sale de juerga, en el día está detenido."
El sexto soy yo. Opino que mis cinco compañeros siguieron una pista correcta pero que, en el fondo, cada uno está equivocado. El gran narcotraficante no es un simple pollero, ni un preso común, ni es él mismo un sicario. Mi estrategia es holística y dialéctica. Siguiendo el método de la observación participante he ingresado a la mafia. También empleo el arma de las nuevas tecnologías de la información: hablo por televisión, escribo editoriales en los periódicos y mensajes en Facebook y en Twitter. Nadie sabe más que yo del crimen organizado.
En estos momentos estoy modificando el paradigma que guía mi investigación. Veo a los pequeños narcotraficantes como tipos explotados. He visto decenas de campesinos miserables ir a la cárcel por unos carrujos de mariguana que supuestamente poseían. Ya que les prohíben sembrar, vender y exportar su hierba, los narcos se ocultan. Cuando han adoptado una vida clandestina los llaman "hijos de puta" en la televisión, para poder salir a cazarlos (¡qué valientes son los intelectuales de la televisión! nadie parece haber preguntado a Aguilar Camín o a León Krauze, al aire, cuántas veces fumaron un churro de mariguana). Derriban las puertas de las casas de los narcos y se matan entre sí a quemarropa. Desde luego, no niego que los soldados y policías que van por ellos mueran en grandes cantidades. Éstos también son explotados. Desde luego, tampoco justifico la saña y la crueldad de la mafia, pero me pregunto como miles de otros ciudadanos si la guerra desaparecería con la legalización de las drogas blandas.
No quiero sostener una vulgar teoría del complot. No creo que el Presidente mismo o el Secretario de la Defensa sean capos de la droga, lo que pienso es que es imposible capturar al gran narcotraficante. Éste nos tiene, como si dijéramos, cogidos de los huevos. Porque siempre habrá gente miserable que cultive malas hierbas y gringos que las importen. México es un embudo que funciona al revés: la droga entra con dificultad por el orificio menor que está en el sur y desemboca cómodamente en Estados Unidos. La presión, abajo del embudo, es infernal. Por eso los narcos se matan entre ellos y matan a los demás, al entrar al embudo. Frida pintó ese embudo en aquel cuadro que hoy está en el Museo Dolores Olmedo, llamado "Sin esperanza".
No ha existido otro ser humano, aparte de mí, que se haya aproximado tanto al gran narcotraficante, en estricto sentido ningún otro. ¿Entiendes por qué?

20100807

Silogismo electoral versátil (4)


También las buenas lecturas me pueden provocar pesadillas. Leí a Héctor Díaz-Polanco en La Jornada del 7 de agosto, justo antes de dormirme, y en mis sueños sus argumentos se transformaron en alongadas siluetas de políticos seguidos de multitudes como en los murales de Siqueiros en el Castillo de Chapultepec. En su artículo “Las izquierdas y López Obrador”, Díaz-Polanco cuenta que “en innumerables ocasiones me he visto en el trance de atender a la curiosidad de colegas y amigos latinoamericanos que me inquieren sobre la terrible debilidad de la izquierda mexicana”. Luego describe cómo les explica a sus amigos y colegas latinoamericanos que en realidad el PRD y su lamentable situación actual no es a quien debemos voltear para conocer la situación de la izquierda mexicana. La energía transformadora de ésta se expresaría hoy “en un vigoroso movimiento popular que lucha contra el régimen neoliberal, al margen de la estructura partidista tradicional” y esa izquierda es liderada, según Díaz-Polanco, por Andrés Manuel López Obrador. El artículo termina hablando de esos social-demócratas como Denise Dresser y otros comentaristas que ven alarmados que AMLO haya abandonado el centro y las políticas moderadas que se estilan en países como Inglaterra, Alemania, Francia, Italia y Chile. Díaz-Polanco recuerda que en estos países los socialdemócratas “han perdido el poder precisamente por querer situarse en el peldaño que les marcó la derecha”.
Antes de perder completamente la conciencia en la almohada, me pregunté acerca de los referentes de Díaz-Polanco: uno de ellos son sus interlocutores latinoamericanos que en ocasiones innumerables le preguntan acerca de México, a quienes él explica a partir de un esquema gramsciano que el vigoroso movimiento popular del Peje podría evitar que la izquierda mexicana corra la suerte de los derrotados socialdemócratas europeos y chilenos.
¿Qué izquierdas no han sido derrotadas recientemente? Venezuela, Brasil, Bolivia, Cuba. Éstos, me digo a punto de perder la capacidad de razonar por efectos del sueño, son su otro referente.
Cuando se buscan modelos o patrones lo más fácil es recurrir a los referentes más cercanos. Una unidad de medida para calcular longitudes en tiempos de Carlomagno era la estatura del emperador Carlomagno. En Grecia era una porción de la pista del estadio de Olimpia. Con la Revolución Francesa, los científicos buscaron patrones que no fueran arbitrarios o demasiado locales, porque el problema de aquellos referentes era que al morir Carlomagno o al estar lejos de Olimpia, quienes querían confirmar las medidas carecían de los patrones originales. Por eso se pensó en seguir patrones eternos basados en constantes universales. Por ejemplo: una unidad de medida universal puede ser definida como la longitud de un péndulo cuya oscilación en el Zócalo de la Ciudad de México sea de un segundo. O puede ser una porción de la circunferencia de la tierra (un meridiano).
Ya francamente delirando, una angustia me invadió en la cama al pensar que los referentes de Héctor Díaz-Polanco eran francamente locales y perecederos: la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez, el comunismo cubano, el gobierno de Lula o de Evo Morales. Fue de esa angustia que emergieron en mi cabeza imágenes de políticos aterradores, parecidos a las siluetas de los espejos deformantes. Eran caudillos con boinas militares, con sombreros villistas o penachos. Llevaban charreteras o puñales de obsidiana. Los acompañaban multitudes enardecidas de campesinos con huaraches y mujeres con rebozo, imágenes que seguramente mezclé con las que había visto en el reciente mitin de AMLO.
La pesadilla se hizo aún más desagradable cuando apareció Felipe Calderón. De los cielos estrellados surgió una luz que al acercarse a la tierra era una nube. Calderón bajó de ella, como un santo, y recitó un discurso en el que anunciaba que prohibía la comida chatarra en las escuelas pero legalizaba la marihuana. Vi cómo en la multitud los niños y adultos obesos adelgazaban con sólo oír la noticia. Luego, de la mano del Dr. Mario Molina, Calderón combatió el calentamiento global que provenía del acaloramiento popular. Me acerqué hasta él y le dije “Señor Presidente, sus políticas sí son universales, no son provincianas y le pido perdón por no haber votado por usted.”
Dicho esto, abrí los ojos, sudando y alarmado de mí mismo.

20100726

Silogismo electoral versátil (3)


El Zócalo estaba lleno de gente este domingo 25 de julio en el relanzamiento de López Obrador. Si con Spencer Tunick fuimos 20 mil encuerados, calculo a ojo de buen cubero que El Peje logró reunir a más de 100 mil. Suponiendo que la mayoría fueran “hombres y mujeres libres”, como dicen hoy lunes los cronistas de La Jornada, en todo caso eran hombres y mujeres que confiaron su libertad individual a una organización social, a veces a un líder clientelista. Porque el 80% de la gente, calculé desde mi vista panorámica en el hotel Majestic, formaba parte de un contingente uniformado con gorras del mismo color, playeras identificantes, paliacates y, sobretodo, porque las propias mantas solían dar cuenta de un liderazgo personal, del tipo: “El C. Carlitos Ramírez Portales y la organización UPZ apoyan a AMLO para la presidencia”. Obviamente, este corporativismo está muy lejos de la rigidez de los mítines de candidatos presidenciales priístas, con la plancha del Zócalo perfectamente cuadriculada, como esas colchas fabricadas con retazos de tela. En la asamblea de AMLO, en cambio, había ese 20% o 30% de electrones libres: izquierdistas barbones sacados de una historieta de Rius, feministas con huipiles elegantemente ajustados en el talle, viejos profesores con el clásico saco de pana café y la camisa de mezclilla, monjas travestidas de civiles pero inconfundibles por sus modestos zapatos flexi, sus faldas azul marino, sus calcetas hasta la rodilla y las blusas abotonadas hasta el esternón. Los ancianos son una categoría aparte: agradecidos por la modesta pensión que Andrés Manuel les confiriera siendo Jefe de Gobierno, suelen venir solitos.
También son un caso especial los hombres y mujeres del estrado: brillantes intelectuales radicales como Jesusa Rodríguez y Jaime Cárdenas; los inevitables expriístas de última hora que serán aceptados en el círculo mientras su pragmatismo sirva a los fines superiores que encarna el líder; y, desde luego, los personajes más consecuentes de la izquierda mexicana: Elena Poniatowska, Rosario Ibarra, etc.
Pero no, no es el corporativismo de esta izquierda el que me saca ampollas. Adherir a una organización social para ver cumplidos los derechos sociales básicos no es culpa del adherente. Aunque compadezca a esa gente que escuchó de pie tres horas de discursos bajo el ojo vigilante de su “líder”, quizá queriendo irse por ahí a pasear y conocer el Centro Histórico, pero teniendo que oír otra vez los mismos discursos enfáticos sobre la corrupción y la justicia... aunque los compadezca, no condeno al Peje por ello. Así es México y mientras las clases privilegiadas pueden resolver sus problemas con amistades y tráfico de favores, el resto, en cambio, realiza necesariamente trueques con lo único que puede intercambiar: su cuerpo, su presencia, su promesa de fidelidad política, su voz desgañitada en la plaza, su piel quemada por el sol o mojada por el chubasco.
Lo que a mí me saca ampollas de AMLO es la superficialidad de algunas de sus propuestas. Propone, por ejemplo, que los ministros de la Suprema Corte deben ser electos, como lo proponía la Constitución de 1857. Pero resulta que los tribunales constitucionales nacieron para velar porque los derechos de las minorías (religiosas, políticas, étnicas) no fueran avasallados por las mayorías. En un país mayoritariamente católico y supuestamente mestizo hacen falta ministros que protejan a judíos y protestantes, homosexuales y lesbianas, lacandones y menonitas, no más representantes populares de la mayoría. Además, historiadores como Enrique Krauze han mostrado que la fascinación del Peje por la República Restaurada (por Juárez y los liberales de la Reforma) parece más un talismán autocomplaciente, una especie de pensamiento mágico y mesiánico, que un síntoma de visión de Estado y de auténtica cultura constitucional. ¿Por qué El Peje no basa su propuesta en análisis de política comparada? ¿Por qué su modelo es la vieja Constitución de 1857 y no la constitución de una democracia constitucional contemporánea? ¿Ignora que entre 1857 y nuestros días ocurrieron dos guerras mundiales, un puñado de genocidios, el reconocimiento de nuevos derechos sociales y multiculturales?
Me pregunto para qué sirven entonces sus asesores ¿ellos también deben ser electos popularmente? Otro ejemplo: cuando AMLO ofrece a su multitud bajar los precios de la gasolina y del diesel (esos combustibles fósiles generadores de gases de efecto invernadero), no lanza simultáneamente ninguna propuesta sobre el calentamiento global (¿un mito genial para nuestro ignorante caudillo?).
En fin, que los fanáticos seguidores del Peje me critiquen por criticarlo. De todos modos, hoy votaría por él. Cuando uno está perdido en una remota playa tropical, a falta de pan y de tortillas debe comer aunque sea las grasosas tostadas del vendedor de mariscos.

20100723

Silogismo electoral versátil (2)


Nadaba de rana, tratando de mantenerme en el levísimo límite entre el aire y el agua. Debía flotar, de otro modo si mi cuerpo se hundía tenía que forzar la nuca, estirar el cuello hacia arriba para poder respirar. Pero tengo la sangre pesada, seguramente, pues al nadar como rana me hundía una y otra vez. Si mis piernas trabajaban cerca de la superficie, era porque mis nalgas se iban a pique. Y cuando lograba que éstas emergieran, pies y cabeza colgaban hacia el fondo. “No sabes nadar de rana -me dijo Rodrigo Baracs, nuestro Tibio Muñoz-, te recomiendo que mires un video de natación en youtube para perfeccionarte”.
Una brillante intuición me hizo tocar con las manos el fondo de la piscina y empujarme con ellas hacia la superficie. Sí, sentí la textura áspera de los viejos mosaicos azules y me propulsé hacia arriba, luego di patada de rana, hundimiento progresivo, propulsión con los brazos, patada de rana, hundimiento progresivo, una y otra vez. Los músculos de mi cuello al fin descansaban porque mis brazos habían entrado al quite, porque podía salir y respirar antes de volver a las profundidades de mi estanque. Patadas de rana para avanzar hacia adelante y movimiento de lagartija con los biceps para subir.
“¿Qué estás haciendo?”, protestó Rodrigo.
“Acabo de inventar el estilo de pejelagarto”, respondí orgullosamente y aceleré el ritmo. Sentí que mi cuerpo estaba diseñado para esa forma de nado, que era un animal anfibio que se reencontraba con sus raíces. Ahora incluso podía empujarme solamente con el brazo derecho y salir a respirar por la izquierda, y viceversa, en un ritmo natural y eficiente.
Nuestros ancestros debieron descubrir de la misma manera el uso de sus extremidades para salir del océano primigenio. Primero habíamos sido bacterias, eucariontes después de algunos milenios, enseguida vinieron el pejelagarto y los peces del fango (nuestros tatarabuelos) y millones de años después los primates, el homo erectus y nosotros como últimos modelos del Geist absoluto.
“Eres un conservador”, pensé para mis adentros mientras me enjabonaba las extremidades en las regaderas. “¿Cómo pretendes votar por Marcelo Ebrad, ese tecnócrata de izquierda? Su estilo imita a Clark Kent, su programa ‘Ecobici’ es un capricho para seducir a los burgueses-bohemios de la Condesa. Y, sobre todo, Ebrard no ha hecho nada para que tengas un centro de trabajo decente. La UAM Cuajimalpa sigue sin contar con un plantel porque el Gobierno de la Ciudad, su gobierno, no ha acelerado los trámites de fusión de los terrenos que nos donó... el Peje. Sí, el Peje. Tu Peje en las elecciones del 2000, en las del 2006. El Peje del ‘éxodo por la democracia’ que exhibió el fraude electoral en Tabasco. El Peje que de joven ayudó tánto a los Chontales de su tierra. El personaje a quien defendiste en 2005, durante el desafuero, poniendo aquella manta en la Torre Eiffel que decía ‘Mexique, démocratie en danger. ¡Viva la democracia, cabrones!”.
Las lágrimas de nostalgia invadieron mi rostro, arrasadas por el agua de la regadera (pero no mancilladas por espuma de shampoo, pues ya no uso shampoo desde que le pregunté a Betty Escalante cuál era el secreto de sus chinos tan enroscados y sexys). Con-movido, con-movilizado políticamente salí de la ducha y me sequé mientras cantaba “La Paloma”, imitando torpemente la voz de Eugenia León. ¿Cómo había podido olvidar la euforia del movimiento post-electoral del 2006? Cual un hombre nuevo, redimido, busqué mi celular para cancelar esa comida con Ana Sáiz el domingo y asistir al mitin de Andrés Manuel, mi líder.

20100712

Silogismo electoral versátil


El voto es secreto cuando uno así lo quiere. He decidido mostrar aquí el razonamiento que determinará mi voto en las elecciones presidenciales en México, en 2012, porque no se trata de una decisión fácil. Durante meses iré agregando aquí mismo premisas o refutándolas. Cambiaré la conclusión (es decir, cambiaré a mi candidato preferido) cuando así se siga de mi cadena de razones y de principios, de mis cálculos y de mis intuiciones, de mis lecturas y de mis conversaciones (en cenas burguesas o en la calle), es decir, de mis deliberaciones de almohada (en las cuales siempre intervienen mis amigos y mis enemigos).
1. “Huye, Adso –le dice Guillermo de Baskerville al joven benedictino en El nombre de la rosa-, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia.” Voté por López Obrador en el pasado, pero hoy preferiría un candidato menos fundamentalista. La cita de Umberto Eco aparece al final de la novela, cuando la lucha entre dos monjes ha provocado el incendio de la biblioteca más importante de la cristiandad, en el siglo XIV. Uno de esos monjes, Jorge, es un cristiano dogmático, enemigo de Aristóteles y de la risa, ancestro de esos militantes que gritan la consigna “esta marcha no es de fiesta, es de lucha y de protesta”. El otro monje, Guillermo de Baskerville, es un franciscano discípulo de Roger Bacon y de Guillermo de Occam, nominalista y empirista británico de Oxford; su curiosidad racional es tanta que acaba sacrificando la abadía entera por buscar la verdad acerca de unos crímenes y de un tratado perdido de ''El estagirita''. En el estado actual de cosas, López Obrador me recuerda a Jorge, apocalíptico, siempre maldiciendo a los corrompidos y trabajando para el día del juicio. Y, aunque Marcelo Ebrad no sea Guillermo de Baskerville, el pleito entre ambos podría terminar con el incendio de nuestra modesta biblioteca (en sentido figurado, pues me cuentan que ya han cerrado la biblioteca del PRD que estaba en Copilco, la "Casa del Sol"). Aunque tanto Baskerville como Ebrard hayan estudiado en Francia (uno filosofía y el otro administración pública), el segundo no es por suerte un intelectual, tiene un interés más mundano en la vida: llegar el poder. Pero posee sin duda mayor formación para gobernar que López Obrador (en un artículo reciente, Federico Arreola, quien apoya a AMLO, dice que éste sí sabe que la riqueza la producen los hombres y mujeres de negocios, aunque hasta ahora no se haya reflejado en sus acciones; como si las muletillas antineoliberales de López Obrador hubiesen sido, durante años, culpa de las malas compañías -los ortodoxos de izquierda-, y él hubiera aprendido economía sin estudiarla, por obra y gracia del espíritu santo). Es verdad que, a diferencia de Jorge y de Cristo, AMLO sí ríe, pero el sentido del humor en su movimiento es peculiar (sátira del poder, burla de los defectos físicos de los políticos) y quien mejor lo encarna es la actríz y dramaturga Jesusa Rodríguez. Decir que AMLO es como un monje cluniacense podría ser sólo un cliché que hayan popularizado Enrique Krauze o Fernando Belaunzarán (a lo largo de estos meses deberé echar un ojo a las mejores opiniones de éstos en el pasado y a las de sus mejores contradictores). Por lo pronto, sin embargo, mi voto (hoy, hoy, hoy), sería por el pragmático Marcelo Ebrard.

20100703

Futbol, panzas cerveceras y la falacia del tuo quoque


Me exaspera que los tipos más inútiles sean, curiosamente, los más indignados y agresivos porque la selección de futbol de México no haya ganado contra Argentina. Leo en la fila del supermercado, en TVnotas creo, que Giovanni Dos Santos cortó con su novia Belinda porque ambos estaban demasiado ocupados: él por el mundial Sudáfrica 2010, ella por su nuevo disco. Se trata de gente que incluso coloca a un lado su vida personal por el trabajo y el dinero, y que por más criticables que sean tienen la virtud del esfuerzo personal. Entones pienso en esos otros que lucen su panza cervecera, que tienen escasa disciplina personal y se regodean en su cultura televisivo-futbolera, esos que despotrican contra los “mediocres jugadores mexicanos” por la supuesta “falta de actitud ganadora”, “el pobre desempeño” y por “haber defraudado al pueblo”. ¿Con qué autoridad moral se atreven esos procastinadores que viven apoltronados frente a la televisión a criticar a aquellos jóvenes trabajadores y profesionales que, por ejemplo, han logrado irse a jugar futbol a Europa?
Luego, mi esposa me muestra que yo mismo no tengo autoridad moral para criticar a los "buenos para nada" críticos cheleros, y no porque yo sea tan huevón como ellos sino porque, como supuesto especialista en lógica que digo que soy, sé que existe una falacia llamada del tuo quoque. Mal bautizada así, en honor a las últimas palabras de Julio César ("¿Tu también, Brutus?"), pues éste no las dijo con ganas de evadir falazmente la crítica verbal de su hijastro sino como expresión de asombro y amargura ante el cuchillo del parricida. Pero falacia al fin y al cabo, aunque su nombre tenga un significado histórico también falaz.
Señalar con el dedo que los demás tienen mayores defectos no es un argumento legítimo para evadir las críticas a algo o a alguien. Uno puede hablar de los derechos humanos en Cuba aunque ciertos militantes blandan la espada blandengue de la comparación: “Pues en México, en Estados Unidos y en Puerto Rico también se violan derechos humanos”, dirán y repetirán para tratar de acallar al crítico. Cometerán la falacia porque podríamos agendar sesiones de discusión sobre los derechos humanos en México, en Estados Unidos y en Puerto Rico, respectivamente, sin que eso impida que ahora o más tarde, pero algún día, analicemos también los derechos humanos en Cuba. La falacia del tuo quoque no representa un ascenso semántico hacia el análisis de otro tema, sino una burda manera de parar la discusión.
Dice un proverbio rumano que “hay que hacer lo que dice el cura, no lo que hace el cura”. Un cura puede ser un pederasta incurable y, al mismo tiempo, poseer una mente clarividente y un juicio certero. Por ejemplo, un cura pederasta que dice que la pederastia es mala no comete falacia alguna. Comete, es cierto, lo que los pragmatistas nos han enseñado a llamar una “contradicción performativa”, una contradicción entre el hacer y el decir, pero no una falacia lógica.
Eh ahí, entonces, la diferencia entre el reproche por la falta de autoridad moral y la falacia del tuo quoque. El primero es un juicio moral válido, mientras que la segunda evoca un argumento descriptivo inválido. El cura pederasta o el "bueno para nada" crítico futbolero quizá no tienen “autoridad moral” para predicar lo que está bien o está mal, pero pueden llegar a lanzar juicios certeros. De hecho, algunas de esas personas que viven delante de la televisión y no aportan mucho a su entorno, aparte de mensajes linchadores en Twitter o Facebook, deben saber algo de futbol. Muchas de sus críticas deben ser ciertas, aunque provengan de una contradicción performativa. Entre Giovanni Dos Santos y el Don Inútil troglodita aficionado, me causa admiración Giovanni dos Santos y me rebasa ver que el segundo tenga la desfachatez de criticar a la selección de futbol; pero, como dice mi sabio maestro Carlos López Beltrán, ese inútil Don Troglodita aficionado quizá sirva para eso y, desde su desvergüenza, tenga razón. Pésele al Don Perfecto a quien le pese.