20091225

Manual práctico de las distancias cortas XXI: De la muerte


Querida Rosalba:
Los tres estamos en China, por eso este mensaje no tiene acentos. Seguramente Bernardo te conto que vinimos aca para asistir al concierto de Rolando Villazon, no? Pues todo ha sido una trampa, Santiago tambien esta aqui. Quisimos darles una leccion a ti y a el. Pero las cosas se han puesto mas mal de lo previsto, por eso me atrevo a escribirte. En resumidas cuentas, mi marido esta a punto de matar a tu amigo el profesor. Pero antes de reaccionar, te pido que leas este mensaje hasta el final. Si Santiago esta cada vez peor no solamente es por el alcohol, tambien es por el pasado y eso te concierne sobretodo a ti. No digo que antes fuera un angel, no lo se, pero durante anos se ha sentido culpable por el accidente. Ahora te odia por todo lo que nos has hecho y quiere ponerle un punto final a la guerra contigo. El primer paso sera matar a tu mensajero, matar a mi amante.
Que esperabas? A donde mas podian conducir las agresiones que tu iniciaste? Digo que tu iniciaste porque sinceramente estoy segura de que el accidente fue un accidente, objetivamente un accidente. Hoy es muy facil decir que Santiago es malo o que es una maldad traicionar a mi amante. Pero la maldad no existe en si misma, es frustracion, son celos, es la perdida del control, es estar harto de una amenaza. Ahora diras que Santiago es “malo”, pero el no ha decidido la historia como ha ocurrido. Que fue una cobardia abandonarte despues del accidente, lo sabe muy bien. Cuando nos casamos, su situacion ya era insoportable. Recuerdo muy bien que durante nuestra luna de miel, en Egipto, estabamos viendo un papiro del Libro de los muertos y me dijo que sentia que su alma habia quedado destruida el dia del accidente. Por eso te digo que no existe la maldad, lo que hay se llama vacio, o sea tristeza, depresion. Santiago siente que es un cuerpo sin alma.
Tu pagaste para que lo golpearan. Desde entonces nos mudamos a un conjunto residencial que es un bunker. Conoces la historia mejor que yo, no tengo que repetirtela, pero tal vez la interpretaras de manera distinta si me escuchas. Tu y Santiago han atropellado mi vida mientras trataban de matarse. Ahora has sacrificado la vida del pobre profesor. No se lo merecia. Esta escondido en algun lugar de Shanghai. Si es inteligente se las arreglara para huir, pero no es facil. Es curioso, un dia antes de huir hablabamos de la vida y de la muerte (ya sabes que con el es muy dificil hablar, que no tiene humor, cree que todo mundo sabe quienes fueron Kant y Hegel y solo le interesan las cosas intelectuales). Por eso le conte del Valle de los reyes en Egipto, que los sarcofagos de Tutankamon estan recubiertos de oro y la mascara funeraria es de oro macizo y sin embargo parecen una fotografias del muerto. Eran para que el alma del faraon pudiera reconocer donde se encontraba su cuerpo. Se ven los ojitos almendrados de Tutankamon, su nariz respingada, su cara de adolescente. Hasta le hicieron una oreja mas grande que otra para que el alma no se equivocara al reconocer su forma y asi sus restos. Para los egipcios, alli donde una piramide o un mausoleo se levantaban, alli irian las almas a buscar a sus cuerpos. Se detenian y contemplaban los rasgos faciales. La momia y el alma se reunificaban y la persona reencarnaba. A Bernardo le gusto esta historia, aunque no crea en eso. Nunca ha ido a Egipto. Segun el no existe el alma, ni la inmortalidad, y la forma de nuestro cuerpo nunca es una, cambia siempre, pero le gusto la historia. Pero yo veo a Santiago y se que se siente como un cuerpo que ya no tuviera alma o al que ya no le importa ser malo, para decirlo de alguna manera.
Lo que quiero pedirte es que trates de acabar con esta guerra. Si tu le pides perdon a Santiago, quiza todo se solucione. Si prefieres, avisa a la policia, pero no creo que asi logres salvar a tu amigo. No hay tiempo, solo vas a hacer escandalo. Pidele perdon a Santiago, firmen la paz. Tal vez asi hasta le devuelvas el alma al cuerpo.

20091213

Manual práctico de las distancias cortas XX: De los afrodisíacos


Metes tu lengua al fondo de mi boca y en un descuido me tocas un resquicio del paladar, insinuando que practicas otra suerte de esgrima. Yo reacciono succionándotela con tanta fuerza que sientes que la arrancaré. Gritas de dolor. El mesero voltea, no sabe si debe intervenir o no. Te levantas de la silla, me pateas. Te atrapo la pantorrilla y te hago caer sobre la alfombra del restaurante. “¡Pendejo! ¡Pendejo!” repites. Me burlo. El mesero te ayuda a levantarte. Su mirada es una mezcla de desaprobación y de sometimiento. Sabe que en este restaurante todo puede pasar. Seguramente ha presenciado cómo un inversionista millonario le vuela los sesos a una puta o cómo mafiosos cenan con niñas de familia recién raptadas.
Otra vez te gané. En las pequeñas o en las grandes perversiones te ganaré siempre. Eres una pobre ninfómana desesperada porque aún no te atreves a ser mala y, por ello, sigues frustrada. Has dejado escapar a tu presa. Tanto dinero nos costó prepararte este sencillo platillo mexicano y no tuviste la fuerza para comértelo. Sé que dejaste abierta la puerta del hotel para que el profesor se escapara. Crees que eso me irrita pero, en realidad, me lo estás regalando. Aprenderás que la cacería es una de las artes eróticas. De paso, al liquidar a su amigo, estaré vengándome de la tuerta, nuevamente. Saldré a cazar a tu profesor por la ciudad, en toda China si es necesario.
-No entiendo cómo se escapó, no lo entiendo –repites.
-Porque dejaste abierta la puerta, amor, es obvio.
-No, no, estoy segura que no, Santiago. Pero no puede ir muy lejos, tengo su pasaporte y su tarjeta de crédito.
-Lo vamos a encontrar. Pero… ahora me toca a mí.
-¿Cómo lo vas a hacer?
-No te preocupes, estarás presente –te digo.
Leemos el menú. Preguntas por el chop suey pero aquí no lo conocen o lo pronuncian de manera incomprensible y entonces eliges fideos con abulón y langosta al roquefort. Prefiero “sopa de cocodrilo doblemente hervida, con hipocampo”, aunque sea un plato tan barato, y filete de yak tibetano al azafrán. La primera está en el rubro de nutritious soups pero sospecho que es una mala traducción y que en chino debe decir sopa afrodisíaca. El mesero nos invita al acuario para elegir a las víctimas. Hay peces serpiente, tortugas, ranas gigantes. Debemos escoger al caballito de mar y a la langosta que serán cocinados. Elijo rápido el más grande, pero sin calcularlo demasiado. El mesero sumerge la red y va por el hipocampo que, como un chango de los mares, se aferra con la cola a un coral para que no lo atrapen. A pesar de su resistencia, se lo lleva. Tú elijes a tu langosta por el color: la quieres negra. Elijes una botella de vino blanco. 30 minutos después llegan los platillos.
Mi sopa es pequeña, casi una tasa. Pregunto si la carne de cocodrilo es fresca. Viene el chef con un traductor. Nos explican que ya la tenían cortada y en el refrigerador. Es difícil matar a un cocodrilo delante de los comensales. La carne del cocodrilo es fibrosa, como la cola de res o la machaca norteña, y con mucho cartílago, bueno para las rodillas, espero. Al caballito, en cambio, no sé por dónde hincarle el diente. Está entero, como esos secos que venden como souvenir en Acapulco. El agua hirviente le ha dejado los ojitos medio gachos, pero todavía tienen expresión.
Primero mastico la cola del hipocampo. Luego voy subiendo como roedor hacia el cuerpo. Pero cuando me topo con las vísceras me detengo y comienzo del otro lado. Pero la trompita es dura, casi como un palillo de dientes. Decido mejor comerle por el lomo, pero la idea de acabar tragándome los pulmones y el corazón me detiene.
Me explicas que los hipocampos no tienen pulmones, que son peces. Vete a la mierda con tus aclaraciones, te digo, ya he vivido antes con una veterinaria como para recibir nuevamente lecciones de anatomía comparada. Dejo sobre el plato el cadáver del hipocampo a medio comer. Paso a probar el filete yak.

20091206

Manual práctico de las distancias cortas XIX: Del erhu o violín chino


Mercado de tenis usados. Cientos de vendedores callejeros de reeboks, adidas, convers, nike, dolce gabbana, vans, panam. La mayoría están en mal estado, con agujeros en las suelas, rotos o manchados. La gente los revisa, negocia. Más allá hay un mercado de zapatos de vestir. Antes uno de chamarras de piel, seguido de otro de chamarras de mezclilla. Todo usado. Esta ciudad es una venta de garage. Aunque los caminos no son de terracería, todo está cubierto de tierra, por las construcciones de rascacielos. La nariz y los ojos están secos, arden. Aquí no es Nueva York ni Calculta, es ambos, es Shanghai. La ciudad es rica y pobre. Ya es tarde. Algunas personas se hacen masajear los pies en modestos locales. Los clientes están acostados en 4 o 5 camas y las empleadas les machacan los cojines de las plantas, les separan los dedos, se los mueven para un lado y otro. Más allá, un puñado de gente se apelotona en torno a alguien. De cerca se puede reconocer que es un músico. Toca una especie de violín flaco y alargado. Canta fragmentos con voz de hombre y luego, con voz aguda, de mujer. Debe cantar un dueto, una especie de opera. Curioso one man show. Ahora el músico invita a los espectadores a que canten; una mujer acepta y canta leyendo la letra en un modesto atril. Es un karaoke popular. Ahora toda la gente canta al compás del violín chino. Sólo la boca más cercana no canta, porque no sabe.
Se siente mucha hambre. Hay un restaurante pequeño que parece limpio. Campanitas colgantes se agitan cuando estas manos abren la puerta. Los clientes tienen en sus mesas sopas y platillos con verduras asadas. Estos dedos señalan al mesero algunas imágenes de la carta y al cabo de diez minutos traen una brocheta de pollo y té verde frío con mandarinas miniatura flotando en el vaso. Sabores agridulces, picantes y salados. Muy refrescante el té, pero las brochetas no vienen con arroz. Todavía se siente hambre, pero es muy difícil comunicarse, nadie habla inglés.
No se ha olvidado el nombre que corresponde, Bernardo. No se ignora que esta boca y esta mano corresponden. Es sólo esta sensación de anestesia. Últimos sorbos de té. Reflexión al digerir y reposarse: No se percibe el yo sino como haz de percepciones: recuerdo de Luz Irizábal, recuerdo de Serendipiti, percepción de la mano que descansa sobre la mesa luego de haber trabajado llevando el tenedor y el vaso a la boca. La boca saborea todavía la mandarina dulce y ácida, mezclada con el té de textura astringente. Ahora se trata de pagar con los dólares. No hay billetes chinos en el bolsillo. Se enoja el mesero. Regaña. La mano le muestra que aquí no hay más dinero en los bolsillos. El hombre levanta la voz y habla rápido. Una mujer se acerca. También protesta. Los brazos de ambos están tan cerca que no se sabe cuál es el del yo y cuáles de ellos. No se sabe si ellos alargan sus brazos o éstos brazos les están empujando. Esta sensación ya se ha sentido en el pasado, en el juego infantil que consiste en torcer las manos, confundirlas y luego tratar de mover un dedo en particular, provocando errores graciosos.
Al final, los meseros chinos se cobran veinte dólares ¡un robo! Hay apenas ochenta dólares más en el bolsillo. Hay cansancio, hay preocupación. Lo importante ahora es encontrar un lugar dónde pasar la noche. Caminando en una acera angosta, se sienten los autos silbar en la avenida. Ahora empieza a ser claro que lo más cercano al cuerpo es el yo, en este caso Bernardo Bolaños. El yo es entonces un conjunto de cosas adentro del cuerpo o que están cerca de éste. Pero entre las percepciones no se logra todavía percibirlo a él. No es amnesia o, por lo menos, no es amnesia generalizada. Es no acordarse cómo se conjugan ciertos pronombres y adjetivos. Es como un dolor de cabeza o, más bien, es como hablar un idioma sin haber aprendido algunas palabras fundamentales. Seguramente se rompieron algunas conexiones neuronales. El yo quizá es solamente el hecho de que estas manos, que se balancean al caminar, conducen a este torso que sostiene la cabeza de donde salen estos pensamientos. Es el hecho de decir “Bernardo” desde este aquí y ahora. El yo es, entonces, relativo.

Unos soldados se acercan y preguntan. La mano hace una seña de no entender su idioma ¿o es la mano del guardia la que señala hacia el cielo? Una fuerza empuja hacia atrás. Luego hacia adelante. Los cuerpos de los soldados y el del yo, fusionados por la proximidad, ahora caminan juntos. Los uniformes verdes de los soldados ayudan a distinguir sus cuerpos de este cuerpo, pero es muy difícil. La sensación es de una masa informe. Suben a una camioneta. Han arrestado al yo.

20091128

Manual práctico de las distancias cortas XVIII: De la huída


Obviamente no puedo levantarme la tapa de los sesos como levantaría una alcantarilla y salir por ahí al otro lado del mundo, como Alice de Lewis Carroll. Sólo de fantasear por un segundo con esa imagen me doy cuenta de que el encierro en este hotel me está volviendo loco. Luz llega cada tarde y me obliga a punta de pistola a colocarme unas esposas, luego debo encadenarlas a la cama. Enseguida los pies y así el resto hasta quedar completamente a su disposición. Algunas veces comemos juntos, otras como solo los alimentos que deja sobre la mesa. En estas circunstancias, lo único que puedo hacer es dejar que mis pensamientos den vueltas alrededor de mí. Wittgenstein escribe, cito de memoria, que la gente suele tener creencias centrales que son como el eje en torno al cual gira la tierra. Desde luego, el eje no está clavado en algo más, no hay algo que lo mantenga fijo, sino que su centralidad es producto de lo que gira en torno a él. Son las ideas que giran en torno a una idea axial, como una nube de mosquitos, las que la crean. Para escapar de este lugar, quizá podría hacer que mis ideas dejen de rotar en torno a este eje supuestamente fijo que es mi persona. Soy este cuerpo que cambia permanentemente, soy este circuito de neuronas que se altera cada vez que creo en nuevas ideas o dejo de creer en otras. ¡No estoy fijo, nada me sostiene!
De niño me enseñaron explícitamente que me llamo Bernardo Bolaños, pero sólo con el tiempo fui descubriendo que ese nombre designaba en realidad a una metáfora. Así como no hay una estaca llamada “eje” que perfore la tierra de un extremo a otro de los polos, del mismo modo las ideas que tengo acerca de mí mismo dan vueltas sin cesar alrededor de algo que cambia cada vez. Lo que haya cada vez en el centro de la nube de mosquitos ¡eso soy!
Veamos. Estoy convencido que soy mexicano, que soy profesor, que estoy preso en un maldito rascacielos por culpa de una psicópata, que veo en este momento mis manos escribir en el teclado de mi computadora y que veo también el reflejo de mi rostro sobre la pantalla. Pero que yo sea yo sólo tiene sentido porque esas ideas revolotean en torno a algo. ¿Quién soy? Insisto, soy el eje imaginario en torno al cual giran tales creencias. ¿Cuál creencia es la que soporta a cual? Cada idea, a cada segundo, que me pasa por la cabeza contribuye a hacerme existir, porque sigue la misma trayectoria, me circunda, dibuja mi figura. ¿Pero si lograra que mis ideas se dispersaran? ¿Si en vez de girar en torno al eje partieran como proyectiles o estrellas fugaces? En ese caso, mi yo se dispersaría. El problema, desde luego, es si podré volver a reunirme en mí, cuándo y cómo. Asumo el riesgo, de todos modos Luz Irizábal quiere acabar conmigo.
Me acurruco en una esquina del cuarto. Cierro los ojos. Estoy pensando, es claro, pero me pregunto si eso me hace realmente existir como una cosa. Lo que exista es anterior a estos pensamientos que ahora pienso. La sensación de pensar es quizá lo que existe. Si pienso quiere decir que siento que pienso, es decir, que me escucho hablar internamente, que me veo apretando los párpados, que mis propios pensamientos me producen escalofríos y me cierro contra mí mismo apretándome los antebrazos. Me abrazo. Si tuviera un espejo delante de mí abriría los ojos y me vería en este rincón pensando, pero no lo tengo y, por lo tanto, es menos cierto que “yo” exista. Existe sin duda esta voz interior que dice lo que estoy diciendo, hay también esta experiencia táctil, pero más allá de este conjunto de percepciones sensoriales no hay nada. Sensaciones, al fin y al cabo, que deben dispersarse, las espanto ¡Ahora! ¡Fuera! ¡Largo de aquí! ¡Aléjense de mí, putas! ¡No me toquen!
Lloro. Es inútil. Es seguro que estoy perdiendo la razón. Ensayo otra vez, en tercera persona. Esto es ridículo. ¡No! ¡Aléjense unas de otras! ¡No se toquen! ¡Largo!
Pssrrr. 禁止吸煙. 請不要打擾. CO/1038727792. Limited release. Broken locks or hinges. 不要使用電梯,如果著火. 38樓 不要使用電梯,如果著火. 37樓. 不要使用電梯,如果著火. 36樓. 不要使用電梯,如果著火. 35樓. 不要使用電梯,如果著火. 34樓. 不要使用電梯,如果著火. 33樓. 不要使用電梯,如果著火. 32樓. 不要使用電梯,如果著火. 31樓. 不要使用電梯,如果著火. 30樓. 不要使用電梯,如果著火. 29樓. 不要使用電梯,如果著火. 28樓. 不要使用電梯,如果著火. 27樓. 不要使用電梯,如果著火. 26樓. 不要使用電梯,如果著火. 25樓. 不要使用電梯,如果著火. 24樓. 不要使用電梯,如果著火. 23樓. 不要使用電梯,如果著火. 22樓. 不要使用電梯,如果著火. 21樓. 不要使用電梯,如果著火. 20樓. 不要使用電梯,如果著火. 19樓. 不要使用電梯,如果著火. 18樓. 不要使用電梯,如果著火. 17樓. 不要使用電梯,如果著火. 16樓. 不要使用電梯,如果著火. 15樓. 不要使用電梯,如果著火. 14樓. 不要使用電梯,如果著火. 13樓. 不要使用電梯,如果著火. 12樓. 不要使用電梯,如果著火. 11樓. 不要使用電梯,如果著火. 10樓. 不要使用電梯,如果著火. 9樓. 不要使用電梯,如果著火. 8樓. 不要使用電梯,如果著火. 7樓. 不要使用電梯,如果著火. 6樓. 不要使用電梯,如果著火. 5樓. 不要使用電梯,如果著火. 4樓. 不要使用電梯,如果著火. 3樓. 不要使用電梯,如果著火. 2樓. 不要使用電梯,如果著火. 1樓. 不要使用電梯,如果著火.

20091121

Manual práctico de las distancias cortas XVII: De Dios ¿o del absurdo?


Sin duda, la peor de las perversiones que me hace sufrir Luz Irizábal durante este encierro es privarme de libros, porque del resto… siendo su esclavo sexual no carezco completamente de gratificaciones, al menos hasta ahora. Luz pretexta que en Shanghai no hay librerías occidentales y que lo único que podría comprarme serían bestsellers en inglés o manuales para inversionistas. No le creo. Seguramente no se atreve a entrar en una librería por miedo a hacer el ridículo. No por nada, cuando en el avión mencioné a Giorgio Agamben ella entendió Giorgio Armani y cuando de reojo leyó que yo escribía algo sobre Habermas en mi cuaderno de notas, me preguntó si estaba investigando sobre Halloween: "Ay, es que tu letra es muy fea", dijo tratándose de justificar. Al conocernos, le había preguntado cuál era su libro favorito y me dijo que Las mil y una noches, pero al charlar comprendí que no lo había leído y que estaba blofeándome. Por suerte, en mi portafolio llevo siempre ensayos qué calificar de mis alumnos y, en esta ocasión, ellos me permiten alargar mis meditaciones lo más posible. Al cabo de un rato de lectura, me acerco a la ventana y alargo la vista desde este piso 38. Alcanzo a ver un templo ¿budista, confucionista, taoísta? Veo también los rascacielos que crecen entre las ruinas de pagodas y viviendas tradicionales. Luego vuelvo a la lectura o, más bien, al desciframiento de los párrafos garrapateados de mis estudiantes y así espero a que Luz regrese con comida exótica y algún nuevo capricho.
De los ensayos, el de Alejandrina me ha sorprendido por su ingenio, al aplicar el principio de razón suficiente de Lebiniz al tema de la existencia humana. “Por algo estamos aquí” dice ella. Leibniz cree que hay siempre un fundamento del enlace intrínseco entre los términos de una proposición verdadera (es decir, Praedictaum inest subjecto, todo predicado está encerrado en el sujeto) y que un corolario de ello es el axioma vulgar de que todo tiene una razón en este mundo. De otro modo, según Leibniz, habría proposiciones absurdas donde el sujeto no contendría el predicado (filósofos que no filosofasen, sillas que no sirviesen para sentarse en ellas, etc.). Y es que en el siglo XVII el azar y el absurdo eran todavía suposiciones quiméricas. Los conceptos de suerte, azar, fortuna, apenas estaban siendo formalizados y coexistían, mal que bien, con el determinismo. Para estos filósofos, el futuro estaba escrito aunque fuera como resultado de un cálculo en la mente de Dios. En el siglo XIX, llegó el argumento de la muerte de Dios y sus corolarios: la interpretación metafísica de la mecánica cuántica y la literatura del absurdo en el XX. Pero para Alejandrina, el principio de razón suficiente ha vuelto a ser válido, precisamente por el fracaso de los fenomenólogos del absurdo, de Kafka a Ionescu, de Tzara a Fellini, pasando desde luego por los surrealistas y los pintores expresionistas abstractos. No por nada, el absurdo de escritores contemporáneos como Murakami ha vuelto a ser místico.
Lo interesante es la estrategia cognitiva que siguen ella y algunos otros estudiantes del siglo XXI para abrirle un campito a la idea de Dios. El argumento del sombrero que le da Leibniz a Arnauld, y que para mí sigue siendo un ejemplo ridículo, es reelaborado por Lidia Chávez. Como se sabe, más allá de postular la armonía preestablecida entre los seres, que marchan como relojitos independientes unos de otros pero sincronizados, Leibniz cree también en la armonía entre el mundo material y el espiritual. Y no es que mi espíritu le diga a mi mano que se acomode el sombrero, sino que milagrosamente coinciden mi voluntad de acomodarme el sombrero y el movimiento de mi brazo que hace lo propio. Pues Lidia encuentra en este argumento ad hoc de Leibniz a Arnauld, una manera de salvar a Dios en nuestra sociedad tecnológica. Si mi computadora Toshiba funciona mientras escribo en la cumbre de un rascacielos chino, detrás de mí un Dios neoliberal deja hacer y deja pasar. No interviene, está de acuerdo.
Fidel, por su parte, también rescata de los escritos de Leibniz argumentos teológicos, en vez de interesarse por la lógica o por el proyecto epistemológico de éste. Dice que Leibniz entiende a Dios como un todo y no como el todo. La característica de ese todo sería, en términos cartesianos, el hecho de contar con ideas perfectamente claras y distintas. Ese todo sería compatible con otros todos, pues Leibniz insiste a lo largo de su obra en que las mónadas o unidades de la realidad reflejan la totalidad del resto de lo existente, aunque ellas mismas no tengan ventanas. Por lo tanto, Dios sería una mónada que no se distinguiría cuantitativa sino cualitativamente de otras, pues para ser un todo se requiere poseer un número preciso de elementos (la totalidad, cifra común a todos los todos, al menos antes del descubrimiento de la aritmética transfinita), mientras que la manera de poseerlos sí puede variar. Habría de todos a todos. No todos los todos serían iguales. Y Dios sería un todo entre otros, pero se apercibiría de ello con una clarividencia total (en un sentido cualitativo de totalidad). Dios sería el único todo que poseería todo el conocimiento. Esta lectura hace compatibles las perspectivas de Leibniz y de Spinoza, la diversidad y la unidad de lo substancial, y anticipa a Hegel, quien postulará más tarde que el absoluto es una conciencia universal.
La asombrosa comodidad con la que mis estudiantes escriben argumentos metafísicos me rebasa. Si yo fui formado en el más austero empirismo lógico, tanto en México como en Francia ¿de dónde sacan ellos estas reflexiones? Lástima que estén equivocados. Sería tan útil que el hombre pudiera escalar para pensar más allá de su propia mente, pero es imposible, tan imposible como para mí salir de esta torre.
El entusiasmo y la sorpresa que me causan estas disquisiciones teológicas de mis estudiantes se ve interrumpida por el ignaro que nunca se apareció en clase, que tuvo la desfachatez de presentarse al examen y que me traduce cogito ergo sum por “sólo sé que no se nada”. Tú lo has dicho, meu filho.

20091111

Manual práctico de las distancias cortas XVI: De la monotonía


Escribo desde el último piso de un rascacielos vacío. Estoy en Shanghai, el puerto de donde salen los millones de mercancías que tienen la etiqueta made in China y que el resto del mundo compramos en los supermercados o en las tiendas de lujo, pero también en los tianguis de artesanías tradicionales (mi primer día aquí descubrí que esas víboras de madera que venden en Tepoztlán, hechas mediante cortes estratégicos a un palo y que se mueven como si fueran reales, no están hechas por manos mexicanas, sino en serie y por miles en algún taller chino). Deben ser las 7:20 a.m. en la Ciudad de México, pues son las 20:20 en esta ciudad. No puedo salir, Luz Irizábal me ha encerrado aquí. No hay ningún otro huésped en los cinco pisos contiguos. Lo sé porque, al salir del aeropuerto hace cinco días, Luz entregó al taxista una tarjeta con la dirección del hotel; éste condujo durante veinte minutos por la ciudad y, al fin, se detuvo en una zona devastada por las construcciones. Sacamos las maletas y caminamos con ellas (yo cargaba ambas) en dirección a las grúas y tractores.
“He elegido un hotel donde estaremos realmente tranquilos –me dijo Luz-, está en medio de las obras que están haciendo para la exposición universal del 2010 y nadie se hospeda allí. Además, conseguí la suite más lujosa con 80% de descuento.”
Era difícil respirar por el polvo y por el calor asfixiante. En medio del estruendo de motores y perforadoras, librando mangueras y cables, escombros y varillas, Luz mostraba la tarjetita a los trabajadores que se quitaban el casco, decían cosas incomprensibles y, al fin, nos señalaban hacia donde seguir caminando. Así anduvimos a pie durante treinta minutos hasta reconocer, a contraluz, el gigantísimo hotel. Debía ser un lugar muy lujoso, pues daba al río Huangpu, con una vista preciosa.
En la otra orilla se veía una hilera de rascacielos posmodernos. Al aproximarnos a la entrada se abrieron ante nosotros las puertas automáticas y nos envolvió la corriente gélida de aire acondicionado. Nos registramos ante una adolescente vestida con uniforme azul rey y, como si fuéramos dos corresponsales de guerra, de tan cubiertos de polvo y sudor, subimos a nuestra habitación en el piso 38.
He omitido dar explicaciones preliminares de cómo me trajo Luz hasta Shanghai. Todo se resume a la argucia de que el tenor mexicano Rolando Villazón cantaría aquí, que supuestamente era amigo cercano de Luz, que no podíamos perdernos el concierto y que ella me pagaría la mayor parte de los gastos. No me pareció una frivolidad, era sólo un lujo normal para una mujer rica como ella y yo era su amante, de modo que debía acostumbrarme al tipo de vida de los millonarios. El trimestre había concluido en la universidad y yo podía disponer de algunos días.
Aunque estábamos exhaustos, esa primera noche en Shanghai hicimos el amor como a ella tanto le gusta. No repetiré la descripción que ya he hecho de nuestro primer encuentro, en la entrega XIV, sobre el vulvaluz o la naturaleza del tiempo. Sólo hago notar que se trató de lo mismo, casi exactamente de lo mismo, otra vez. Quiero decir que viéndolo todo, panorámicamente, a través de su pubis, esta vez nuestro coito era un retorno. Lo único que cambiaba eran unos cuántos recuerdos nuevos, los que se habían acumulado entre nuestro último encuentro y ahora. Si en aquella ocasión había visto desde mi nacimiento hasta mi muerte pasando por el pasado y la flecha del futuro a partir de mi existencia, esta vez veía también una ligera desviación en el porvenir junto a un pasado ya fijo como un bloque de mármol. “¡El vulvaluz, ya está, el vulvaluz otra vez!”, le dije aprovechando un respiro. Sus muslos respondieron apretándome aún más las mejillas y silenciándome. Marqué con las uñas una líneas a lo largo de su espalda, paralelas a las líneas de sus vértebras, como dibujándole las cuerdas de una guitarra, como gritándole lo mismo con otro lenguaje. Entendí que era simultáneo, sus glúteos temblaban anunciando el orgasmo y sus chillidos de roedor me lo confirmaban. Regresé a mi puesto en esos momentos críticos, como el marinero responsable del periscopio en un submarino. Llegó el temblor y Luz se agitó, se agitaron sus brazos y sus caderas, sus mandíbulas y sus pies. “Es esto lo que quería decir Bretón al afirmar que la belleza será convulsiva o no será -pensé-, se refería al orgasmo convulsivo de las mujeres, de otro modo la frase no tiene sentido”.
Al día siguiente, Luz y yo visitamos la ciudad. En ese momento me fascinaba, pero los acontecimientos posteriores me impiden escribir este relato como el turista que fui ese día. He olvidado lo que pensé del salón de té que visitamos, del barrio antiguo y del museo. Incluso he olvidado las explicaciones de ese guía que nos habló de los más antiguos caracteres chinos inspirados por motivos sexuales (falos y vaginas dibujados de unas u otras maneras habrían dado lugar a conceptos abstractos: lenguaje, fuerza vital, etcétera). Todo pasó a un segundo plano desde que Luz me contó, en la cena, lo que le ocurría.
Durante su adolescencia, según me dijo, había atisbado los problemas de su vida sexual aún antes de ejercerla con los hombres. Gozar era para ella, aún en solitario, un reto. Luego de casarse con Santiago, la pareja había ido a Houston para tratarse, pues ambos creían que ella era frígida. No había tenido resultados ni en ese ni en otros viajes a hospitales y clínicas americanos. Fueron los tratamientos alternativos y, más aún, esotéricos, los únicos que le dieron resultados. Un día, un chamán salido de una reserva indígena de Estados Unidos, recomendado por la esposa de un acaudalado banquero mexicano, la curó. El tipo logró despertar sus deseos e, incluso, seducirla. Pero cuando Luz experimentaba, por fin, un orgasmo, el hombre se asustó y huyó. Con una mezcla de esperanza y confusión, Luz prosiguió por la vía de las prácticas ocultistas. Finalmente, durante un viaje a París, Alejandro Jodorowsky le habría leído el tarot y diagnosticado lo opuesto de la frigidez: ninfomanía. “La carta del diablo, en el tarot de Marsella, representa a un hermafrodita y su significado es la lujuria. Es el arcano que rige mi vida, junto con la estrella y la fuerza. Sufro de una libido tan intensa que la satisfacción sexual, en mi caso, será siempre un ideal.” Fue Jodorowsky, también, quién le explicó que, en vez de clítoris, Luz poseía un “vulvaluz”. Luego de meses de investigación y auto experimentación, Luz había llegado a convencerse de que su problema se resumía, entonces, a la monotonía.
-Es difícil saciarme –me dijo durante aquella cena- y, cuando lo consigo, el placer absoluto resulta siempre igual, es equivalente a la frigidez. Los extremos se tocan. Cuando me escribiste en Facebook diciéndome que conocías mi vulvaluz y vi que eras un profesor de filosofía, volví a esperanzarme. Hicimos el amor y fue muy intenso, lo reconozco. Pero ya conocía esa sensación, es siempre la misma. Lo fue la segunda vez y lo fue anoche, al otro lado del mundo.
-No te presiones –le dije a Luz-. Creo que no deberías creer a pie juntillas las interpretaciones de chamanes y videntes. Estás introyectando lo que ellos te dicen. Lo estás volviendo realidad. Tu vida no puede estar marcada por tres cartas del tarot. Tu misterio trasciende la interpretación que te dio Jodorowsky.
-¡Pero tú también has experimentado el vulvaluz! –respondió.
-Sí, sí. Es una experiencia maravillosa. Cuando hacemos el amor comparo cada caricia, cada sensación, con las caricias y sensaciones del pasado. La comparación trasciende mi vida. Me proyecto en la historia y hacia el futuro. Las imágenes se amontonan en mi mente. Es maravilloso. El tiempo es algo concreto y unificado en esos momentos.
-¿Y cada vez es diferente? –preguntó Luz, agresiva y triste.
-Muy poco –reconocí.
-Lo ves, es monótono. Incluso el placer absoluto, la felicidad absoluta y el conocimiento absoluto resultan monótonos.
-El secreto, quizá, está en concentrarse en los detalles –le dije-, no en el absoluto. Identificar eso que cambia cada vez, por ínfimo que sea. Debes estudiar budismo.
Esa noche no hicimos el amor. A la mañana siguiente, Luz había desaparecido y yo me encontraba encerrado en nuestra habitación. Se había llevado el teléfono. Pedí ayuda a gritos pero nadie vino a ayudarme. La camarera no se presentó en todo el día. Esa noche, Luz regreso empuñando un revólver: “Si te mato nadie se enterará. No hagas tonterías y obedece. Cuando el placer absoluto es insuficiente, hay que buscar del lado del sufrimiento”.

20091108

Venganza contra la mujer que me tiene secuestrado en este rascacielos vacío


Me invitaste a Shanghai, ninfómana burguesa,
a escuchar al tenor Rolando Villazón
¡Cómo iba a imaginarme que yo sería la presa
de tus perversidades y de tanta abyección!

Me sofoca la espera y escribo en esta mesa
sonetos vengativos con desesperación.
Nadie anda por aquí, sólo la grúa regresa
a retirar los restos de la demolición.

¿Como es que este acostón tornose acosamiento,
pesadilla, secuestro, quizá desmembración?
Aunque no muera de hambre, ni sienta aburrimiento
maldigo mi ceguera y mi contradicción.
Débil de voluntad, frágil de sentimiento
una rubia exultante me masca el corazón.