20110111




"A menudo, una de las tímidas palomas que llevan ambrosía al padre Zeus cae sobre la roca, pero el padre crea otra, con el fin de que el número quede completo."
La Odisea, rapsodia XI

Vana creencia de los antiguos griegos
pensar que esos otros, los animales,
(entiéndase caballos, aves o borregos),
venían de Zeus en números iguales.

Los mexicanos pensaban otra cosa,
que hubieron perros, guajolotes y peces.
Cada época era frágil como una mariposa.
¡Creación y cataclismo, naces, desapareces!

El cielo se ensangrienta cada ocaso.
Diario el sol muere y la oscuridad
es una miniatura del fracaso.
La vida está cercada de calamidad.

Soy el jaguar que suda en la enramada
muy cerca del asfalto y del campo cercado.
Añoro la humedad de selva sosegada,
suspiro de cansancio, hambriento, resignado.

A la sombra de inmensos ahuehuetes
yo degusté la pulpa de agutíes y de ciervos.
Hoy devoro ratones, bebo agua de retretes.
Sólo espero el final de estos espacios yermos.

Ustedes, los dioses-animales, amos de los colores,
del hierro y de las llamas, están también enfermos.
Verán morir su mundo con terribles dolores.

20101231

La llegada del dios mineral



Palpo un temblor bajo tu vientre, creo.
Profecía natural y augurio de la ciencia.
Me produce temor, pero ya es mi deseo.
Yo seré su vasallo, venderé mi conciencia.

Para atisbarlo claro consigo un catalejo
que apunto hacia el abismo donde estuvo mi oreja.
Veo la mancha sin forma, no es osa ni conejo,
es blanca, diminuta, parece una lenteja.

Es el dios mineral, flotando, suspendido,
resonando en tus ojos, filtrándose en tu piel.
Pero no es que esté quieto ¡Meteorito encendido!
Todo se mueve ¡Claro! ¡Cae la tierra hacia él!

20101217

Confucianismo democrático



Estuve en Seúl, Corea, en 1998. Recuerdo que en una estación de metro vi expuesto un curioso periódico mural hecho por adolescentes. Se trataba de cartones con imágenes recortadas de revistas y texto escrito con marcador. Todos los mensajes estaban en coreano, pero había algunos traducidos al inglés para los escasos turistas. Entendí que la exposición escolar estaba dedicada al “primer premio Nobel coreano, si ya ha nacido”. Solté una carcajada. Me pareció algo ingenuo y casi patético, por lo ridículo que era ese nacionalismo futurista.
A Corea me había enviado el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas en representación del Gobierno del Distrito Federal para participar en una reunión académica de la OCDE sobre políticas públicas de coordinación metropolitana. Llevaba conmigo el orgullo de formar parte del primer gobierno democrático de la Ciudad de México y, en contraste con “nosotros los que habíamos conquistado la democracia al menos en la capital", los coreanos me parecieron personas cuadradas y excesivamente tradicionalistas. Cuando a lo largo de nuestras reuniones de trabajo cuestioné algunos proyectos de planeación de coreanos y japoneses porque me parecían autoritarios y sin suficiente consulta con la población afectada (los coreanos nos explicaban que querían desplazar a la población universitaria del centro de Seúl hacia las afueras, mientras los japoneses expusieron el costoso proyecto de mover la capital de su país fuera de la megalópolis de Tokio-Yokohama a otra), los investigadores viejos no respondieron directamente a mis comentarios críticos. En vez de ello, hicieron una seña discreta y los funcionarios y académicos más jóvenes, de mi edad, tomaron la palabra para dirigirse a mí en tono casi agresivo. Me exasperó toda esa solemnidad y el respeto oriental hacia los mayores que se traducía en una falta de respeto hacia mí, el mismísimo representante de la Ciudad de México. En nuestra querida ciudad no debería haber discriminación por edad, ni gerontocracia, ni prejuicios absurdos.
Años más tarde, descubrí el cine coreano, en particular las películas de Kim Ki-Duk. Supe de la gran penetración económica coreana en México, de la buena y de la mala, pues una poderosa mafia de ese país también opera u operaba en el centro histórico. Para recordar los días que estuve en Seúl, me aficioné a ir de vez en cuando a algún restaurante coreano a comer “tacos” de carne agridulce de res envueltos en hojas de lechuga fresca.
Paulatinamente, en reuniones académicas Corea comenzó a convertirse en un ejemplo citado primero como modelo y, pronto, como un caso demasiado exitoso, cuando mucho un ideal de desarrollo económico y tecnológico, alejado de la “compleja” realidad latinoamericana.
Hace unos días, me he enterado que los estudiantes coreanos obtuvieron los más altos resultados en la prueba PISA a nivel mundial, desplazando a Finlandia. La proeza me pareció aún mayor porque a los finlandeses siempre los había colocado en un pedestal intelectual gracias a Georg Henrik von Wright, filósofo de la mente y redescubridor de la lógica deóntica. Al paso de los años, aquel periódico mural del metro de Seúl no me parece ya ingenuo, ni mucho menos patético. Lo que ha cambiado es la estima que siento por aquel joven insolente que era yo cuando visité Corea. Esa forma de arrogancia que es la rebeldía juvenil latinoamericana es la que me parece ahora ingenua cuando es pura espontaneidad libertaria. He estudiado con cierto detalle los males que históricamente ha generado la inestabilidad política en América Latina y ahora rechazo tanto las dictaduras como la fe en la dimensión liberadora de la revuelta. No puedo ya estar de acuerdo con esos intelectuales que creen que los movimientos sociales y el discurso de los derechos humanos de la primera, segunda, tercera y cuarta generación son suficientes para construir una sociedad sustentable. Para Sergio Aguayo, por ejemplo, la tragedia de México es en parte que somos una sociedad incapaz de salir a las calles a protestar; para mis colegas abogados "garantistas" y "neoconstitucionalistas" los problemas del país parecen resumirse a la ampliación aún insuficiente de nuestras garantías. A ambos parece importarles poco la polarización de la sociedad mexicana. A mi me alarma que las universidades públicas y las privadas casi no colaboren, que unos partidos vean como un deber vetar los proyectos sociales de los otros partidos, que 41% de la población mexicana crea que Calderón es un peligro para México mientras 36% opina lo mismo de López Obrador. Es cierto que la corrupción y la desigualdad son de los primeros lastres del país, pero los costos de enfrentarlas mediante la confrontación pueden ser mayores que los beneficios. Empiezo a convencerme de la importancia de una transición social pactada hacia una sociedad más justa, en vez de la estrategia de la ruptura.
Tengo casi 40 años y, quizá, me vuelva un hegeliano que crea en la conciencia colectiva de las naciones, además de un “confuciano democrático” porque aprecie, junto a la libertad, la disciplina y el respeto de la armonía social.

20101125

¿Por qué el neoliberalismo mexicano fue tan radical?


México acogió el neoliberalismo en los años ochenta del siglo XX con un particular fanatismo. ¿Por qué acabó perdiendo su sistema bancario a manos de instituciones de crédito extranjeras? ¿Por qué dejó de invertir en innovación tecnológica en PEMEX, a diferencia de lo que hizo Brasil con Petrobras? ¿Por qué siendo el país hispanoparlante más poblado de América Latina no buscó invertir en la industria editorial y del software en castellano? México vive hoy de remesas de migrantes, de lo que queda de la explotación del petroleo (no de la poderosa industria petroquímica que aún existía en los ochenta), de inversión extranjera directa y turismo, además de algunas pocas empresas exitosas en exportación como cementeras y cerveceras. A cambio, compramos todo producto y servicio sofisticado del extranjero: desde las máquinas del programa Eco-Bici hasta las ediciones de nuestros propios libros (en Barcelona o Madrid).
Cuando se debate sobre izquierdas y derechas políticas se suele recurrir a ejemplos extremos: decimos al izquierdista que Corea del Norte y Cuba son sistemas políticos que evocan otras épocas porque el control central de la economía, la vigencia de monarquías comunistas y la ferrea censura son condenados por la mayor parte de los países. Decimos al partidario del libre comercio que el neoliberalismo tatcheriano evoca un pasado superado: luego de las crisis bancarias de los años 90 y de la primera década del siglo XXI, se reconoce de manera creciente un papel dirigista e intervencionista al Estado en ciertas áreas. Luego, siguiendo la estrategia sofista del sorites, vamos acorralando a nuestro adversario con ejemplos que sólo difieren un poco de aquellos casos extremos de Cuba o la Inglaterra de Tatcher.
Pero siendo sinceros, hoy la discusión seria no está en los extremos. Lula en Brsil fue un gran cancerbero de la macro-economía neoliberal sin dejar de aumentar el presupuesto contra el hambre y reducir las cifras de pobreza. Obama ha rescatado al sistema bancario de su país sin por ello traicionar el liberalismo económico.
Pero México, como decíamos, dejó morir a Pemex, a la poderosísima industria editorial mexicana, al cine que en los años 50 y 60 era la referencia obligada en Iberoamérica, a la banca nacional, entre muchos otros ejemplos.
¿Por qué? Aquí, no siendo economista, recurro al viejo y manido libro de Octavio Paz: El laberinto de la soledad. Los mexicanos somos, en promedio, más malinchistas que otros pueblos. Lo extranjero tiene un brillo y un olor que nos seduce (aunque conviva con un patriotismo superficial). Mi hipótesis, entonces, es muy sencilla: la llegada del neoliberalismo vino a articularse con nuestro talante malinchista: "que mi libro se edite en España se ve mejor y me da más prestigio que si se editara en México", "que compremos tecnología noruega para perforar pozos nos asegura que no tendremos accidentes, como sí ocurriría con maquinaria made in Mexico", "que nuestro multimillonario Carlos Slim lo sea sin haber inventado o innovado nada en la industrai de la telefonía y las telecomunicaciones, es así porque toma astutamente del mundo lo que necesita y que México no produce", "que la banca en México sea española, canadiense y estadounidense nos garantiza que nigún mexicano ladrón e incompetente nos robe de nuevo", etcétera. El resultado está a la vista: malinchismo y neoliberalismo son la mejor combinación... para tener un país que sólo sabe admnistrar su pobreza, para no salir de ella.

20100816

El gran narcotraficante


Seis policías fueron a cazar al gran narcotraficante. El primero reconoció en el lodo de la brecha la rodada de una Hummer y la siguió hacia la frontera con Estados Unidos.
El segundo tropezó con varias cabezas humanas y ahora se dedica a identificarlas.
El tercero pensó: "los grandes negocios turbios se hacen en buenos suburbios!" y se fue a investigar en la ciudad.
El cuarto desapareció y nunca se ha sabido más de él.
Al quinto le dijeron: "El gran narcotraficante es un tipo divertido: de noche sale de juerga, en el día está detenido."
El sexto soy yo. Opino que mis cinco compañeros siguieron una pista correcta pero que, en el fondo, cada uno está equivocado. El gran narcotraficante no es un simple pollero, ni un preso común, ni es él mismo un sicario. Mi estrategia es holística y dialéctica. Siguiendo el método de la observación participante he ingresado a la mafia. También empleo el arma de las nuevas tecnologías de la información: hablo por televisión, escribo editoriales en los periódicos y mensajes en Facebook y en Twitter. Nadie sabe más que yo del crimen organizado.
En estos momentos estoy modificando el paradigma que guía mi investigación. Veo a los pequeños narcotraficantes como tipos explotados. He visto decenas de campesinos miserables ir a la cárcel por unos carrujos de mariguana que supuestamente poseían. Ya que les prohíben sembrar, vender y exportar su hierba, los narcos se ocultan. Cuando han adoptado una vida clandestina los llaman "hijos de puta" en la televisión, para poder salir a cazarlos (¡qué valientes son los intelectuales de la televisión! nadie parece haber preguntado a Aguilar Camín o a León Krauze, al aire, cuántas veces fumaron un churro de mariguana). Derriban las puertas de las casas de los narcos y se matan entre sí a quemarropa. Desde luego, no niego que los soldados y policías que van por ellos mueran en grandes cantidades. Éstos también son explotados. Desde luego, tampoco justifico la saña y la crueldad de la mafia, pero me pregunto como miles de otros ciudadanos si la guerra desaparecería con la legalización de las drogas blandas.
No quiero sostener una vulgar teoría del complot. No creo que el Presidente mismo o el Secretario de la Defensa sean capos de la droga, lo que pienso es que es imposible capturar al gran narcotraficante. Éste nos tiene, como si dijéramos, cogidos de los huevos. Porque siempre habrá gente miserable que cultive malas hierbas y gringos que las importen. México es un embudo que funciona al revés: la droga entra con dificultad por el orificio menor que está en el sur y desemboca cómodamente en Estados Unidos. La presión, abajo del embudo, es infernal. Por eso los narcos se matan entre ellos y matan a los demás, al entrar al embudo. Frida pintó ese embudo en aquel cuadro que hoy está en el Museo Dolores Olmedo, llamado "Sin esperanza".
No ha existido otro ser humano, aparte de mí, que se haya aproximado tanto al gran narcotraficante, en estricto sentido ningún otro. ¿Entiendes por qué?

20100807

Silogismo electoral versátil (4)


También las buenas lecturas me pueden provocar pesadillas. Leí a Héctor Díaz-Polanco en La Jornada del 7 de agosto, justo antes de dormirme, y en mis sueños sus argumentos se transformaron en alongadas siluetas de políticos seguidos de multitudes como en los murales de Siqueiros en el Castillo de Chapultepec. En su artículo “Las izquierdas y López Obrador”, Díaz-Polanco cuenta que “en innumerables ocasiones me he visto en el trance de atender a la curiosidad de colegas y amigos latinoamericanos que me inquieren sobre la terrible debilidad de la izquierda mexicana”. Luego describe cómo les explica a sus amigos y colegas latinoamericanos que en realidad el PRD y su lamentable situación actual no es a quien debemos voltear para conocer la situación de la izquierda mexicana. La energía transformadora de ésta se expresaría hoy “en un vigoroso movimiento popular que lucha contra el régimen neoliberal, al margen de la estructura partidista tradicional” y esa izquierda es liderada, según Díaz-Polanco, por Andrés Manuel López Obrador. El artículo termina hablando de esos social-demócratas como Denise Dresser y otros comentaristas que ven alarmados que AMLO haya abandonado el centro y las políticas moderadas que se estilan en países como Inglaterra, Alemania, Francia, Italia y Chile. Díaz-Polanco recuerda que en estos países los socialdemócratas “han perdido el poder precisamente por querer situarse en el peldaño que les marcó la derecha”.
Antes de perder completamente la conciencia en la almohada, me pregunté acerca de los referentes de Díaz-Polanco: uno de ellos son sus interlocutores latinoamericanos que en ocasiones innumerables le preguntan acerca de México, a quienes él explica a partir de un esquema gramsciano que el vigoroso movimiento popular del Peje podría evitar que la izquierda mexicana corra la suerte de los derrotados socialdemócratas europeos y chilenos.
¿Qué izquierdas no han sido derrotadas recientemente? Venezuela, Brasil, Bolivia, Cuba. Éstos, me digo a punto de perder la capacidad de razonar por efectos del sueño, son su otro referente.
Cuando se buscan modelos o patrones lo más fácil es recurrir a los referentes más cercanos. Una unidad de medida para calcular longitudes en tiempos de Carlomagno era la estatura del emperador Carlomagno. En Grecia era una porción de la pista del estadio de Olimpia. Con la Revolución Francesa, los científicos buscaron patrones que no fueran arbitrarios o demasiado locales, porque el problema de aquellos referentes era que al morir Carlomagno o al estar lejos de Olimpia, quienes querían confirmar las medidas carecían de los patrones originales. Por eso se pensó en seguir patrones eternos basados en constantes universales. Por ejemplo: una unidad de medida universal puede ser definida como la longitud de un péndulo cuya oscilación en el Zócalo de la Ciudad de México sea de un segundo. O puede ser una porción de la circunferencia de la tierra (un meridiano).
Ya francamente delirando, una angustia me invadió en la cama al pensar que los referentes de Héctor Díaz-Polanco eran francamente locales y perecederos: la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez, el comunismo cubano, el gobierno de Lula o de Evo Morales. Fue de esa angustia que emergieron en mi cabeza imágenes de políticos aterradores, parecidos a las siluetas de los espejos deformantes. Eran caudillos con boinas militares, con sombreros villistas o penachos. Llevaban charreteras o puñales de obsidiana. Los acompañaban multitudes enardecidas de campesinos con huaraches y mujeres con rebozo, imágenes que seguramente mezclé con las que había visto en el reciente mitin de AMLO.
La pesadilla se hizo aún más desagradable cuando apareció Felipe Calderón. De los cielos estrellados surgió una luz que al acercarse a la tierra era una nube. Calderón bajó de ella, como un santo, y recitó un discurso en el que anunciaba que prohibía la comida chatarra en las escuelas pero legalizaba la marihuana. Vi cómo en la multitud los niños y adultos obesos adelgazaban con sólo oír la noticia. Luego, de la mano del Dr. Mario Molina, Calderón combatió el calentamiento global que provenía del acaloramiento popular. Me acerqué hasta él y le dije “Señor Presidente, sus políticas sí son universales, no son provincianas y le pido perdón por no haber votado por usted.”
Dicho esto, abrí los ojos, sudando y alarmado de mí mismo.

20100726

Silogismo electoral versátil (3)


El Zócalo estaba lleno de gente este domingo 25 de julio en el relanzamiento de López Obrador. Si con Spencer Tunick fuimos 20 mil encuerados, calculo a ojo de buen cubero que El Peje logró reunir a más de 100 mil. Suponiendo que la mayoría fueran “hombres y mujeres libres”, como dicen hoy lunes los cronistas de La Jornada, en todo caso eran hombres y mujeres que confiaron su libertad individual a una organización social, a veces a un líder clientelista. Porque el 80% de la gente, calculé desde mi vista panorámica en el hotel Majestic, formaba parte de un contingente uniformado con gorras del mismo color, playeras identificantes, paliacates y, sobretodo, porque las propias mantas solían dar cuenta de un liderazgo personal, del tipo: “El C. Carlitos Ramírez Portales y la organización UPZ apoyan a AMLO para la presidencia”. Obviamente, este corporativismo está muy lejos de la rigidez de los mítines de candidatos presidenciales priístas, con la plancha del Zócalo perfectamente cuadriculada, como esas colchas fabricadas con retazos de tela. En la asamblea de AMLO, en cambio, había ese 20% o 30% de electrones libres: izquierdistas barbones sacados de una historieta de Rius, feministas con huipiles elegantemente ajustados en el talle, viejos profesores con el clásico saco de pana café y la camisa de mezclilla, monjas travestidas de civiles pero inconfundibles por sus modestos zapatos flexi, sus faldas azul marino, sus calcetas hasta la rodilla y las blusas abotonadas hasta el esternón. Los ancianos son una categoría aparte: agradecidos por la modesta pensión que Andrés Manuel les confiriera siendo Jefe de Gobierno, suelen venir solitos.
También son un caso especial los hombres y mujeres del estrado: brillantes intelectuales radicales como Jesusa Rodríguez y Jaime Cárdenas; los inevitables expriístas de última hora que serán aceptados en el círculo mientras su pragmatismo sirva a los fines superiores que encarna el líder; y, desde luego, los personajes más consecuentes de la izquierda mexicana: Elena Poniatowska, Rosario Ibarra, etc.
Pero no, no es el corporativismo de esta izquierda el que me saca ampollas. Adherir a una organización social para ver cumplidos los derechos sociales básicos no es culpa del adherente. Aunque compadezca a esa gente que escuchó de pie tres horas de discursos bajo el ojo vigilante de su “líder”, quizá queriendo irse por ahí a pasear y conocer el Centro Histórico, pero teniendo que oír otra vez los mismos discursos enfáticos sobre la corrupción y la justicia... aunque los compadezca, no condeno al Peje por ello. Así es México y mientras las clases privilegiadas pueden resolver sus problemas con amistades y tráfico de favores, el resto, en cambio, realiza necesariamente trueques con lo único que puede intercambiar: su cuerpo, su presencia, su promesa de fidelidad política, su voz desgañitada en la plaza, su piel quemada por el sol o mojada por el chubasco.
Lo que a mí me saca ampollas de AMLO es la superficialidad de algunas de sus propuestas. Propone, por ejemplo, que los ministros de la Suprema Corte deben ser electos, como lo proponía la Constitución de 1857. Pero resulta que los tribunales constitucionales nacieron para velar porque los derechos de las minorías (religiosas, políticas, étnicas) no fueran avasallados por las mayorías. En un país mayoritariamente católico y supuestamente mestizo hacen falta ministros que protejan a judíos y protestantes, homosexuales y lesbianas, lacandones y menonitas, no más representantes populares de la mayoría. Además, historiadores como Enrique Krauze han mostrado que la fascinación del Peje por la República Restaurada (por Juárez y los liberales de la Reforma) parece más un talismán autocomplaciente, una especie de pensamiento mágico y mesiánico, que un síntoma de visión de Estado y de auténtica cultura constitucional. ¿Por qué El Peje no basa su propuesta en análisis de política comparada? ¿Por qué su modelo es la vieja Constitución de 1857 y no la constitución de una democracia constitucional contemporánea? ¿Ignora que entre 1857 y nuestros días ocurrieron dos guerras mundiales, un puñado de genocidios, el reconocimiento de nuevos derechos sociales y multiculturales?
Me pregunto para qué sirven entonces sus asesores ¿ellos también deben ser electos popularmente? Otro ejemplo: cuando AMLO ofrece a su multitud bajar los precios de la gasolina y del diesel (esos combustibles fósiles generadores de gases de efecto invernadero), no lanza simultáneamente ninguna propuesta sobre el calentamiento global (¿un mito genial para nuestro ignorante caudillo?).
En fin, que los fanáticos seguidores del Peje me critiquen por criticarlo. De todos modos, hoy votaría por él. Cuando uno está perdido en una remota playa tropical, a falta de pan y de tortillas debe comer aunque sea las grasosas tostadas del vendedor de mariscos.