20090203

Mamá Africa

Aunque nunca toqué las piernas blancas del David en Florencia, ni el mármol rojo congelado de la tumba de Bonaparte, un día me descubrí dentro de la casa de tierra de un abuelo Somba, una Tatá Somba. El y su familia no hablaban francés y al llegar sólo habíamos intercambiado saludos. Visité la cocina, con piedras de molienda alineadas una al lado de la otra. En medio de la habitación principal colgaba un tambor enorme, destinado a llamar a la comunidad en caso de un fallecimiento. Subí al granero y en el mirador de xilos que eran torres, probé en una calabaza la cerveza de mijo. En el suelo se secaba maíz, chile y otras verduras y granos que no conocía. Había niños, cabritos y perros, todos en el techo de la vivienda de terracota. En el jardín había baobabs, elefantes, gacelas, leones, leopardos, hipopótamos, el horizonte, el planeta entero, hasta el sol a lo lejos. Como todo cabía en ese pueblo, yo también podía estar allí, dentro de esta pequeña casa exhuberante. Más aún, me metí en una habitación y me recosté sobre el tapete azul y verde que servía de lecho. Miré, colgado del techo de ramas, un atado con ropa y un monedero. Había utensilios personales, algunas canastas y un recipiente de plástico, pero en total pocas cosas. La habitación olía ligeramente a madera y a tierra ¿o a la persona que dormía en ella?. Después de un rato, sintiéndome fresco, salí de nuevo a la terraza y me despedí con un gesto de agradecimiento. Bajé las escaleras y salí de la Tatá por la puerta coronada de "fetiches" (un cráneo de gacela y otro de mono, una tenaza de cangrejo, un amasijo de raíces y otro de vísceras secas de animales). Aparte de la modesta contribución a una asociación local por la visita de todo el pueblo, no pagué nada por entrar hasta lo más íntimo de esa casa. Cerca de ahí, un anciano ciego custodiaba un árbol sagrado. Me parecía un baobab como cualquier otro pero a ese árbol en particular no tenía permiso de acercarme.
Africa se me mostraba a través de un pudor al revés, invertido con respecto al mío. La vida privada era un asunto prosaico (un simple turista como yo no tenía marcadas fronteras de "intimidad" de los residentes locales), el misterio estaba más bien en el mundo. Conmigo sucede al revés. Mientras yo practico con frecuencia, como otros agnósticos, el deporte de blasfemar contra las religiones establecidas, allí regía un respeto solemne de lo sagrado, viniese de donde viniese. Si yo temo a los accidentes de carretera, allí se cuidaban más bien del odio de un eventual enemigo y de la furia del mar. A los pocos días de haber llegado a Benín, había visto mujeres con el pecho descubierto pero no en shorts, ni con faldas cortas (eran las piernas, no los senos, el centro erótico). Algunas de estas diferencias me irritaban mucho, como la manía de los choferes de camión de imponer a todo el pasaje casettes con sermones y canciones religiosas. Pero en otros momentos me sentía en sintonía con este misticismo generalizado y compartía el animismo. Como al visitar la sabana, verdadera patria de todos los primates erguidos. El 5 de enero, alrrededor de las 17:30 hrs., en la Pendjari, cerca de la llamada "laguna sagrada" (mare sacrée), en una llanura de pastos altos en la que estaba imaginando la vida que vivieron mis antepasados, crucé la mirada con una leona. Ella en libertad, yo en libertad. Expuestos el uno al otro. Me llené de terror y de fascinación por su presencia y, sobre todo, por su cercanía. Sus propios ancestros y los míos evolucionaron juntos en estas tierras, hace quizá cinco millones de años si nos referimos, respectivamente, a los primeros primates erguidos y bípedos, los homininos, y a los primeros Pantherinae que cazaron en las sabanas africanas. O hace quizá dos millones de años si pensamos en el Homo erectus y en los actuales Panthera leo, cuyos fósiles más antiguos han sido encontrados en lo que hoy es Tanzania. El caso es que, millones de años antes o después, se hicieron la guerra. Cazadores ambos, lucharon por la hegemonía. Con perdón de Kant, no se puede saber qué es el ser humano sin saber qué fueron los grandes felinos africanos y la sabana, nuestros grandes adversarios que contribuyeron a modelar lo que somos. Ahora quedan menos de 50 mil leones en libertad en el continente africano y más de 6 mil millones de humanos en el planeta (la primera cifra, por cierto, aunque dramática es más alta que la de otros carnívoros africanos que están a punto de desaparecer, como los guepardos y los perros salvajes -lycaon pictus-). La leona y yo nos mirábamos con miedo antes de calmarnos y aburrirnos el uno del otro al cabo de 5 minutos, para terminar ignorándonos (ella continuó su camino, yo el mío ¡habíamos visto tantas veces leones y humanos!). Estas preocupaciones mías no eran quizá tan distintas de las de Bucari, nuestro guía beninés. Para él, la leona era más que un animal, tenía un espíritu, el de sus ancestros. Las fuerzas naturales, los orishas, no son otra cosa que nuestros ancestros, incluso el rayo, el arcoiris o el mar.

En los años noventa había aproximadamente 100 mil leones libres en Africa y la población parecía estable. Hoy hay menos de la mitad. Se desconocen las causas de este pronunciado descenso, pero no sería sorprendente que estúpidos visitantes como yo hayan contribuído a agravar la situación. Al mismo tiempo, los habitantes de estas regiones requieren de fuentes de ingreso distintas de los cazadores. En todo caso, si los símbolos existen, la extinción de los leones, nuestro alter ego milenario, sería el símbolo más claro de nuestra propia inviabilidad como especie.

20090131

Epístola a una dama que nunca en su vida conoció elefantes

En realidad, los elefantes

no tienen la importancia que nosotros les dimos
antes.
Son como una señora con los senos opimos
los pobres elefantes.


El símil no es exacto, pero da bien la idea:


el elefante tiene su cola y la menea


con el fláccido ritmo que la dama sus senos…


Y se parecen mucho, aunque usted no lo crea.


El símil no es exacto, pero eso es lo de menos.


Dice un proverbio indio: "Haz que tu amada ostente


la gracia quebradiza de un joven elefante…"


He allí un símil, señora un si es no imprudente


y clásico, no obstante.


Cuando usted me decía: Yo no creo en elefantes…


abrigaba mis dudas.


Opiniones ajenas no son siempre bastantes:


la jirafa, el camello, ciertas aves zancudas


son menos admisibles. Como dije a usted antes


gusto hablar de animales con el pelo en la mano.


Como errar es humano


perseguí paquidermos por los seis continentes


-el antártico incluso- por verdades fehacientes


en dinero y cuidados no paré nunca mientes.


Hay elefantes blancos que no son comunes;


son como las gallinas que ponen huevo en lunes.


Los usan en los circos y las cortes fastuosas


para atraer turistas y algunas otras cosas.


Los elefantes son, más comúnmente, grises:


a veces son gris-rata, a veces son gris-perla


y tienen sonrosadas como usted las narices.


Cuando miro elefantes, siento anhelos de verla


y estrecharla en mis brazos, come en tiempos felices…


Los elefantes son, más comúnmente, grises…


Un rajah de la India, por razones que ignoro,


arrancó los colmillos a su fiel proboscidio


quien se puso, ipso-facto, dentadura de oro


y murió ipso-facto…


¿fue piorrea? ¿Fue suicidio?


¿Un rajah de la India? Eso sí es hilarante, hilarante


sobre todo en el cine con un buen comediante…


Un defecto, no obstante


tiene -justo es decirlo- el amigo elefante:


la epidermis que cubre su maciza estructura


es tan dura, tan dura


que adecuarse no puede a la industria del guante.


De otros puntos de vista este gran paquidermo


es tan útil, señora,


como un cambio de dieta a un estómago enfermo…



-Renato Leduc-

Retratos por encargo 3: Porto Novo


20090130

Retratos por encargo 2: Allada


Allada, Benín. 9 de enero del 2009.

Sitouti Leuchman y otros retratos por encargo

En Tanguieta, Benín, Sitouti Leuchman me pidió que le tomara una foto frente a su camioneta. Aquí la subo. En otras ciudades, otras personas también me pidieron que las retratara, pero no tengo sus nombres. Subiré sus fotos, esperando que Google u otro motor de búsqueda los referencie pronto y que a partir del nombre de las poblaciones ellos puedan encontrarlas. Queda estrictamente prohibido usar estas fotos fuera de este blog sin autorización de quienes son retratados en ellas o de sus padres.

A Tanguiéta, au Benin, Sitouti Leuchman m'a demandé de prendre une photo de lui en face de sa camionnette. Là voici. Dans d'autres villes, d'autres personnes m'ont aussi demandé de leur faire un portrait, mais je n'ai pas leurs noms. Je vais télécharger leurs photos, en attendant que Google ou d'autre moteur de recherche les référencie bientôt pour qu’ils puissent s’en servir. Il est strictement interdit d’employer ces photos hors du blog sans autorisation des intéresses ou de leurs parents.

In Tanguieta, Benin, Sitouti Leuchman asked me to take a photo in front of his van. Here it is. In other cities, other people also asked me to portray them, but I do not have their names. I am uploading their photos, hoping that Google or another search engine will classify them soon, so those portrayed in them will find them. It is strictly forbidden to use these photos out of this blog without permission from the models or their parents.

20090118

La inquietud de sí y la pobreza exuberante

Si de por sí este blog carece prácticamente de lectores, las florituras visuales que contiene lo hacen difícil de abrir desde el ciber-café de una zona rural o en una pequeña ciudad de Centroamérica, pues esperar a que se carguen las imágenes es fastidioso. Si sumado a eso tomamos en cuenta que la mayoría de mis textos son esbozos, ocurrencias o notas que escribo al aventón, entonces concluyo que esta página personal debe reformarse o conformarse con ser un cuaderno personal donde arrojar cualquier cosa para consumo personal. La ventaja de usar un blog como cajón de sastre para uso personal, además del hecho de que es inmaterial (un blog no tiene hojas de papel y por lo tanto no pesa en mi bolsillo), es que puede ayudarnos a darle un poco de continuidad a nuestros pensamientos y orden a su flujo. Al fin y al cabo, la molestia de haber escrito algo, lo que sea, y de exhibirlo a quien quiera leerlo, es una incitación a no decir hoy lo contrario de lo que dije ayer (aunque seguramente, surgirán contradicciones al cabo de algunos meses). ¿Para qué sirve darle algo de continuidad y orden al flujo de nuestros pensamientos? Por souci de soi (inquietud de sí) como diría Foucault.
Voy a reducir la carga visual de la página, privilegiando las fotografías que yo mismo tomo. ¿Por qué aligerar la página? ¿Me interesa que me lean en Africa o en una ranchería de las montañas mexicanas? ¿He decidido dedicar este blog a "los pobres"? No, no creo que pueda "escribir para los pobres" ni que a ellos les interese que lo haga. Que un urbano clasemediero tenga "inquietud de sí" y la refleje en un blog le tiene seguramente sin cuidado a la mayoría de quienes viven al día en el mundo (y son cientos de millones). Para ellos, consultar Internet no es una frivolidad: si lo hacen es para buscar empleo, para notificar un deceso o invitar a una celebración, para actualizarse. De ese modo, los miles de blogs ombliguistas (es decir, que tratan en primer lugar del ombligo de sus autores) se enfrentan a los millones de internautas con prisa y necesidades apremiantes (que pagan caro por conectarse y que buscan ir al grano). Se trata de dos mundos alejados entre sí, pero quiero pensar que ocasionalmente pueden tocarse. Tomando en cuenta que alguna vez hablaré aquí de alguien que conocí en un transporte público durante un viaje, que citaré seguramente el proverbio que me dijo una marchanta en el mercado o que alguna persona en un lugar lejano me pedirá que le envíe una foto que le tomé, al menos quiero que para esos cuantos personajes de mi propia inquietud personal mi blog se abra un poco más fácilmente. En resumen, quiero ser sensible al hecho de que no todos contamos con Internet de banda ancha.

Desde luego, este blog seguirá siendo ombliguista, dirigido en primer lugar a su autor y a los que -como él- forman parte de una sociedad tecnológica y pasan horas frente a una pantalla. Pero me gustaría estar cada vez más inspirado de aquellos que tienen el privilegio de vivir afuera, esos que son inteligentes no por saber mucho sino por aplicar cotidianamente las cosas que saben; de quienes no ruedan sobre el asfalto en vehículos propios sino que con los pies desnudos tocan la tierra; de aquellos que suelen ser más felices porque, paradójicamente, no tienen muchas cosas entre las cuales elegir, ni la frustración que viene con la elección (caso similar al de la "felicidad de los pobres" es el amor de los adolescentes que viven muy intensamente su primera gran relación porque no tienen el peso de otros recuerdos, porque no tienen qué optar entre los amores que se van acumulando en la vida). Este blog quisiera estar más inspirado de quienes tienen el privilegio de tener todavía contacto con la naturaleza (que han visto un cóndor o una gacela en libertad, sin haber pagado un safari fotográfico) y cuya conversación, cuyo arte nos enriquecen. Así, más que "Internet para los pobres", me gustaría practicar un blog que traiga a mi solipsista pantalla algo de riqueza sacada de afuera (soy un poco como ese amigo mío, rico, que sin afanes altruistas y sin demagogia confiesa que no le gusta pasar sus vacaciones en países ricos). Hay, desde luego, una pobreza que repelemos, que nos da el miedo a contagiarnos de meningitis o de piojos, que asociamos con la delincuencia, que provoca muecas de desagrado; hay otra que es orgullosa, que es sabia, que admiramos aunque no quisiéramos compartir. En este segundo caso está la pobreza de muchos africanos, ese orgullo de vestirse con los paños más bellos, aún al precio de comer lo mínimo o de no tener techo propio; está también el orgullo de los indígenas de celebrar una fiesta, incluso destinando a ella ahorros vitales. Entra en esa lista la pobreza de los verdaderos ecologistas, los que respetan la naturaleza renunciando a comodidades de la vida urbana.

Las dos formas de pobreza, sin embargo, suelen tener momentos terribles, cuando muere un hijo de una enfermedad curable, cuando mediante una inundación las respetadas divinidades naturales destruyen nuestras escasas pertenencias. ¡Si hubiera una forma de dejar de ser pobre, pero sin dejar de ser indígena de la montaña, aldeano de una ciudad de adobe o terracota, habitante de una ciudad lacustre, practicante de ritos animistas ancestrales! Debe haberla. Es acaso un justo medio que combina herbolaria con hospitales, transportes de calidad con uso colectivo de los mismos, austeridad en los patrones de consumo con cobertura social, vudú y ciencia, acceso a Internet y preservación de selvas y bosques.
Es en ese sentido que Internet puede quizá conectar el mundo de las ciudades desarrolladas y el mundo de la pobreza estructurada y digna. Así nos retroalimentaríamos. No he querido colocar las explicaciones a las fotos que aparecen en esta entrada porque no pretendo contribuir a clasificar étnica y antropológicamente mis recuerdos, el de las mujeres y los niños cuya belleza conservo como un tesoro personal.

20081213

El embarazoso espectáculo de la reflexión

Espero a Ana que llega en metro. Le explico que al salir de la estación San Cosme debe caminar por la calle Naranjo hasta la casa. "Pero si vengo del Centro Histórico ¿debo atravesar o no la avenida San Cosme? ¿O tomo directamente la calle Naranjo al salir de la estación?", pregunta. Para poder responderle, mi reflejo es recordar mis hábitos cotidianos. Pero venir del Centro Histórico en metro no es uno de mis hábitos. En cambio, cuando voy al sur de la ciudad, en metro, una vez por semana, paso por el Centro Histórico y debo atravesar la avenida San Cosme. Por lo tanto, si yo "regresara" del Centro Histórico a mi casa, no debería atravesar la avenida San Cosme. "Toma Naranjo del lado que salgas, no es necesario cruzar la avenida", respondo al cabo de algunos segundos (que me parecen demasiados). Antes de colgar, trato de pensar en términos abstractos: norte, sur, este, oeste. "No, no es necesario cruzar San Cosme", confirmo.
Si para ir al este debo cruzar la avenida, para ir al oeste no debo cruzarla. Si para ir al este debo cruzar la avenida, al venir del este no debo cruzarla. ¿Se trata de principios lógicos o de meros hábitos? me interrogo.
Desde hace años, sé que la mayoría de los asesinatos en la Ciudad de México ocurren con motivo de un robo "con incidentes". Una vez un tipo me puso algo enfrente que pudo haber sido una pistola y me pidió que le diera el dinero y el celular. Se los dí sin reflexionar. Fue como si a partir de la reflexión previa acerca de la proporción de homicidios con motivo de robos, mi cuerpo hubiese llegado a una conclusión consistente en el acto automático de dar sin chistar en caso de robo ("si no quieres morir -me díje tal vez con mi acto- entrega todo lo que tengas"). A partir de ese robo, sentí verguenza, le dí muchas vueltas al asunto de la inseguridad, pensé en riesgos, en la importancia del valor y de la cobardía, en cómo hubiera acabado ese asalto si me hubiese negado a entregar mis pertenencias. Me impactó mucho que un día un taxista me dijera que teníamos que enfrentar la inseguridad si no queríamos seguir viviendo así para siempre, que debíamos reaccionar cuando otro fuese asaltado, etc. "Cuando veo un robo, detengo el auto y voy a ayudar a la víctima -me dijo-. Sé que por hacer eso un día me van a chingar, pero ni modo". Luego una amiga cercana se escapó cuando quisieron robarle el coche o secuestrarla, encontró una patrulla de policía y fue a buscar a los ladrones. Quizá por ello, la siguiente vez que un tipo me puso una pistola enfrente, me le escapé sin reflexionar, saturado de adrenalina. Me alcanzó a decir que me dispararía, pero yo corrí de todos modos. Poco después, sentí verguenza, le dí muchas vueltas al asunto de la inseguridad, etc. En ninguno de los dos casos recientes en que me han asaltado con una pistola enfrente he reflexionado antes de actuar. Más bien, es como si la reflexión previa hubiese sido encapsulada en mi mente y estuviese lista para transformarse en un acto automático.
Blaise Pascal se burlaba con las siguientes palabras del ridículo espectáculo de la reflexión: "La mente del hombre más poderoso del mundo no es tan independiente como para que no sea perturbada por el más ligero barullo que se produzca cerca de él. No se requiere del ruido de un cañón para impedir sus pensamientos: basta el sonido de un rehilete o de una polea. No se sorprenda usted de que él no razone bien en estos momentos: una mosca zumba en sus oídos: es suficiente para incapacitarlo. Si usted quiere que él pueda llegar a la verdad, espante a este animal que pone en jaque su razón y perturba esta poderosa inteligencia que gobierna ciudades y reinos."